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Edición del DOMINGO 29 de Julio del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Un continente, una sola nave
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

La ‘chica de Galápagos’ se integra a un viaje hacia América del Norte por las aguas del Pacífico.

No es la primera vez que trabajo en un barco con tripulación de diversas nacionalidades, pero tal vez porque en esta ocasión se trataba de una embarcación pequeña, o porque la mayoría éramos de origen latino, me impresionó sobremanera la confluencia de acentos y visiones.

Surcábamos aguas mexicanas, uno de los mares más ricos del planeta, el mar de Cortés, sin embargo, para no herir susceptibilidades locales, preferimos llamarlo golfo de California.

Yo, la ecuatoriana, era la mayor intrusa, porque estaba en completa minoría. ¿Qué hacia una habitante del paralelo cero en territorio azteca? ¿Qué sabía yo de desiertos o de islas habitadas por cascabeles y lagartijas? Me miraban con incredulidad y desconfianza.

Saloneros y marineros eran de Costa Rica. A ellos les daba igual estar en México, Honduras o la China. Con su alto nivel de profesionalismo y con un arduo trabajo que cumplir, no se complicaban la vida pensando en geografía. No obstante, de vez en cuando me los encontraba nostálgicos en la popa del barco, mirando hacia un horizonte tan distinto a su horizonte natal; en Baja California predominan los rojos, el color de la aridez, muy opuesto al verde de su país.

Los panameños controlaban el puente y las máquinas, eran los oficiales del barco, y desde lo alto dirigían maniobras y elegían fondeaderos. Muy musculosos, todos rapados el cabello y con tatuajes, orgullosos de su escuela de hombres de mar, de su istmo atravesado por un canal y recorrido por cada modelo imaginable de barco.

Estaban también los mexicanos, y por supuesto que entiendo su malestar. Nos encontrábamos en su país, su golfo de California, todos los otros latinos, llevando turistas del mundo como si se tratara de un mar nuestro cuando los mexicanos eran los verdaderos anfitriones; y con todo derecho hicieron notar su potestad sobre islas y ballenas.

Había también una naturalista de Belice, país que a pesar de estar en medio de nuestro continente, ignoro si puede considerarse “latino”; pero en todo caso ella clasificaba como “casi” mexicana por ser de madre mexicana.

La ‘ecuatoriana’
El desayuno con la tripulación era el famoso gallo pinto de Costa Rica, almorzábamos tacos mexicanos y en la noche los panameños y yo nos empachábamos de arroz y sopas. También teníamos un camarógrafo neozelandés, un naturalista canadiense, otro norteamericano, pero básicamente el barco estaba compuesto de tripulación latina, mientras los turistas eran del resto del mundo, principalmente de Estados Unidos.

“Necesito una Zodiac ahorita”, le pedí a un marinero de Costa Rica, y él, muy serio y respetuoso, respondió: “Ahorita se la traigo”. Pasaban los minutos y no había bote alguno a la vista... ”ahorita” en Costa Rica quiere decir, “en un rato”, como en quince minutos o un poco más o un poco menos.

“¡Jale el mecate!”, me gritaban desde el puente, y yo ni idea de lo que me hablaban, hasta que entendí que debía recoger el cabo para que no se enredara en la propela de la Zodiac. Los ticos pasaban diciendo “mae”, los mexicanos “güey”, y los panameños “pana”. Los paisajes eran “supertuanis” o “pura vida” o “bien padres” o “muy chéveres” y “bacanes”.

Y así, entre vocablo y palabrilla, pero con un mismo idioma al fin y al cabo, nos desplazamos de sur a norte y de norte a sur en el mar de Cortés. Durante los atardeceres rojizos y espectaculares del golfo no había acento que tuviera importancia. De igual forma cuando salía una ballena. Las exclamaciones se entendían en el idioma que fuera.

Los días iban pasando, los mexicanos aceptaban poco a poco a la ecuatoriana,  la ecuatoriana se fue sintiendo tan en casa que ya se refería al barco como suyo y al mar de Cortés como casi suyo; los costarricenses siguieron un poco ajenos al sitio, pero siempre sonrientes, siempre atentos y dulces; los panameños cedían al encanto de las ballenas, maniobrando el barco en función de ellas, para que todos pudiéramos apreciar cuando salían a respirar o se hundían en lo profundo.

Ya entendíamos los chistes de los unos y de los otros, los términos que creaban confusión habían sido identificados, los “ahorita”, los “chancleteos”, los “mecates”.

Integración
Poco a poco se iban diluyendo las fronteras, y al cabo de varias semanas ya no éramos más los de Costa Rica, o los de México o los de Panamá, o la ecuatoriana, éramos los habitantes de un barco con nombre y destino cierto, lo otro ya no importaba (al menos, así lo sentí yo). Además, para los turistas no había diferencia, para ellos éramos harina del mismo saco, latinos y punto, hablábamos el mismo idioma, lucíamos muy parecidos, con la sonrisa y el ritmo a flor de piel.

Qué lindo reconocerse en los ojos de otro habitante del propio continente, un poco al norte o un poco al sur, pero al final predominan las cosas que nos unen y no las que nos diferencian. Somos gente alegre y generosa, llevamos ritmo y música en la sangre, estamos hechos de nostalgia, también de orgullo. Nuestro idioma es maravilloso, y con cada término único a cada país la lengua se enriquece.

Y los acentos son divinos, los unos más suaves, los otros más rápidos, pero con diversas entonaciones podemos decir lo mismo. A lo mejor idealizo las cosas, pero ¿por qué no decidir ser latinoamericano antes que de cualquier otra nacionalidad, buscar lo que nos hace similares y unirnos? Ocurrió en un pequeño barco, ¿por qué no hacer de nuestro continente una sola nave con un mismo rumbo?

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