Para defender la bandera vinícola o mantener en Ecuador una revista dedicada a los vinos, hay que perder la chaveta, dejarse llevar por una pasión irrefrenable. Aquello sucede con los cuatro mosqueteros de la Cofradía: Patricia, Grace, Álvaro, Pablo, los soldados de la revista Viníssimo: Fabián, María Cristina más otros quijotes del mismo calibre.
Las publicaciones Chef y Prestige, de mi amigo fallecido Gandarilla, habían abierto surcos fecundos. Sin embargo, el vino siempre fue parte de la cultura, el humanismo, la religión cristiana como la judía, mientras la musulmana lo prohibió en la tierra, prometiéndolo en otra vida donde mujeres de grandes ojos, senos perfectos, lo servirían en copas de oro.
Lo celebraron Baudelaire, Omar Kayyam y su voluptuosa desesperación, Jorge Luis Borges con aquellos versos acunados como medallas: “Otrora lo cantaron el árabe y el persa. Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si esta ya fuera cenizas en la memoria”. En Yaruquí, otro loco genial, Dick Handal, cuida amorosamente costosos equipos, cepas múltiples. Logró un Palomino muy respetable.
La revista Viníssimo debería estar llena de publicidad pero se me hace que solo dan su auspicio quienes tienen la genuina pasión del vino, rehusando ser meros importadores sin alcurnia, empresarios mercantiles. Me gusta encontrar entre los lúcidos y generosos patrocinadores: Akrem, Cousiño Macul, Yarden, Wine & Cigars, Viña Cobos, Fernet Branca. Con sus diez números publicados, Viníssimo está cerca de su primer aniversario.
En la edición de julio nos cuenta, a través de Shirley Camino, la historia de las copas, recuerda que para Virgilio lo máximo era “beber en piedra preciosa”. En los banquetes abundaban copas de oro, plata, mientras los presupuestos más ajustados se conformaban con recipientes de barro. En el siglo XXI Riedel nos facilita copas de increíble variedad, irreprochable finura. Epicuro recuerda sus lecciones de latín, el entusiasmo con que descubría el vino de Falerno en los versos de Horacio Nunc est bibendum (Ya es hora de beber).
María Cristina Jarrín entrevista a Nicolás Zapata, quien me regaló un autógrafo mientras nos retrataban saboreando una de sus prestigiosas botellas. María Sol Yépez se interesa en los vinos de Israel, artículo que me impulsó a saborear un excelente muscat de cosecha tardía. Espero leer comentarios de ella acerca de los vinos libaneses como el Château Musar.
Aprenderán por qué es tan importante la madera de roble para envejecer los vinos, por qué da este toque de vainilla o aquel sabor tostado a ciertas botellas, visitarán la ultima Gala del Vino realizada recientemente en Quito, sabrán cuáles fueron los ganadores en aquel certamen, querrán adquirir Quinta Generación 2003, de Casa Silva, gran medalla de oro.
Por más que lo haya buscado, Epicuro no logró conseguir el Trapiche Tributo 2003, merecedor de una medalla de oro. Presumo que no llega todavía a Ecuador.
Tampoco volvió a probar, fuera del concurso, el Chardonnay-Viognier 2006 de Botalcura Delirio (apelación llamativa y deliciosamente irreverente).
Isidoro López nos habla del Carmenere, y lamento tanto que los franceses hayan descuidado aquella cepa que nació en su terruño. Juan Nasser, apasionado del vino, expone su filosofía: “El negocio hay que verlo y vivirlo de manera agradable”. Pues sí, es parte importante de las relaciones humanas y merecía estar presente en la Última Cena.
La revista culmina con un artículo dedicado a Marc Chagall. La pintura, presente en las etiquetas del inefable Mouton Rothschild, siempre anduvo de la mano con el arte y nada resulta tan refrescante como un bodegón flamenco del siglo XVII.
Si aman el vino, lean acerca de él. La revista Viníssimo se halla en puestos especializados. Compré el número de julio en el Megamaxi de Guayaquil.