Moradores de este sector se ganan la vida trasladando objetos en hombros.
Fue en el Cerrito Verde —actual cerro Santa Ana— donde se registra que en 1545 Francisco de Olmos ubicó definitivamente a Santiago de Guayaquil. Después de tantos años y transformaciones, ciertas necesidades y oficios persisten como ayer. En ese sitio emblemático de la ciudad, aun objetos y productos de primera necesidad, suben y bajan, sobre los hombros de estibadores.
“La gente que viene al cerro a pegarse su divertida no sabe que somos nosotros los que cargamos lo que ellos consumen arriba”, dice Álvaro Albán.
Son las siete de la mañana de un martes brumoso. Alrededor de veinte cargadores aguardan al camión repartidor de cerveza. Están en la calle J. Morán de Butrón, frente a la plaza Colón. Todos ellos nacieron y viven en el cerro Santa Ana. A falta de otro tipo de trabajo, se ganan el sustento diario metiéndole el hombro a todo tipo de carga.
A las 06:00 empiezan bajando las jabas que subirán llenas de cerveza a bares, depósitos, tiendas y restaurantes. Pero también trasladan envases con agua, colas, gas, comestibles, materiales de construcción, enseres de casa, etcétera.
La jornada de carga termina a las 10:00, horario impuesto por la Fundación Malecón 2000 que administra al cerro. Además, los estibadores no deben transitar con la carga a cuestas por las escalinatas Diego Noboa y Arteta sino por el sector no regenerado del cerro. Algo así como por la puerta de atrás o de servicio de ese sitio turístico.
La edad de los estibadores fluctúa entre 20 y 50 años. Jocosamente, se llaman entre sí por sus apodos: Aguja, El Chino, Máscara, Mojón, Nico, Ñato, Kikirimiao, Sartén, Pinocho, Popó.
Carlos Ruiz, de 49 años, conocido como Callo, trabajó en la Coca Cola pero ahora mantiene a su familia cobrando 50 centavos por jaba, $ 1 por saco de comida, $ 2 por tanque de gas, $ 15 por un metro de arena, de $ 10 a $ 30 por un cambio de casa, etc. Esa es la tarifa de todos ellos. Al día alcanzan a reunir entre $ 10 y $ 15. Porque algunos también cuidan y lavan los carros de los visitantes. Esa mañana, recién a las 09:15, llega el camión con la cerveza.
Los estibadores apurados se echan al hombro dos o tres jabas. Es cuando ingresan por el callejón Noboa y empiezan a subir la carga por senderos sucios y destruidos, por escalinatas mojadas y con lava.
“Si resbalamos, las botellas explotan y si te cortas puedes quedar lisiado”, afirma Álvaro Albán, de 47 años, en una parada de descanso.
La gran mayoría sufre de dolores de espalda, hernias, riñones, etcétera.
Albán es un chofer desempleado que, como los demás, quisiera un trabajo estable “para asegurar nuestra vejez porque no siempre vamos a tener fuerzas para subir y bajar del cerro”, dice preocupado.
Solo cuando los estibadores están cerca del local de destino cruzan hacia la zona regenerada y transitan por las escalinatas Diego Noboa y Arteta. Esas son las 464 escalinatas por las que los turistas nacionales y extranjeros visitan la cima coronada con el faro y la capilla.
A sus orillas funciona La Fogata, local al que Carlos Ruiz sube la penúltima carga. Abajo y a lo lejos, se observa a Guayaquil que parece saciar su sed en el río Guayas. Sentado junto a las jabas, suda copiosamente y dice casi sin resuello: “Esta es nuestra fuente de trabajo, ¿si no en qué vamos a trabajar?, o metemos el hombro o nos morimos de hambre”, reflexiona antes de bajar por otra carga.
¿Cuánta historia dormirá bajo esas escalinatas? ¿Cuánto Guayaquil habrá cargado los hombros de esos estibadores?, me pregunto al descender del cerro donde creció esta ciudad huancavilca.
Detalles
Horario
A partir de las 06:00 hasta las 10:00, alrededor de 20 estibadores se ubican en la calle J. Morán de Butrón (frente a la plaza Colón).
Valor
La tarifa es según el peso de la carga y la distancia; el precio mínimo es de $ 0,50.