Certamen. El autor peruano fue finalista del Premio Planeta-Casamérica 2007.
El reencuentro de dos antiguas compañeras de colegio en un avión: Verónica, una exitosa periodista que aparentemente tiene todo solucionado en su vida, y Rebeca, con un destino marcado por su obesidad, es el filón del que se vale el escritor peruano Alonso Cueto para construir una novela llena de intriga y un tratamiento muy fresco, que habla de la amistad, de la culpa, de la crueldad juvenil y del culto al cuerpo. “Rebeca llega a la vida de Verónica como un emisario del lado más turbio, más soslayado de su pasado”, explica Cueto (1954), autor de 14 libros entre novelas, ensayos y cuentos, que visitó Quito la semana pasada como parte de la gira promocional de su novela El susurro de la mujer ballena, con la que fue finalista del premio Planeta-Casamérica 2007.
¿Cómo hizo para meterse en la piel de Verónica y escribir en primera persona?
Era un reto muy grande. Creo que ser escritor se relaciona mucho con ser actor. Yo creo que uno siempre tiene que meterse en camisa de once varas cuando escribe. A veces hablaba en voz alta para figurarme los diálogos de la protagonista, leí muchas revistas femeninas... Además, como mi padre murió cuando tenía 14 años, viví cerca del mundo femenino: mi madre, mis tías.
¿Por qué decidió construir esta novela a partir del mundo femenino?
Hace unos años mi esposa me contó de un programa de TV que trataba una historia similar y me pareció interesante porque es curioso cómo un salón de clase es una minisociedad donde se reproducen las fórmulas de una sociedad real: hay los líderes, los que les obedecen y los que se mantienen al margen. Rápidamente opté por hacerlo sobre dos mujeres porque es la historia de una amistad y me parece que las mujeres están mejor dotadas para la amistad que los hombres, que vivimos más encerrados en nosotros mismos.
En una entrevista reciente usted decía que hoy las grandes aventuras pasan por dentro.
Las épicas ya no son las épicas de los héroes clásicos sino las pequeñas rutinarias épicas de la vida cotidiana. Y los dramas no son los de los grandes y terribles hechos sino los de las repercusiones que esos hechos tienen en nuestra conciencia. O sea las cosas más anodinas pueden significar grandes traumas en una vida. Eso es lo que me interesa a mí.
Cosas, como por ejemplo ¿la forma del cuerpo?
Una de las cosas que dice el personaje es que esta época que vivimos ha asumido una religión que es la del culto al cuerpo: las penitencias se han convertido en dietas, las iglesias en los gimnasios, los milagros en la cirugía plástica y los rituales en los desfiles de modas, pero, por otro lado, tienes la mayor pandemia de gordura.
Hubo un giro en su obra. De historias de exiliados y cosmopolitas a novelas más cotidianas pero con un trasfondo más político.
Eso sobre todo en Grandes miradas y en La hora azul (premio Herralde 2005), mis dos novelas anteriores. Yo creo que toda novela es sobre personajes individuales y específicos, pero en cierto modo ser un escritor peruano es ser privilegiado porque estás viviendo en una sociedad donde lo esencial es el conflicto: étnico, racial, político, social... Y la literatura se alimenta de conflictos, no del bienestar, la armonía y la convivencia pacífica. Cuando tú le preguntas a alguien ¿cómo te va? y te responde “bien, todo bien”, no te cuenta nada.