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¿El pueblo jamás se equivoca? |
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Si una frase política se ha repetido hasta la saciedad es que el pueblo jamás se equivoca al momento de tomar una decisión electoral o a la hora de respaldar a un líder o un proceso determinado. La idea de que el pueblo no se equivoca se enfrentó en este país, sin embargo, a una sostenida revisión de conceptos, especialmente en los últimos años, con la constancia de tantos gobiernos fracasados, lo que sugirió la tesis contraria de que el pueblo sí se equivoca en sus decisiones colectivas.
Acaba de publicarse en Estados Unidos un libro titulado The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies (El mito del votante racional: por qué las democracias escogen malas políticas), de Bryan Caplan. La obra, recomendada por el articulista de The New York Times Nicholas Kristof como el mejor libro político del año, es irreverente desde su portada –un rebaño de ovejas– y sugiere que los electores tienen un defecto mayor que la ignorancia, que es la irracionalidad; lo que convierte al elector en ineficiente al momento de reconocer su propio interés. Caplan lleva la idea de que el elector vota por quien o por lo que le hace sentir bien en ese momento, sin molestarse en descubrir si realmente es válido para su comunidad o país.
El autor del libro menciona que la irracionalidad del votante es aprovechada por el sistema, situación que solo puede ser mejorada a través de reformas que permitan al elector tener una mayor capacidad de conocimiento e información al momento de decidir su voto, lo que significa que un pueblo bien informado y conocedor de su problemática tendrá menos chance de equivocarse que aquel electorado que se mueve básicamente por decisiones emocionales. En realidad, la tesis de Caplan tiene su eje en investigaciones económicas, convirtiéndose en una teoría que sugiere la posibilidad cierta de la equivocación de la decisión popular.
Al contrario de dicha tesis, hay quienes piensan que esa sugerencia es un atentado al concepto propio de democracia y que, por lo tanto, el soberano tendrá siempre la razón. En efecto, se llega también a aseverar como tesis de que la voz del pueblo es siempre infalible y que termina teniendo la razón.
¿En qué quedamos en medio de tales ideas antagónicas? Solo existe un punto claro: en democracia, la decisión electoral del pueblo será siempre la decisión a respetar más allá de que con el paso del tiempo se considere que estuvo equivocada.
A las puertas de la elección de asambleístas, ¿qué podría ocurrir si la equivocación se convierte en costumbre?
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