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Caos y hielo coinciden en la ardiente Bagdad

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Fábricas y vendedores suministran hielo, un recurso cada vez más importante en Bagdad. Pero la violencia también ha hecho que éste sea un negocio peligroso.
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Agosto 05, 2007

Por STEPHEN FARRELL | BAGDAD, Iraq

Antes de que el sol de pleno verano salga con suficiente fuerza como para cocer la sangre sobre el concreto, la clase baja de Bagdad se forma, todos los días, afuera de las fábricas de hielo.

En vista de que la electricidad llega a la mayoría de los hogares durante sólo un par de horas diarias, la gente pobre entrega sucios dinares color café a cambio de lo que se ha convertido en un símbolo del implacable descenso de Iraq a una era más primitiva, así como de su fracturado pacto con los líderes del país y del extranjero.

El hielo es ahora una divisa de último recurso para los pobres, sujetos a terrores sectarios y a reglas tipo hampa.

En Topchi, de mayoría chiita, los fabricantes de hielo dicen que el ejército Mahdi de Moktada al-Sadr emitió un diktat, o decreto, el primer día de verano, en el que se ordenaba a los vendedores fijar un precio tope de cuatro mil dinares (tres dólares) por un bloque de hielo de 25 kilos, 30 por ciento menos de lo que se cobra en áreas fuera del control del ejército Mahdi.

Todos cumplieron, lo que significó un subsidio instantáneo para las mujeres que se cubren la cabeza con velo y los jornaleros pobres que son el electorado natural del clérigo chiita radical. El mismo precio es impuesto en sus otras bases de poder, como Ciudad Sadr.

Los chiitas no son los únicos que manipulan la oferta, para beneficio de sus propias agendas sectarias.

En una planta de hielo, situada bajo el paso a desnivel de una autopista, en Topchi, los cuatro choferes repartidores renunciaron, el año pasado, tras advertencias de que pandillas sectarias los matarían si seguían cruzando las líneas invisibles, pero demasiado reales, que dividen a los vecindarios sunitas y chiitas de Bagdad.

Los clientes de un suburbio les advirtieron que los takfiris, extremistas sunitas fanáticos, habían decretado que su producto congelado no era islámico.

“En Ghazaliya, está prohibido vender hielo porque los takfiris dijeron: ‘El Profeta Mahoma no tenía hielo en su época’”, dijo Khatan Kareem, gerente en la fábrica donde trabajaban los choferes, mientras sacudía la cabeza ante lo absurdo de la idea.

La división sectaria del hielo en Bagdad es tan rígida para los clientes como para los repartidores.

Es tal el temor a los hombres armados que, en la fábrica que está debajo del paso a desnivel, sólo los vecinos inmediatos pueden llegar a salvo hasta sus sucias puertas.

“La gente solía llegar desde áreas sunitas, de Taji, Amiriya y Jamiya, para comprar hielo porque no tenía fábricas de hielo en sus áreas”, dijo Kareem. “Los sunitas no pueden llegar hasta acá ahora y lo mismo sucede conmigo. Soy chiita y no puedo ir a Yarmouk”.

La idea le resulta particularmente irritante a Kareem debido a que, hasta hace tres meses, él vivía en Yarmouk, vecindario sunita, y disfrutaba de un empleo seguro en el gobierno, hasta que una redada del ejército iraquí descubrió un ícono chiita en su pared.

“Me golpearon, quemaron mi casa y me expulsaron del área”, dijo, mientras se ponía de cuclillas en medio del olor nauseabundo del amonio, que permea todas las fábricas de hielo. “Ahora vivo en la cocina de mis parientes y trabajo aquí”.

En los distritos más acaudalados, los bienes de consumo llenan las repisas, para quienes pueden darse el lujo de comprarle electricidad a los dueños privados de generadores en el mercado negro.

Millones de personas no pueden darse ese lujo y muchos de esos dueños de generadores ya han sido asesinados u obligados a huir por milicias resueltas a asegurar sus lucrativos activos.

Las fábricas de hielo, muy lucrativas en los meses de verano, no han escapado de la atención de las milicias.

En el enclave sunita de Adhamiya, recientemente separada con un muro de sus vecinos chiitas para detener la matanza intercomunitaria, Taha Khaleel se quejó de que sus choferes y mecánicos estaban a la merced del punto de inspección del ejército iraquí, dominado por chiitas, que controla la entrada.

“Depende de qué humor estén”, dijo. “Esto nos causa problemas en la continuidad de los suministros de combustible.

Los choferes se muestran ahora más reacios a venir con nosotros debido a eso y por los insultos que enfrentan”.

El secuestrado dueño de una fábrica, en Taji, fue liberado sólo después de entregar su automóvil. En la Fábrica de Hielo Qutub, en Bagdad, el dueño ya huyó de Iraq tras recibir una amenaza de muerte y los empleados dicen que la mayoría de los clientes de clase media también se han ido.

Quienes no son tan afortunados son los compradores pobres en un mercado callejero en el vecindario de Salaam, donde han surgido cabañas de madera que venden hielo, pese a las aguas residuales adyacentes y la basura en proceso de pudrirse.

Alarmados por las historias de enfermedades, muchos compradores le ponen ahora pastillas de esterilización a los bloques congelados. Si tienen suerte, las tiendas tendrán hielo de Sulaimaniya o Erbil, ciudades kurdas donde el hielo es elaborado con agua limpia de montaña. Si no, entonces reciben el producto impuro de Bagdad, con su distintivo brillo amarillento.

“Nunca solía comprar hielo en el régimen de Saddam, porque podía usar mi refrigerador. Ahora tengo que hacerlo debido a que no hay electricidad y necesitamos agua fría”, dijo Muhammad Abbadi, de 52 años, dueño de una tienda de ropa.

“El hielo es la única fuente, incluso si está sucio. Mis dos hijas enfermaron de tifoidea hace dos semanas”.


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