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Dios y yo

El rico para sí

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Agosto 05, 2007

P. Luis Martínez de Velasco |
Hoy nos habla nuestro Dios, en la palabra suya que nos leen en la misa, acerca de algo requetesabido por la criatura racional: que “la vida del hombre –es decir, la vida suya y mía– no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Debiera ser innecesario recordarlo, pero sucede que  en la práctica, por la capacidad de entontecer que tienen las riquezas, o no se tiene  en cuenta esta verdad, o se piensa que tan solo vale para cierta edad. La parábola presenta  a un solo actor: un hombre que parece muy juicioso en un primer momento pero que acaba, por culpa de sus éxitos profesionales, completamente despistado.

El hombre ya era rico. Pero sucede que consigue una cosecha inmensa en sus haciendas y proyecta lo que debe hacer con tanto grano y tanta plata. No piensa ni un segundo en los demás. Solo piensa en la manera de gozar indefinidamente. En conseguir guardar sus bienes de tal modo, que pueda aconsejarle con sinceridad a su persona: “Ya tienes muchos bienes acumulados para muchos años: descansa, come, bebe, y date a la buena vida”.

Para lograr su fin, el hombre ve  enseguida una dificultad: no le sirven los graneros que posee. Pero es un hombre de negocios y con plata lo resuelve todo: “Ya sé lo que voy a hacer –se dice muy resueltamente–: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo”.

Al parecer, después de trabajar duro y parejo, el hombre de negocios pudo ya pensar en descansar, comer, beber y –sobre todo– “en darse a la buena vida”.

Sin duda que con esta vida, por más satisfacciones temporales que obtuviera, no podría ser feliz. Puesto que su insaciable corazón, creado para  amar a Dios y a los demás por Dios de modo pleno, jamás  se aquietaría con los amoríos. Pero afortunado de la gran cosecha, tan agudo para los negocios, solo pensó en lo inmediato. “Después –parece que se dijo– veré si Dios y los demás merecen algo”.

Como se puso en gran peligro de perder la vida eterna, vino Dios en su ayuda y le avisó: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?”.

Es de suponer que  el rico tuvo tiempo de salvar su alma, pero no es seguro. Sin embargo, lo añadido por Jesús es  seguro cien por cien: “Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

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