Iraq ganó la Copa Asia 2007. Y lo hizo con un equipo que no supo de divisiones ni etnias: lo integraron chiitas, sunitas y kurdos, las tres facciones cuya pugna mantiene ensangrentado al país.
Iban 72 minutos en el Gelora Bung Karno Stadium, de Yakarta, Indonesia. Younis Mahmoud rezó a Alá para que el tiro de esquina cayera cerca de él; Alá concedió el deseo y Mahmoud aplicó el cabezazo de su vida. La pelota sorprendió al arquero saudita y se fue al fondo de la red. Fue el gol más importante en la historia de una nación: Iraq.
Con él, venció 1-0 en la final al poderoso Arabia Saudita, que buscaba su cuarto título, y la bandera blanca, negra y roja trepó el mástil: Iraq campeón de la Copa Asia. ¡Iraq…! El país más convulsionado del mundo campeón continental, el mejor entre 46 selecciones.
Solo en fútbol es posible tal milagro. En este reino donde el más desposeído puede calzarse la corona.
Iraq inscribió por primera vez su nombre en el historial, desde que se echó a andar la Copa Asia en 1956. Y lo hizo con un equipo que no supo de divisiones ni etnias: lo integraron chiitas, sunitas y kurdos, las tres facciones cuya pugna mantiene ensangrentado al país.
Cuando el juez australiano Mark Shield dio los tres pitazos del final, cientos de millones de iraquíes salieron atropelladamente a las calles en Bagdad, en Mosul, en Basora, en Najaf, Kerbala, Nassiriya, en cada pueblo o aldea del castigado país. Desafiando al peligro, a las advertencias, a las bombas. Reían, lloraban, bailaban, agitaban banderas. El odio, la muerte y la destrucción también se rindieron ante el poder del fútbol y pactaron una tregua en Iraq.
“No sé quién es chiita, sunita o kurdo en nuestro equipo. Lo único que sé es que somos iraquíes, nacimos así y vamos a seguir así”, señaló, eufórico, el centrocampista Haitham Khadir, uno de los Leones de la Mesopotamia, como les llaman a los miembros de la selección iraquí.
Sin embargo, el capitán y goleador, Younis Mahmoud, no regresó a su país. “Podrían matarme”, aseguró. Sus cinco goles (el equipo hizo 7 en total) fueron determinantes para la histórica conquista. “A pesar del sufrimiento de nuestro pueblo y de la mala preparación, luchamos duro en todos los partidos. Lo que nos mantuvo y nos hizo seguir fue nuestra determinación de brindar alegría a nuestra gente”, concluyó Mahmoud.
Dada la imposibilidad de hacerlo en su patria, la selección iraquí hizo su preparación en Jordania, aunque en una situación precaria. “Nos preparamos en condiciones inimaginables, sin ropa de entrenamiento e inclusive sufriendo una intoxicación alimentaria”, contó el brasileño Jorvan Vieira, entrenador del insólito campeón.
“En Iraq rige el todos contra todos, pero les dije a mis jugadores que en la selección no estábamos en guerra. Ahora están unidos, se besan, se toman de las manos, porque no se consideran enemigos”, agregó Vieira, quien confesó que tuvo que hacer de técnico, pero mucho más de psicólogo, de padre y de amigo de sus jugadores, debido a los traumas que llevaba cada uno: “A muchos les han matado familiares y amigos, incluso días antes de viajar a la Copa”.
Iraq arrancó con un modesto empate a un gol con Tailandia (en Tailandia), luego venció 3-1 a Australia, igualó 0-0 con Omán, superó 2-0 a Vietnam, aguantó el empate 0-0 con el siempre favorito Corea del Sur y lo venció por penales para llegar al dorado choque con Arabia Saudita. Por salir a festejar el pase a la final, hubo 56 muertos y 136 heridos en Bagdad, víctimas de los coches bomba.
Yashin Taha, un muchacho de 27 años del Kurdistán iraquí, fue uno de los tantos que celebró: “Respaldo a este equipo porque simboliza la diversidad. No tiene nada que ver con las selecciones de la época de Saddam”. La máquina de generar sonrisas también venció en Iraq.