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Ecuatorianos luchan en el exterior frente a trato racista

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BRUSELAS. La detención de la menor Angélica Loja y su madre, Ana Cajamarca, desencadenó protestas contra el racismo.
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Agosto 05, 2007

Por Sofía Guerrero, Patricia Villarruel y Jaime Cevallos

Los migrantes ecuatorianos y de otros países latinoamericanos enfrentan presiones por sentimientos racistas de algunos ciudadanos europeos, en Bélgica, España, Italia y otros países. En algunos casos, este fenómeno se da porque no existe adaptación de parte y parte.

El origen de la detención de la ecuatoriana Ana Cajamarca y su hija Angélica Loja, quienes estuvieron a punto de ser expulsadas de Bélgica a inicios de la semana pasada, dio origen a un debate sobre las actitudes racistas que los migrantes ecuatorianos y de otras nacionalidades soportan no solo en Bélgica sino en España, Italia y otros países.

Un ciudadano de Dilbeek, una comuna del norte de Bruselas, las denunció como dos gitanas, que  eran de piel oscura y estaban robando en el barrio. Pero Ana y Angélica ni eran ladronas ni gitanas. La policía no las dejó ir a casa, una vez conocida su identificación. Las detuvo.

Encerradas, procesadas y sentenciadas a ser deportadas, Ana y Angélica se constituyeron en la muestra de cómo los inmigrantes pueden ser vejados, ya sea por las leyes duras del país belga o por las actitudes xenofóbicas que se repiten en otros países. En España, por ejemplo, los ecuatorianos tienen dificultades para conseguir un piso (departamento), porque algunos españoles los consideran bulliciosos o porque acostumbran supuestamente a vivir en grandes núcleos familiares.

En Bélgica se  estima que residen unos diez mil ecuatorianos. Este  es un país ocho veces más pequeño que  Ecuador pero donde conviven muchas y diferentes culturas. Las dos comunidades históricas más grandes son los flamencos, de idioma neerlandés, y la wallona, de idioma francés. Hay también una comunidad alemana, al este del país, consecuencia de la pérdida de territorio de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Y en el centro está Bruselas, la capital, no solo del país  sino también de la Comunidad Europea. En esta urbe se  encuentran todas las nacionalidades y toda clase de inmigración, desde la más rica hasta la más pobre.

La dificultad para un país tan mezclado es dejar un espacio propio para cada cultura, sin perder la identidad de las costumbres autóctonas o locales. Por lo general, como cada comunidad se preocupa de lo suyo y no se mezclan mucho, no existe cohesión social y aquello lleva a grandes incomprensiones entre determinados grupos.

El conflicto más profundo está entre los mismos belgas. El país está separado por una frontera lingüística desde  1932 y cada región se tiene un rencor histórico. Los del norte se indignan con los del sur por su lengua, la flamenca, y por su cultura.

Los del sur, en cambio, ven con envidia el bienestar económico de sus vecinos nórdicos. Los inmigrantes, entre ellos los ecuatorianos, sufren los efectos de  estos enfrentamientos por el solo hecho de residir o servir en determinado sector.

En Bélgica existen organizaciones antirracistas que defienden a todos quienes son víctimas de exclusión, sean estos legales o ilegales.

Manuel Abramowicz, periodista belga especializado en la extrema derecha y de la izquierda radical, de la Universidad de Lovaina, y portavoz del movimiento contra el racismo, el antisemitismo y la xenofobia (MRAX), afirma que  en las estadísticas de la entidad no se registran denuncias de racismo contra la comunidad ecuatoriana o latina.

Pero aclara: “No es que no haya episodios de carácter racista, lo que sucede  es que la comunidad ecuatoriana como muchas otras comunidades latinas, no dan a este fenómeno una importancia capital”.

El analista comenta que los ecuatorianos que llegan a la institución y a otras organizaciones de ayuda  al inmigrante tienen otro objetivo: regularizar su situación en Bélgica. Eso es lo que más les interesa.

Pero hay muestras que  evidencian el racismo en este país. En febrero pasado, en Sint-Niklaas (San Nicolás), Flandria, tres parejas belgas se negaron a casarse porque  el concejal municipal, responsable de los matrimonios, era negro.

Frente a este acto de racismo, más de 300 parejas se inscribieron para ser casadas el mismo día por el concejal negro. Desde entonces, los pedidos de matrimonio no paran, como una forma de rechazo a la exclusión.

Adicionalmente, en algunos barrios de Bruselas existen enfrentamientos entre jóvenes marroquíes y ecuatorianos u otros latinos. Hace seis años, estas disputas llegaron hasta a un crimen de un ecuatoriano de 15 años, por un marroquí de 20.

En España, Vladimir Paspuel, vicepresidente de la Asociación Rumiñahui que ayuda a los migrantes ecuatorianos, señala que si bien la exclusión y xenofobia han ido disminuyendo, en España, Bélgica, Alemania y otras naciones europeas aún subsisten brotes racistas. Cita, por ejemplo, que  en suelo español existirían entre  11 mil y 15 mil jóvenes que pertenecen a bandas de ultraderecha y promueven el neonazismo.

“La exclusión se la siente. Según un estudio en el que participé, el  40% de estudiantes hijos de inmigrantes dijo que había soportado insultos o gestos racistas”, explica Paspuel.

 


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