En un periodo agitado por una guerra sin sentido como Vietnam, fue simbólico que toda una generación (con sus cuerpos desnudos adornados con flores) se pusiera de pie y les gritara a sus mayores que estaban equivocados y que en el mundo rara vez la guerra es un camino para solucionar los conflictos. Hoy, casi medio siglo después, cabe preguntarse qué legado ha dejado la generación hippie a nuestros tiempos.
Noticias dramatizadas
Salvo excepciones, a nuestro medio las noticias que llegaron de la generación hippie (de fuera y de aquí) fue la de unos melenudos promiscuos y drogadictos. Pero, más allá de su aspecto desaliñado y más allá de la degeneración que según muchos vivió el movimiento hacia el final, la esencia del movimiento de los sesenta fue una poderosa denuncia contra una sociedad hipócrita, reprimida, obsesionada con el dinero y el poder y más preocupada del “parecer” que del “ser”.
El aspecto desaliñado era su forma de demostrar rebeldía hacia una cultura que había llegado a dar demasiada importancia al aspecto de las personas.
En el sexo, su promiscuidad fue una forma vehemente de recuperar la espontaneidad y el goce pagano que se perdió con tantas reglas y tabúes de corte tradicionalista. En el amor, propugnaban el amor hacia todas las cosas (más que a la ciudad, al grupo, a la pareja). Fue además un grito de protesta contra una tradición religioso-cultural que daba más importancia a la unión matrimonial que al verdadero amor.
La cultura de las drogas, también protagonista del movimiento, giró en gran medida alrededor del LSD, una muy extraña sustancia que es severamente penada por la ley en muchos países (sobre todo EE.UU.), pero que cuando es usada bajo supervisión psicológica puede ser más que una droga recreativa.
La presencia del LSD tuvo un rol central en el movimiento pues, a decir de los proponentes del movimiento, los ayudó a ver un lado más espiritual a la existencia y a comprobar con su propia experiencia que el amor es más importante que el dinero o el poder.
La cúspide y el fin
El escritor Mark Vonnegut, autor del libro The Eden Express (El expreso al Edén), llegó a comparar el fenómeno hippie con la lucha que vivieron los primeros cristianos hace dos mil años, cuando empezaron a hablarle de amor y compasión a un mundo sumido en la hipocresía y la corrupción.
Los valores hippies se resumen en reivindicar el amor como fuerza vital para el ser humano; en minimizar la importancia de los bienes materiales, y en abrazar un ideal de justicia sin distinción de sexo, raza o posición social.
El problema es que, al margen de estos nobles ideales, el movimiento trajo gran agitación social, confusión en chicos sin criterio formado, hogares destruidos, casos de sobredosis, abandono de estudios y demás escándalos producto de un fuerte choque cultural.
Para muchos, el verano del 67 marcó no solo el apogeo de esa era sino el inicio de su fin. Era una propuesta de vida demasiado diferente, y el mundo de los años sesenta no estaba preparado para tanto cambio.
Los neohippies
Los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter hablan en su libro Nation of Rebels (Nación de rebeldes) de una nueva generación a la que llaman neohippies, aquellos que comparten con la cultura sus principios de vida sencilla y poco apego por las riquezas y el poder, pero que sin necesidad de llevar greñas respetan la vida y el medio ambiente, valoran el contacto con la naturaleza, comen sano, evitan hacer daño a los demás y viven su vida sin ambiciones desmedidas.
Los llamados neohippies no tienen tanta identificación social; posiblemente muchos de ellos ni siquiera se hacen llamar así. Son simplemente personas que han descubierto que viviendo los placeres sencillos de la vida y poniéndole amor a las cosas, la vida les sonríe.
El mundo ha cambiado en estos 40 años. Si bien hoy hay mucha gente más materialista y deshumanizada, también hay mucha más gente sensible y genuinamente solidaria que antes. Quienes están desapareciendo son aquellos que hacían el bien no por convicción sino por miedo o por conveniencia.
El principal legado que dejó la generación hippie fue demostrar al mundo que la vida no necesariamente tiene que ser una deshumanizada lucha de unos contra otros, y que sí existe un espacio para el amor en la compleja civilización contemporánea de hoy.