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LUNES | 6 de agosto del 2007 | Guayaquil, Ecuador
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Salones de pintura (II)
Hoy, cuando el mecanismo de premios agita el panorama de la plástica contemporánea en los diversos salones de pintura del país, debe ser una preocupación ética de las instituciones que designan a jurados que otorgan premios, seleccionar a personas aptas y honestas para la tarea; porque se corre el riesgo de crear una imagen distorsionada, irreal, de obras y autores, y dar lugar al resentimiento y al escepticismo en el ámbito cultural, especialmente porque constituye pérdida de tiempo y recursos. Al final, una mala obra premiada se olvidará, pero los daños causados a los creadores y al público al sembrar el desencanto y la desconfianza, con el tiempo darán frutos amargos que nadie aprovecha. Todos los años es lo mismo. Siempre me quedo con ganas de ver lo que nuestros artistas contemporáneos plasman en sus cuadros, que un grupo de ilustrados decide que no se debe exhibir; ya que de doscientas obras solo se admite un diez por ciento. ¿Es por falta de espacio?

Un salón tradicional de pintura de los varios que hay en Ecuador, no tiene como responsabilidad absoluta premiar, sino exhibir lo que la mayoría de nuestros creadores están pintando actualmente como información didáctica e informativa de las corrientes contemporáneas que prevalecen en el país. Nos sentimos orgullosos de los pocos salones tradicionales de pintura contemporánea que existen en Ecuador, para regocijo de la mayoría de ecuatorianos que disfrutan con estos; por qué no se realiza un salón paralelo experimental con obras en soportes alternativos, de posvanguardia e instalaciones y neoconceptuales. Las actuales manifestaciones artísticas de importación son obligadas en la era globalizada en que vivimos; pero no confundamos los términos.

Robin Echanique,
pintor, Guayaquil
Salones de pintura
Desde el inicio de los concursos y de los premios otorgados por varios salones de pintura en nuestro país, decidido por grupos de jurados críticos o artistas peritos en el menester, ha marcado de forma innegable –posiblemente la menos adecuada– el desarrollo de las artes y los artistas, en cuanto a la jerarquización cultural en las diferentes manifestaciones de nuestra plástica ecuatoriana; dado que los premios otorgados representan dinero y, sobre todo, una supuesta consagración y promoción, que puede llegar a ser significativa para elevar la importancia de un artista novel de mediana trayectoria.

Reflexionar con ánimo crítico en premios adjudicados puede resultar controversial y arriesgado, porque es ingenuo pensar que una presea otorgada a un artista sirva para situar definitivamente su obra en la galería de los maestros y creadores del arte ecuatoriano. Basta revisar los archivos de largas listas de agraciados con premios de renombres como el Mariano Aguilera, Revelación, la Bienal de Cuenca, el Salón de Julio, el Salón de Octubre, para quienes en la mayoría de casos no son recordados ni por sus amigos; para darnos cuenta de lo efímero y banal que a veces resulta otorgar un premio.

Lo trágico no radica esencialmente en los artistas escogidos, ni en los rechazados que ahora son muchos por la implacable selección que está de moda por expertos, pues mientras existan premios siempre habrá artistas –y buenos– que se queden sin estos; sino en la labor de jurados, de admitir, seleccionar y discernirlos, ya que a menudo más que para otorgar un premio se reúnen para negárselo a alguien. Pecaríamos de ingenuos en cuanto a premios, que todo está como debería estar. No están todos los que son, ni son todos los que están.
Hay muchos artistas que han legado magníficas obras y siguen en el sitial que les corresponde sin haber recibido nada.

Todos los premios tienen como obra de apreciación humana un componente de injusticia, porque todavía no se ha inventado un detector infalible para determinar con exactitud cuál obra reúne todos los requisitos para ser considerada digna de mención, sin temor a equivocarnos. Apresuradamente podríamos pensar que el responsable absoluto de esta situación es el jurado, figura, en la mayoría de casos, inexperta que en muchas ocasiones inclina el pulgar indebidamente para precipitar al abismo al que por méritos debió triunfar en un concurso. Sin embargo, deberíamos preguntarnos, ¿quiénes escogen los jurados? Bastaría con cambiar a uno solo de ellos para que el fallo a dictaminar fuera diferente.

A menudo sucede que las personas designadas para dictaminar resultados de concursos, no están capacitadas con una secuencia intelectual probada; sino solo suenan por sus nombres en determinado ámbito, ajeno a lo que es actividad pictórica o artística propiamente dicha. Con esto me refiero a los jurados nacionales y extranjeros. Todos tenemos nuestra opinión como seres pensantes, pero el análisis desprejuiciado con instrumentos eficazmente probados, objetivos, imparciales, éticos, que requiere del estudio sistemático del conocimiento del tema, y del contexto; es lo que se exige de un jurado de admisión y de premiación.
Salones de pintura (III)

Con todo respeto, pido al Alcalde, en nombre de miles de personas, esto: por favor, vaya a ver el Salón de Julio. Su inteligencia hará el resto.

Mirko Rodic,
Guayaquil

Lo que para unos una obra debe representar belleza, creatividad, sentimiento, arte, profesionalismo, para otros puede tratarse de todo lo contrario.

Hoy, en el mundo, hasta se presentan vísceras de gente y animales disecadas y barnizadas; “cuadros” pintados con sangre, esputo; o “creaciones” como una muñeca o zapato viejos y sucios, clavados sobre una tabla, y a eso llaman “arte”, lo cotizan y galardonan.

Ana González,
Guayaquil

¡Cuidado con lo que su hijo ve en los animados!

Normalmente no permito que mi hijo de 8 años vea la serie de televisión de dibujos animados Los Simpsons pero, debido a la expectativa creada a través de los medios y de diferentes productos de consumo masivo, hice una excepción y lo llevé a la vermouth de esta.

Recuerdo haber visto la serie en sus inicios, en donde mostraban a un niño (Bart) maleducado y que no respeta los límites, razón por la cual tomé mi decisión de evitar mostrar este modelo de chico a mi hijo. Sin embargo, desconocía que la serie pasó de tener como protagonista a Bart para tener a un padre (Homero) modelo de antivalores, rodeado de una sociedad que lamentablemente refleja todo lo que hoy somos (tabaquismo, alcoholismo, homosexualidad, irrespeto por el medio ambiente, etcétera).

En Estados Unidos la película tiene censura PG-13. Padres, extremada precaución, algunas partes pueden no ser apropiadas para niños menores de 13 años. El término PG viene de Parental Guide (Guía para Padres) un sistema creado con el  objetivo de dar pautas a los papás sobre el contenido de películas, juegos electrónicos, música, televisión por cable y abierta (esto último solo en dicho país).

Por eso me pregunto, ¿dónde están en Ecuador las autoridades que se supone regulan la exhibición de las películas según la edad del público? ¿Cómo permiten que ingresen menores de 13 años, y aun peor, mostrar la película en vermouth? En los cines de nuestra ciudad esta película, al igual que otras, están siendo promocionadas con «Censura: todo público», cuando no debería ser así (a menos que exista una versión editada) y no hay autoridad que tome cartas en el asunto. Considero que es nuestro deber de padres no permitir que nuestros niños estén expuestos a este tipo de material a tan temprana edad. Esta censura debe aplicarse tanto al cine como a la televisión local, para así contribuir en un pequeño pero significativo porcentaje, a cuidar la inocencia de nuestros hijos mientras son niños.

Paola Matute Pérez,
madre de un menor, Guayaquil

Racismo en discoteca

El 28 de julio asistí con unos amigos a una discoteca de Guayaquil, por la avenida Francisco de Orellana. En otras ocasiones habíamos entrado sin problemas, pero el sábado nos acompañaba un amigo negro a quien cuando intentó ingresar, le dijeron: “Usted no puede entrar”.

La excusa del empleado fue que había una “fiesta privada”. Extraño porque en la entrada había un letrero que decía: “mujeres gratis; hombres $ 15; y barra libre”. Uno de los guardias dijo que era “orden del dueño”. Suponemos que la exclusividad la quiso tapar con “fiesta privada”, porque cerca de nosotros había un grupo al que le negaron la entrada, sin duda porque no vestían ropa de “marca”, ni eran rubios.
Después vimos que entraron otras personas sin problemas. Para asegurarnos del discrimen, cuando ya nos habíamos retirado, le pedimos a un amigo blanco, que entre, y pudo hacerlo pese a no haber sido invitado a la “fiesta privada”. Concluimos que nunca hubo tal. Mi amigo, un profesional educado, solo quería divertirse pagando su entrada, pero fue víctima de una discriminación que debería ser investigada por grupos de derechos humanos, porque no es posible que en pleno siglo XXI el racismo carcoma a nuestra sociedad.

Ketty Vera Barzola,
estudiante, Guayaquil

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