Vicente Fox, cuya inocencia política era y al parecer sigue siendo extraordinaria, estaba convencido de que Estados Unidos cambiaría su política migratoria porque se lo dijo el presidente George Bush en una de las varias reuniones que tuvieron en alguno de sus ranchos.
En todo caso, los atentados de septiembre de 2001 relegaron el debate y la negociación sobre el asunto hasta principios de este año, cuando Fox ya no era presidente y Bush había invertido gran parte de su capital político en Irak.
Y el tema de la migración quedó en suspenso porque tanto Bush como el nuevo presidente de México, Felipe Calderón, sabían que la cosa estaba más allá de ellos, en territorio del Congreso. Entonces nació el “Plan México”.
En mayo de este año, hace apenas dos o tres meses, ya había habido en México más de mil asesinatos relacionados con el narcotráfico. Veinticinco mil militares se desplazaron y montaron operativos de seguridad en todo el territorio. En varios casos, desarmaron cuerpos enteros de policías estatales o municipales.
El coordinador general de la unidad de información sobre la delincuencia organizada fue abatido a tiros cuando llegaba a su oficina. Alguien depositó una caja con una cabeza cercenada y una granada frente al cuartel de la guarnición militar en Veracruz. Las ejecuciones y los secuestros se multiplicaron.
Y alguien pensó que había llegado la hora de hacer en México lo que se hizo y se hace en Colombia, y alguien más pensó que relacionar lo que pasa en México con lo que pasa en Colombia sonaría negativo, y alguien más decidió que no se usara el nombre “Plan México” para el Plan México.
Pero es lo que es. Un plan que –según las fuentes oficiales que hablaron con Los Angeles Times- ofrece cientos de millones de dólares, incremento en la vigilancia, sistemas de radar y de comunicaciones, equipo, vehículos y entrenamiento.
Varios medios han dado a conocer detalles del Plan México, aunque la Casa Blanca no haya comentado el proyecto con el senador demócrata Patrick Leahy, quien preside el influyente y poderosísimo subcomité que controla la ayuda de Estados Unidos al exterior, como revela Los Angeles Times.
El peso de los recuerdos
Sin embargo el Plan México va a necesitar algo más que dinero. El mandato de Felipe Calderón es frágil, y no sólo porque ganó las elecciones con un margen mínimo, y las presiones que recibiría de un Congreso hostil cuando plantee el tema, si es que llega a hacerlo, no serían pocas.
Pese a todo, no es exagerado decir que entre la sociedad mexicana sigue privando un sentido de desconfianza ante Estados Unidos, aunque hayan pasado 161 años de la guerra que terminó con la pérdida de gran parte del territorio mexicano.
Otros, suficientemente viejos como para recordar 1968, también recuerdan que Estados Unidos infiltró el sistema político mexicano y convirtió en sus informantes a funcionarios en los más altos niveles del gobierno.
Y muchos más invocarían la soberanía nacional, cuyo sentido se exacerba sobremanera cuando el país vecino intenta hacer algo en lo que ofensivamente considera su patio trasero.
Además, los no tan recientes episodios de violencia contra mexicanos indocumentados han contribuido a hacer que la relación sea de paz pero no de amistad, porque las naciones han dejado de tener amigos y tienen, es verdad, intereses.
Quizá parte de esa relación cercana y lejana a la vez se refleja en que México es el único país del mundo en que los agentes estadounidenses no tienen permiso de portar armas y sus actividades están legalmente limitadas.
Pero esos recuerdos, históricamente fieles o distorsionados por el tiempo, y la siempre presente sospecha de interferencia estadunidense en asuntos nacionales tendrían también un enorme peso en la opinión pública mexicana a la hora de tomar decisiones como las que implicaría el Plan México.
Se necesitan cómplices
Del otro lado, no hay que perder de vista que las organizaciones de narcotráfico son más fuertes que nunca en México, como lo evidencia el hecho de que en la primera mitad del año haya habido más de mil víctimas de la violencia, muchas de ellas torturadas y ejecutadas.
Es indudable que la corrupción en ambos lados de la frontera es una de las armas que usan los carteles de la droga para hacer lo que hacen. Si uno lo piensa bien, es tan difícil exportar del país una tonelada de cocaína como importar esa misma tonelada. Los narcotraficantes necesitan cómplices, y los gobiernos necesitan voluntad y pureza política para combatirlos, sin temor a lo que se descubra.
Todo parece indicar que el Plan México se hará formalmente público después de la cumbre de Quebec.
Y todo parece indicar también que aun en caso de que el plan funcione, los carteles del narcotráfico buscarán cobijo en otra parte, tal vez Centroamérica.
Pero las leyes del mercado son claras. Si hay demanda hay oferta, venga de donde venga.