Christian Wolff vivió pensando entre los siglos XVII y XVIII. Pensaba en todo porque nada humano le era ajeno, y ejercía su arte con la razón cuyo rigor guió más tarde a Kant en busca de la verdad moral y otras cosas.
Entre 1740 y 1749 escribió un ensayo sobre el derecho natural y el derecho de gentes, es decir sobre lo universal e inmutable y sobre lo que los pueblos hacen para que la vida busque apegarse a esos principios y a la vez sea llevadera.
Wolff decía que el fin del Estado es ofrecer suficiencia, tranquilidad y seguridad, porque permiten que uno sea feliz, y de eso se trata. Y pasaron dos siglos y medio y más, y el presidente Hugo Chávez anunció una nueva reforma constitucional.
El pensamiento de Wolff viene al caso ante la reforma constitucional que presentó Chávez a Venezuela, aunque también al mundo, porque se trata de la diferencia o la coincidencia que hay entre quien mira al mundo desde una colina en Marburgo y quien lo ve desde un balcón en Miraflores.
El ejercicio vale la pena por el número y el tipo de reacciones que causó el anuncio del proyecto de reforma, sobre el que mucho se había especulado pero pocos conocían, como pasa en países de aquí y de allá porque los gobiernos son adictos al espectáculo.
La idea de Wolff sobre el deber del Estado de procurar la seguridad de quienes lo integran para que sean felices encontró eco en la declaración de independencia de Estados Unidos.
La felicidad constitucional
Uno encuentra otros ecos en las constituciones de Venezuela. En 1811, los constituyentes recordaron los venezolanos que la independencia política y la felicidad social “fueron vuestros votos el 5 de julio”.
Y en el artículo 151 establecían que el objeto de la sociedad “es la felicidad común; y los gobiernos han sido instituidos para asegurar al hombre en ella”.
Ocho años después hubo otra constitución que conservó ese derecho y advertía en su artículo sexto que la sociedad “desconoce al que no procura la felicidad general”.
La idea de la felicidad como bien social se conservó hasta la constitución de 1858.
Un año antes, el general Julián Castro –convertido en jefe del Ejército Libertador- había convocado a una Convención de diputados para replantear el Estado que concluyó con su elección como presidente provisional. El general Castro duró en el cargo hasta que se desató la guerra federal, y con ella otra parte de la historia.
Hubo 20 constituciones más y cuatro decretos y dos actas y dos acuerdos y un estatuto que establecían las reglas del trato entre los integrantes de la sociedad venezolana, pero en ninguna de ellas se mencionaba ya el derecho a la felicidad o a la búsqueda de ella.
En busca de la felicidad
En nombre de la imparcialidad, uno tiene que pensar que las reformas que propone el presidente Hugo Chávez buscan la felicidad común de los venezolanos, o al menos la de gran parte de ellos.
Uno busca la felicidad que puede haber en la eliminación de la autonomía del Banco central, en dejar al presidente la administración de las reservas internacionales, en aumentar de seis a siete años el período presidencial, en permitir la reelección inmediata y otorgar al ejecutivo poderes para crear regiones militares especiales, y sólo encuentra otra cosa.
Uno busca la felicidad que puede haber en reservar al Estado el manejo del sector energético, en permitir que el Estado ocupe bienes expropiados antes de que la ley lo autorice, en fomentar nuevos tipos de propiedad social a la vez que respetar la propiedad privada y combatir monopolios que las propias reformas establecen.
Uno busca, en fin, rastros de la felicidad en la creación de jornadas de trabajo de seis horas, en la creación de un fondo de estabilidad social, en la creación de un poder popular basado en consejos.
Uno desea que los venezolanos sean felices.
La trampa
Pero los venezolanos no parecen felices. Están divididos, y eso se refleja en las opiniones que han llegado a nuestro foro.
Si uno busca también encuentra que hay inconformidad con las propuestas del gobierno porque muchos ven en ellas no un beneficio para los más sino para los menos, que son quienes están en el gobierno.
Uno recibe correos de personas que, con razón o sin ella, consideran que Chávez es un dictador que sólo busca perpetuarse en el poder pese a que las mayorías lo hayan elegido una y otra vez.
Dicen que en el caso de las reformas que se someterán a referéndum la trampa está en que no se puede ir votando punto por punto sino todo o nada, y muy pocos elegirían trabajar más o quedarse sin derechos sociales.
Y uno, lejos, piensa en lo que dijo Wolff y sabe que si Chávez gana el referéndum la oposición tendrá que sentarse a recapacitar. Y sabe que tendrán que pensar no por qué ganó su rival sino por qué han perdido ellos. Pero no serán felices. Nadie es feliz por mucho tiempo. Ni Wolff ni Chávez ni la oposición ni nadie.