Se supone que es aburrido observar al pasto crecer. Pero verlo crecer en la compañía de un productor lácteo como Malcolm Lumsden es todo menos aburrido.
Las vacas convierten el pasto en leche, y mientras que los productores lácteos en Estados Unidos y Europa dependen mucho más del grano para alimentar a las vacas, en Nueva Zelanda el pasto es básicamente todo lo que reciben.
Entre más rico y más abundante sea el pasto, más rica y abundante será la leche.
Lumsden y sus compañeros productores lácteos llevan un seguimiento cuidadoso del peso del pasto en sus pastizales, miden de manera precisa su contenido de proteína y azúcar, y hacen gráficos computacionales que llevan un registro de cuánto les resta para alimentar a su ganado durante el invierno.
“Es una ciencia’’, dijo Lumsden, mientras observaba un grupo de sus vacas freisian blancas y negras mascar pasto oscuro en un húmedo día invernal. “Es una verdadera ciencia’’.
La producción láctea en Nueva Zelanda no siempre fue tan sofisticada. Pero desde que un gobierno liberal, aunque de libre mercado, llegó al poder en 1984 y canceló esencialmente los subsidios a los productores —algo que casi todo gobierno en una nación industrial avanzada ha considerado imposible tanto política como económicamente— la agricultura en Nueva Zelanda nunca ha sido la misma.
La comunidad campesina quedó devastada, aunque no por mucho tiempo. Ahora, la agricultura sigue siendo el elemento clave de la economía neozelandesa. Todavía hay más ovejas y vacas que gente, y su carne, leche y lana proporcionan a Nueva Zelanda la fuente más importante de ganancias por exportación. Las familias son dueñas de la mayoría de los ranchos, sin embargo, sus ingresos se han recuperado y la producción se ha disparado.
“La agricultura en Nueva Zelanda ahora es un negocio duro y frío’’, dijo Lumsden, quien al momento de la revolución agrícola era presidente de los Campesinos Federados en la región de Waikato, corazón de la comarca lechera de Nueva Zelanda. “Pienso que nos hemos beneficiado enormemente’’.
Los campesinos neozelandeses no son los únicos convencidos de que eliminar los subsidios, o por lo menos reducirlos considerablemente, sea una buena idea. Al mismo tiempo que los negociadores luchan por revivir las moribundas pláticas de comercio global y el Congreso de Estados Unidos sigue adelante con un nuevo proyecto de ley agrícola, Nueva Zelanda y Australia —que también redujo subsidios, aunque no tan drásticamente— son alabados por economistas y defensores de los países pobres como modelos a seguir por los estadounidenses y europeos.
Nueva Zelanda renunció por completo, y “en el proceso fue muy duro con su economía agrícola’’, dijo Ray Goldberg, catedrático jubilado de agricultura y negocios en la Escuela de Negocios de Harvard. “Pero emergieron más sanos y más fuertes. Demostraron que podía hacerse’’.
Los subsidios tradicionales, sostienen los economistas, por lo general, alientan a campesinos ineficientes a que produzcan cultivos poco rentables más allá de lo que los consumidores en realidad necesitan, seguros de que el gobierno ayudará a protegerlos de la pérdida. Y hacen mucho más difícil que los campesinos de países pobres compitan en igualdad de circunstancias contra los campesinos mimados del Occidente.
La eliminación de subsidios, dice el argumento, libera a los campesinos de cualquier parte del mundo a que produzcan lo que la gente realmente quiere.
La respuesta en la industria lechera de Nueva Zelanda a la eliminación de los subsidios es muy aleccionadora. La producción se ha quintuplicado desde el fin de los subsidios, lo que posiciona a Nueva Zelanda para que se aproveche de un auge global, impulsado por China e India, en la demanda por productos lácteos.
Hoy, cuesta menos alimentar y rinde más sólidos de leche el ganado en Nueva Zelanda, lo que lo hace más rentable. Los productores lácteos neozelandeses han incursionado en nuevas líneas como la leche rica en anticuerpos para los mercados farmacéuticos y de alimentos naturales, leche tipo kosher e incluso queso con sabor a chocolate.