Estamos en la Milla Real de Edimburgo, la arteria principal que cruza el casco antiguo de la también llamada Atenas del Norte.
Entre la bruma que rocía la piel, el frío que obliga a meter las manos en los bolsillos de la chaqueta, los callejones medievales por los que caminó la reina María Estuardo, las paredes de piedra ennegrecida, la Catedral de Saint Giles, los techos puntiagudos, las chimeneas y buhardillas en las que filmaron la película Trainspotting descubro la experiencia de beberme un whisky puro de malta.
Mi marido vertió en un pesado vaso de cristal un single malt Islay (de las islas del oeste de Escocia). Le añadió unas pocas gotas de agua para liberar el sabor y me dijo “bébelo, relájate”. Cuarenta y seis grados de alcohol.
El aroma ahumado seco se impregnó en las paredes de la boca. Dice que tiene pizcas de algas y una suave dosis de jengibre. Tomo el segundo sorbo de un whisky puro, de nombre Arbeg, y la satisfacción es inmediata. “Revitaliza el alma con los sentidos y los sentidos con el alma”, dijo el escritor irlandés Oscar Wilde.
Sería el primero de un abanico de whiskys escoceses que encuentro en Edimburgo, y en mi básico conocimiento descubro que aquí el whisky es más que el Johnnie Walker, Black Label o Blue Label que se ha comercializado mundialmente.
Tierra del whisky
Casi como catar un vino. Los expertos de The Scotch Whisky Experience (museo y tienda de whiskies ubicado en la Milla Real) sugieren probar las cuatro variedades del single malt. El whisky de las Tierras Bajas, de nombre Glenkinchie, es apenas dulce con sabor a hierbas; el de las Tierras Altas, un Glenmorangie, es rico en malta y con toques de jerez; el del centro de Escocia, un Balvenie, posee un suave aroma a miel y deja un robusto sabor en el paladar.
De todos me quedo con el Arbeg ahumado de las islas. La experiencia en la tierra del whisky no se detiene allí. Continúan los whiskys madurados por más de doce años en los barriles de oporto, de coñac y de jerez. La elección es infinita y los precios también.
En las repisas se exhiben botellas que cuestan hasta 6 mil euros, –estas solo las pagan los connoisseurs o fanáticos empedernidos, me digo–. En el año 2006, las exportaciones de whisky escocés aumentaron considerablemente y las ventas de botellas premium representaron cerca de $ 800 millones.
La Asociación de Whisky Escocesa dijo que no se ha visto este tipo de ingresos en los últimos 30 años, según datos proporcionados por el diario Financial Times.
Otros atractivos
Las gaitas fuera del palacio de Edimburgo detienen a más de un turista. Mi madre insiste en fotografiarse con el gaitero en su tradicional falda escocesa o kilt.
Esta prenda, parte de la identidad escocesa, se creó a mediados del siglo XVIII. Los kilts actuales llevan hasta ocho metros de tela muy plisada en los costados y en la parte posterior.
Los hombres las usan en las bodas o en ocasiones especiales y pobre del que ose burlarse de ellos.
Los clanes o familias escocesas tienen sus propios colores y diseños reflejados en el tartan (el tipo de textil que diferencia a una familia de otra).
El gaitero parado bajo la garúa sopla a pulmón el instrumento musical que, según expertos, data del año 1.000 antes de Cristo y se encontró en Asia menor. Parece un encantador de serpientes.
La música de esas Tierras Altas me resulta fascinante. La mayoría se compuso cien años antes de que se inventara el piano y no se escribió en partitura. De modo que, pese a no haber creado la gaita, los escoceses pueden reivindicarla como propia por haberla mantenido viva como parte de su tradición musical y haberla convertido en uno de los símbolos de su cultura.
La ligera neblina cubre el Castillo de Edimburgo al final de la Milla Real. El palacio se levanta sobre roca basáltica de un extinto volcán. En el siglo XI fue la residencia de los reyes y durante dos siglos se transformó en un bastión que fue capturado por los ingleses en varias ocasiones.
En el siglo XVII, el palacio fue ampliado y remodelado, pero aún conserva las habitaciones originales donde la reina María dio a luz a su hijo Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra. La reina Isabel II todavía utiliza, de forma regular, este inmueble en sus visitas oficiales a Escocia.
Por eso, los guardias reales en sus elegantes kilts rotan cada hora al pie de uno de sus edificios que alberga el regimiento del Ejército británico.
Pasamos frente a la Catedral de Saint Giles, majestuoso templo gótico reformado por John Knox, principal enemigo de la reina María e iniciador de la doctrina calvinista en Escocia. Al terminar de caminar por esa avenida de amplios adoquines, llena de tiendas de toffee, tartanes, whiskys y restaurantes con morcillas haggis, llegamos al Palacio de Holyroodhouse. Este castillo es la residencia oficial de la reina Isabel II y lo fue de María Estuardo.
Visito las habitaciones donde fue asesinado el presunto amante de María, su secretario David Rizzio, a manos de su segundo marido, Lord Darley. Se pueden apreciar las ruinas de la abadía y los jardines donde la reina Isabel celebra cada año una fiesta para ocho mil invitados.
Junto al Palacio se levanta la colina de Calton Hill. Imposible convencer a mi familia de subirla. Prefieren apreciar la moderna arquitectura del Parlamento, visitar el Archivo Nacional e indagar el origen de un abuelo escocés.
El taxi negro se detiene. –Sí, señor. Rumbo a la ciudad nueva, por favor–. Esta zona y el casco antiguo están declarados Patrimonio de la Humanidad.
La nueva ciudad fue construida a partir del siglo XVII, cuando se lanzó un concurso de diseño arquitectónico para expandirla. El ganador planteó el crecimiento de la urbe en torno a tres calles: Princess Street, George Street y Queens Street. Allí se encuentran mansiones georgianas, plazas, jardines, la Galería Nacional de Escocia, que guarda obras de Rembrandt, Gauguin, la Galería de Arte Moderno con obras de Miró y otros artistas.
Llegamos a Stac Polly, uno de los centros de la gastronomía escocesa. –Para él, un filete de Aberdeen Angus servido con papas parisinas, setas salvajes y salsa de coñac. Para nosotros, conejo enrollado en jamón de Parma y vainitas al ajo–. “¡Slainte! (Salud, en celta)”.
Que aún queda pendiente asistir el festival de teatro internacional de Edimburgo el próximo año.
El agua no se hizo para beberla. Para hacerla aceptable, le añadimos whisky. Con esfuerzo diligente, aprendí a que me guste”.
Winston Churchill.