En estos tiempos en que cada vez más se generaliza el uso de las computadoras, todavía hay reparadores de máquinas mecánicas. Uno de ellos es Hólger López, un arquitecto que ha dedicado su vida a este oficio.
Nada contracorriente y es feliz. Él estaba en plena operación. La tarde del segundo lunes de este mes, Hólger López Campaña, también llamado el médico de las máquinas de escribir, luchaba –sobre el mostrador– para mantener con vida a una Royal negra de casi 100 años de fabricación.
Una vitrina deja ver antiguas registradoras y máquinas mecánicas. Las perchas acogen cientos de esos aparatos. En la parte de atrás habitan cerros de carcasas y piezas como en un oxidado cementerio de palabras y signos.
Sobre los mesones, herramientas de diversas formas y tamaños. Huele a gasolina gastada para limpiar engranajes.
Por la bulliciosa calle Pedro Moncayo ingresa un rayo de luz que ilumina el rostro de Hólger López cuando hurga las entrañas de la Royal.
Cuenta que estudió dos años de ingeniería civil y egresó en arquitectura, pero terminó heredando el oficio de su padre, Tomás López Reed, quien hace 72 años vendía máquinas de oficinas y prestaba servicio técnico a sus clientes.
En esos años la mecánica de precisión no se enseñaba en el país. Se la aprendía de generación en generación, dice López. Las empresas enviaban al exterior a un técnico al que le hacían firmar un contrato de exclusividad de hasta 20 años para proteger la inversión.
Este arquitecto nunca olvidará ese viernes de 32 años atrás, cuando fue al taller de su padre y preguntó si había un “cachuelito” porque iba a una fiesta con su enamorada y no tenía ni para los caramelos. Le pasaron dos máquinas portátiles, en media hora las arregló y ganó 180 sucres que entonces era un dineral. El lunes no fue a la compañía constructora en la que trabajaba y se dedicó a arreglar máquinas hasta el día de hoy.
La época dorada de las máquinas fue desde 1960 hasta 1990, cuando empezaron a imponerse las computadoras. “Los mecánicos se llenaban los bolsillos con plata y no querían enseñar el oficio a sus ayudantes, solo les encargaban raspar fierros, pasar la brocha y ‘sopletear’ piezas.
Por eso, llamarlos raspafierros o carniceros es insultante. Se les decía carniceros porque descuartizaban las máquinas, pero no sabían armarlas”, comenta entre risas.
Durante ese boom, los mejores clientes eran las empresas que tenían de 80 a 100 máquinas de oficina. Los ministerios, de 500 a 1.000. Además de oficinas particulares, universidades, colegios. Absolutamente todos utilizaban máquinas.
Ahora López arregla cualquier máquina: de escribir manual, eléctrica y electrónica; sumadoras, calculadoras, contadoras de monedas y billetes, cajas registradoras. Además, certificadoras y protectoras de cheques, relojes de personal, calculadoras, balanzas mecánicas y electrónicas, relojes de guardianía y fax.
Es defensor de la vigencia de las máquinas. Cuando lo invade la nostalgia enseña unas antiguas Remington, Adler, Olimpia, Mercedes, Olivetti, de estructura metálica que si se caen siguen funcionando. Asegura que esas máquinas casi no se dañaban las piezas ni se desgastaban, solo había que darles mantenimiento.
No olvida la época de las máquinas portátiles. “En toda casa había una Olimpia. Los padres de familia llegaban apurados para que las repararan y debían quedar bien porque de lo contrario los estudiantes sacaban mala nota”, recuerda.
Afirma que todavía hay empresas que “no aflojan” sus máquinas de oficina. Entre sus anécdotas dice que dentro de las máquinas ha encontrado monedas, relojes, anillos, lápiz labial, limas de uñas. Y en las de los colegios femeninos desde lápiz de cejas hasta nidos de cucarachas, porque las estudiantes comen cuando escriben.
Al final de esa tarde vuelve a nadar contracorriente y muy seguro cree que todavía hay para largo. “Este país con crisis energética siempre necesitará una máquina mecánica para trabajar”, manifiesta.
Un leve rayo de luz ilumina al médico de las máquinas de escribir cuando revisa el teclado y hace girar el rodillo de esa Royal de casi un siglo. Él nada contracorriente y es feliz.
Ubicación
Hólger López atiende a los clientes en su taller ubicado en las calles Pedro Moncayo 1013 entre Luque y Vélez. También arregla calculadoras, sumadoras, contadoras de billetes.