El bambú es una planta antigua y versátil que aparece tanto en los mitos de la creación como en las macetas en las terrazas de Manhattan. Existe en variedades no invasoras que se portan bien y en tipos “madereros” invasores que se propagan rápidamente, lo que es fabuloso para un bosque, pero no tan bueno cuando es plantado como una barda divisoria que escapa hacia el jardín del vecino.
Es ese preciso vigor lo que hace a los ambientalistas aclamar al bambú como una planta que podría ayudar a salvar a la Tierra.
El bambú es especialista en enclaustrar dióxido de carbono y producir oxígeno, es una planta resistente que fabrica sus propios compuestos antibacteriales y prospera sin pesticidas y sus fibras porosas hacen una tela que respira y es tan suave como la seda.
De hecho, se ha desencadenado tal estampida de diseñadores de telas a China y Japón, donde se cultiva y procesa, que la revista National Geographic pronosticó, en su edición de mayo, que “esta tela advenediza podría algún día competir con el Rey Algodón”.
Pero ahora que el mundo clama por más, hay una escasez de bambú. Es difícil propagar con semillas una planta que generalmente florece sólo cada 60 a 120 años y luego muere. Cultivarla, al dividir las plantas existentes, es famosamente difícil.
Así que cuando Jackie Heinricher y Randy Burr, su socio de negocios, descubrieron cómo hacer bambú en probetas —al vender sus primeras dos mil plantas, en 2004, a centros de jardinería locales, en el Valle Skagit, en Washington— fue una gran noticia en el mundo de la horticultura.
“Es chistoso, porque el bambú tiene esta reputación de apropiarse del universo y, sin embargo, es la planta más difícil de producir”, comentó la bióloga Heinricher, una tarde a principios de junio, en el centro de producción de su compañía, Boo- Shoot Gardens, en Mount Vernon, poblado a unas dos horas al norte de Seattle.
Heinricher creció con el bambú: su padre cultivó bambú dorado alrededor de su casa, en Olympia, Wa-shington.
El bambú puede ser tan delicado como el bambú paraguas, el Fargesia murieliae, una especie no invasora con un suave follaje verde chícharo y un hábito de llorón, o tan heroico como el Phyllostachys edulis, cuyas macizas cañas verde olivo pueden crecer 21 metros en una sola temporada.
Las fibras de bambú son un recurso renovable para telas, alimento y papel. Sembrado en grandes huertos, el bambú puede almacenar “cuatro veces el dióxido de carbono que un grupo de árboles de tamaño similar”, apuntó Heinricher, al citar un estudio de Jules A. Janssen, de la Universidad Técnica de Eindhoven, en Holanda, en 2000. “Y”, agregó, “libera 35 por ciento más oxígeno”.
Por ahora, Heinricher se concentra en bambús para el jardín: cubiertas vegetales que pueden reemplazar al césped, dóciles bambús no invasores que pueden sembrarse en macetas o como bardas divisorias, y altos bambús madereros para quienes tienen el espacio.
Era época de retoños en el jardín de la compañía: todas las primaveras, los brotes subterráneos salen repentinamente de la tierra y comienzan a crecer a un ritmo sorprendente.
El Phyllostachys nigra, el bambú negro, enviaba retoños de unos ocho centímetros de diámetro y 1,2 metros de alto. En cuestión de un mes alcanzarían su altura máxima, unos doce metros, pero no serían más gruesos. A diferencia de los troncos de árbol, las cañas de bambú no crecen en diámetro; los nuevos brotes del año próximo simplemente serán un poco más gruesos, y así sucesivamente, con cada año subsecuente.