Ocurrió en el 964 en el monasterio de San Millán de la Cogolla, hoy en la región autónoma de La Rioja, al norte de España: un monje realizó anotaciones manuscritas al margen de un texto en latín con el propósito de traducirlo. La más famosa y larga de esas anotaciones, llamadas glosas Emilianenses, señala:
“Cono aiutorio de nuestro/ dueno dueno Christo, dueno/ salbatore, qual dueno/ get ena honore et qual/ duenno tienet ela/ mandatione cono/ patre cono spiritu sancto/ enos sieculos delo siecu/ los. Facamus Deus Omnipotes/ tal serbitio fere ke/ denante ela sua face/ gaudioso segamus. Amen.”
El español Ramón Menéndez Pidal transcribe esas líneas en su texto Orígenes del español (1956), porque tal plegaria es considerada el primer testimonio escrito del naciente idioma español.
Mil años de evolución y aportes de lenguas como el árabe, griego, latín y francés, entre otras, permiten que tales palabras puedan ser hoy traducidas al español contemporáneo de esta manera: “Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo Don Salvador, Señor que está en el honor y Señor que tiene el mandato con el Padre con el Espíritu Santo en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén”.
Ynposible ekibocarnos
La evolución del español dejó un rastro firme en la literatura; por ejemplo, el Libro del buen amor (1330), de Juan Ruiz, llamado el Arcipreste de Hita, señala lo siguiente en la “oraçión qu’el arcipreste fizo á Dios, quando començó este libro suyo”:
“Señor Dios, que a los jodíos, pueblo de perdiçión,/ sacaste de captivo del poder de faraón,/ a Daniel sacaste de poço de Babilón:/ saca a mí coytado desta mala presión”.
Y en la primera parte del Cantar del Mío Cid (1345), de autor anónimo, podemos leer sobre su destierro: “De los sos ojos tan fuerte mientre lorando/ tornava la cabeça y estava los catando./ Vio puertas abiertas e uços sin cañados,/ alcandaras vazias sin pielles e sin mantos...”.
Traducción: “Los ojos de Mío Cid mucho llanto van llorando;/ hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos./ Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,/ vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos...”.
La revolución del latín vulgar que derivó en el castellano siguió las reglas que decidieron sus propios hablantes. “En cuestión de lengua, era el pueblo quien imponía su ley”, indica el español Álex Grijelmo en su Defensa apasionada del idioma español (1998), para explicar la evolución de un latín vulgar que dejaba inconformes a los hablantes españoles de fines del siglo X y comienzos del siglo XI. Los primeros malos hablantes del latín se convirtieron en los primeros buenos hablantes del naciente español, explica el periodista ibérico.
De esa situación se observa la transformación del diptongo au en o (aurum, oro), la e abierta en ie (equa, yegua; gelu, hielo), la irrupción de una h muda cuando otras lenguas heredaron una efe (herida, ferida; hoja, foglia; hacer, facere) o el recorte de palabras (frígidum, frío; aurícula, oreja), entre otras constantes que los estudiosos han demostrado y Grijelmo explica.
El español es un idioma vivo que tiende a desarrollarse. Al principio lo hizo como un caballo desbocado sin reglamentaciones que dirijan su curso, y con tal rebeldía llegó a América en las carabelas de los conquistadores españoles. “Se hablaba por fonética, por sonidos, importaba poco cómo se escribía, sino la manera en que se escuchaba”, indica Diego Balarezo, paleógrafo del Archivo Histórico del Guayas, quien como experto en escritura antigua muestra la copia de una carta firmada por Francisco de Orellana y sus hombres en 1542, en la cual explican por qué abandonaron a Gonzalo Pizarro en la selva durante la expedición que lo llevó a descubrir el río Amazonas (los paréntesis son añadidos). “Nos los cavalleros y hidalgos y sacerdotes q neste real (sitio) nos halla mos con v. m. (vuestra merced) sin determinación para caminar el río arriba por donde bajamos y a vifta (vista) ser cosa ynposible folber (volver) a donde v. m. de xo (dejó) al s. (señor) gonzalo pizarro…”.
Este extracto muestra la ausencia de mayúsculas y muchas abreviaturas comunes de la época, además de letras que funcionan específicamente por su sonido y sin normativa (cavalleros, ynposible), y sonidos curiosos, como el de la letra “x” como “j”, el cual explica por qué el área de Jipijapa fue conocida por los españoles como Xipixapa cuando incursionaron en ese territorio en 1534.
Este libre albedrío idiomático permaneció con pocas restricciones hasta que en 1713 se fundó la Real Academia Española como autoridad encargada de fijar el idioma y sancionar los cambios hechos por los hablantes.
Desde entonces las modificaciones en la lengua han sido registradas por esa institución considerada frecuentemente como una organización conservadora, pues entre sus metas está la preservación de la lengua española.
Sin embargo, se caracteriza asimismo por ejercer una influencia progresista al esforzarse en mantener el lenguaje formal en sintonía con la actualidad, según señala su página web.
Ejemplos de ello ocurrieron en el siglo XX con la supresión del acento en los monosílabos formados por vocales débiles y fuertes: antes, dió; ahora, dio; antes fué, hoy, fue; la supresión de la tilde en los diptongos ui –jesuita, concluido, incluido, constituido–, el exterminio del acento en las partículas de una sola letra, como la preposición a y la conjunción o (antes á y ó) y el destierro en 1994 de las consonantes “ch” y “ll” para ser alfabetizadas junto con la “c” y la “l” y no como letras independientes, como en el pasado.
La inclusión de palabras nuevas (la era digital ha dejado varias) es solo una pequeña porción de los cambios que sigue experimentando el idioma. ¿Hacia dónde nos dirigimos? Expertos pronostican que en el futuro quizá escribamos sin reglas y tal como hablamos. “¿Ké le parese la idea?” (M.P.)
El lenguaje representa lo más democrático que la civilización humana ha dado. Hablamos como el pueblo ha querido que hablemos. Las lenguas han evolucionado por decisión de sus propios dueños”.
Álex Grijelmo