Amanece, y antes de pisar la baldosa fría de mi habitación medito en los grandes tesoros de mi vida, las cosas que realmente valen. Y por mi mente pasan momentos, situaciones, lugares, incluso bienes, que de alguna manera me han llenado de satisfacción; sin embargo, tesoros, reales tesoros, solo puedo pensar en dos: mi familia y mis amigos, que son en cierta manera también familia, pero familia que la vida nos da la potestad y el privilegio de ir eligiendo.
Existen mil apologías a la amistad, y no es mi intención aportar con mayores adjetivos o definiciones. Un amigo, una amiga, ¿que es más precioso o preciado? Dudo de que alguien pueda jactarse de tener cientos, si mucho diez, con suerte cinco buenos amigos, de esos que se quiere incondicionalmente y que quieren incondicionalmente. Que están allí, a ratos silenciosos, a ratos bulliciosos y metiches, pero están, y el solo hecho de conocer su existencia llena la nuestra, nos cobija, nos motiva, nos alienta.
A Galápagos le agradezco gran parte de mis amigos y amigas, y tal vez por eso, por la gente que he conocido a través de ese archipiélago encantado, mi vínculo es tan profundo e inquebrantable. Además, qué hermoso es llegar al punto en que los amigos no sean precisamente gente de la propia generación, sino de toda una gama de edades y tendencias.
El Doc Machuca, por ejemplo, amigo de los animales y de las islas, ya está en sus setenta, y mis pequeños amigos Danny y Emily tienen 6 y 9 años.
En 1992, cuando empezaba a trabajar como guía, se nos asignó un mentor para orientarnos en los detalles de la vida a bordo y la interpretación. No voy a decir que fue afinidad a primera vista, porque Fabricio Valverde nos martirizaba con la puntualidad, con la excelencia en las charlas, con la brevedad en las llamadas por radio. Pero bajo su exigente tutela dimos nuestros primeros pasos.
Fabricio era oceanógrafo de la Escuela Politécnica del Litoral, después viajó a Escocia a hacer su maestría en Manejo de Áreas Protegidas, para regresar a Galápagos como jefe técnico del Parque Nacional Galápagos en 1997. Fabricio se convirtió en hombre clave del Parque, un profesional a quien todos auguraban un brillante porvenir. Con gente como él al mando, el futuro de las islas lucía impecable, transparente.
A través de Fabricio conocí a Angita Sauhing, bióloga marina de la Universidad de Guayaquil, una mujer dulce y delgadita, pero muy segura de lo que quería en la vida, muy dada a los demás y a las causas justas; una mujer buena, y no creo que pueda haber mejor forma de describirla ni mayor calificativo, sencillamente buena.
Angi participó, como representante del Instituto de Pesca, en la investigación submarina hecha por Harbor Branch Institute descendiendo hasta 400 metros de profundidad en el mar de Galápagos. También trabajó en el estudio de impacto ambiental durante la construcción del Malecón 2000, vivió en las islas por varios años y se mantuvo ligada a ellas siempre, por su amor a Fabricio y a la naturaleza.
Fabricio y Angi se casaron en 1994, haciendo felices a muchos, porque el afecto entre dos personas que se entienden y complementan solamente puede irradiar eso, alegría y más amor.
Hoy, el laboratorio de biología molecular y patología de la Estación Darwin lleva el nombre de Fabricio Valverde, al igual que el Parque Ambiental que se encarga del programa de reciclaje de desechos sólidos en Puerto Ayora.
Fabrico perdió la vida en un accidente aéreo hace nueve años. Galápagos lloró la falta de un hombre joven, inteligente, trabajador y honesto. Hoy, las islas se visten de luto una vez más porque Angi, de pronto, inesperadamente, ha muerto.
No vale entrar en especulaciones filosóficas de lo que ocurre luego de nuestro paso por el planeta (quisiera de verdad creer que en algún lugar Fabricio y Angi se han vuelto a encontrar), lo que intento es compartir la tristeza de un archipiélago que se ha quedado sin una defensora de sus aguas, de sus plantas, de sus delfines.
Quiero, además, fortalecer esto que muchos sabemos, pero que a ratos dejamos caer en el olvido: que no hay tesoro más grande que un amigo, una amiga, y que no es un tesoro asegurado para toda la vida. Que hay que aceptar de los seres queridos lo que nos puedan dar, no esperar más, no esperar menos, reconocer su esencia y respetarla, y sobre todo, dar, dar a manos llenas afecto, solidaridad, humor, comprensión.
Erich Fromm afirma: “Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad”. Angita Sauhing fue un ser que se dio a los demás, a su hijo, a su familia, a sus amigos, a su amor.