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Edición del DOMINGO 26 de Agosto del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Una mirada sin contemplaciones a la infancia
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Texto: Clara Medina

En el  2003, el escritor mexicano Xavier Velasco ganó el premio Alfaguara de Novela con su libro Diablo guardián. Hasta antes de ese galardón, el nombre de este autor, nacido en 1958, en México, era casi desconocido en Latinoamérica.

Había escrito el ensayo biográfico Una banda llamada Caifanes (1990), la novela corta Cecilia (1993) y el libro de crónicas Luna llena en las rocas (2000), y sus obras solo circulaban en México.

Pero decidió enviar la novela Diablo guardián al Premio Alfaguara y, para su sorpresa, lo ganó. Su intención, más que triunfar, era publicar en España para llegar a Latinoamérica, comentó en una entrevista en Guayaquil, ciudad que visitó en el 2003, como parte de la gira de promoción de la novela laureada.

Señaló que el comienzo de su vocación de narrador fue su timidez de infancia. Refirió que en esa etapa, como no tenía amigos, desarrollaba historias en la mente que luego empezó a escribir. Velasco es hijo único.

Todos estos detalles se vuelven importantes a la hora de leer su nueva obra: Este que ves, publicada también por Alfaguara. Un libro de ficción que se construye de retazos de la realidad: la infancia del escritor. O una especie de memoria de infancia, narrada como una novela, aderezada con toques de fantasía.

El volumen comienza con la frase “Los retratos nos miran a nosotros más de lo que nosotros los miramos a ellos...”. Y cierra de la misma forma. Todo parte de un retrato que conserva  el protagonista de ese niño que fue. Esa imagen es  como la desencadenante de esa mirada hacia el pasado.

Pero no se trata de que el adulto que ahora es repasa con una mirada indulgente al niño del pasado. Es el niño quien toma la palabra.

El protagonista es un pequeño, que cuando comienza la historia tiene pocos años y luego 6, después 8 y así hasta que termina la infancia. Es hijo único,  vive junto con sus padres sobreprotectores y su perro Tazi, y cuenta con  las visitas asiduas de una abuela cómplice, Celita.

Odia la escuela, no tiene amigos, es tímido, le asusta hacer el ridículo. Pero  también  miente, hace pequeños hurtos en casa, le encanta mirarles los interiores a las empleadas, le enloquecen  las piernotas de su profesora y a veces  revisa la revista Playboy. 

Velasco no se preocupa por retratar a un niño bueno. Y eso hace interesante este libro: desmitifica la infancia como ese mundo donde todo es perfecto, donde solo viven la bondad y la inocencia. O donde los niños son víctimas y no pequeños victimarios. “No me gusta  ser niño porque uno se imagina todo y no puede hacer nada. No puedo tener novia ni besarla”, dice en algún momento de la historia. Y también comenta: “No quiero esperar hasta ser grande para vivir la vida de verdad...”.

Este muchacho tararea las canciones de Raphael, le gustan los Beatles y la música a alto volumen, odia competir y está perdidamente enamorado de la hija de unos amigos de sus padres. El pequeño detalle es que él no se lo ha confesado.

Además empieza a inventar  historias y, poco a poco, le toma el gusto a la escritura. “Escribir es autorizarse a estirar las fronteras de lo sensato y disfrutar del aislamiento resultante”, señala.

Es una obra que entretiene. Contiene una cierta dosis de humor. Posee 241 páginas. Quizá al leerla muchos adultos también revisiten su infancia, ese lugar del que cuando se es niño se quiere salir pronto y al que casi siempre se evoca cuando se es adulto.


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