Están los Nogga Boys, los Crockey Eds, los Manchester Hoodies, los Bottle Boys, los B11, los Gang members with airsoft, los 42 v 43 Yungahz, el Project Mayhem, los Huyton Boys, los SOI Crew.
Uno los ve en internet, posando con armas de pequeño, mediano y alto calibre, y perros furiosos y drogas, golpeando a víctimas indefensas, con fondo de música rap y las caras cubiertas.
Nadie daría un cacahuate por ellos si no fuera porque son niños que matan niños. Es la última moda en Gran Bretaña.
Uno recuerda las imágenes borrosas del video y de las fotos del día de 1993 en que Jon Venables y Robert Thompson –que entonces tenían diez años- pasaron en un centro comercial de Liverpool y robaron dulces, juguetes, baterías, una lata de pintura azul, y a James Bulger –que entonces tenía dos años.
Jon y Robert llevaron a James hasta las vías del ferrocarril y ahí lo torturaron y lo asesinaron a golpes . El mundo dejó de ser inocente y uno supo que cualquier cosa era posible, como más tarde lo probarían los hechos, pero olvidó lo que había pasado porque el olvido nos permite seguir existiendo.
Otros niños han matado niños. En guerras, en conflictos que la corrección lingüística ha dado en llamar armados, en peleas de familia o en venganzas, en accidentes estadísticamente inevitables, ay, quién sabe en cuántas otras circunstancias.
Pero son muertes lejanas que nos dicen poco aunque nos conmuevan.
Los niños matan en pandilla
Lo que está pasando en Gran Bretaña es que los niños que matan a los niños lo hacen por rencor, por miedo y por venganza, y que los asesinos no van solos sino en pandilla.
Unos dicen que ya van diecisiete niños muertos en esas circunstancias, otros han perdido la cuenta y otros prefieren no llevarla. Es fácil darse cuenta por qué.
Nathan Foster tenía dieciocho años cuando la policía lo encontró cerca de una estación del metro muerto de un balazo. Abukar Nahamud tenía dieciséis años cuando uno de los pandilleros que lo perseguían en bicicletas lo mató de un tiro en el cuello.
Kamilah Peniston tenía doce años el día que la asesinaron en su casa con un disparo en la cabeza. Billy Cox tenía quince años -pero llevaba al menos uno como ladrón- el día que lo mataron a balazos en la puerta de su casa no muy lejos de donde vivía.
Michael Dosunmu acababa de cumplir quince años cuando perdió la vida porque unos pistoleros lo confundieron con alguien más. James Smart fue abatido a tiros en la pista de una discoteca.
Y Rhys Jones tenía once años hace diez días, cuando un muchacho en una bicicleta lo mató en el estacionamiento de un pub cerca de su casa.
Paréntesis de ofertas
No es ningún secreto que uno puede conseguir una subametralladora Uzi de medio uso con dos mil dólares o con ocho mil si está en buenas condiciones.
Uno también puede comprar una pistola automática Glock de nueve milímetros con un par de miles de dólares en su caja original o con menos de mil dólares si no es nueva.
Muchos saben que en caso de necesidad se puede recurrir a El Bibliotecario, un personaje que alquila pistolas a cien dólares y cobra quinientos más si el arma se usa.
Todos y nadie
Todos tienen la culpa. El dedo anónimo de la opinión pública señala a todos. Los padres que no controlan a sus hijos, los profesores que no les enseñan cosas útiles, la televisión que los ha hecho creer que uno puede matar y no pasa nada, la policía que los tolera, el gobierno que los excluye al no tomarlos en cuenta, la sociedad que hace mucho dejó de ser la de antes, el calentamiento global, los niños mismos, todos. Y a la vez nadie tiene la culpa.
Nuestra América también ha visto niños que matan a niños y también todos tienen la culpa pero nadie la tiene.
Jorge Amado nos contó la historia de Los capitanes de la arena (niños vagabundos y delincuentes que se organizan para vivir pero también para robar y asaltar) a finales de la década de los treinta, y el gobierno quemó su libro en la plaza pública de Salvador.
La prensa mexicana nos permitió seguir los pasos de la banda de Los Panchitos a finales de los setenta, quinientos muchachitos excluidos de la realidad que asolaban la ciudad de México sin temor ni respeto, pero dicen que no usaban armas de fuego y al parecer no mataron a nadie. Muchos de ellos terminaron convertidos en ingenieros o en voluntarios de centros de apoyo contras las adicciones. Uno fue diputado.
La televisión y la prensa internacionales dieron cuenta del nacimiento y la expansión de las Maras a mediados de los ochenta. Miles de jóvenes y niños desarraigados por las guerras que corrompían Centroamérica, sin familia ni patria ni ninguna otra cosa, se hicieron pandilla y como pandilleros fueron a la cárcel en Estados Unidos y de ahí los deportaron a los países de donde habían venido, es decir a El Salvador, a Honduras, a Nicaragua. Ahora tienen presencia en partes de México y siguen en Los Angeles. Son extremadamente violentos.
Nadie y todos
Y todos tienen una idea de qué hacer y nadie sabe qué hacer para impedir que los niños sigan matando niños por cosas baladíes en Gran Bretaña como en otras partes del mundo.
Pero nadie ha hecho nada. Uno pensaría que la estrategia, si es que hay una estrategia, es dejar que se pierdan una o dos generaciones de jovencitos que de todos modos ya estaban excluidos y concentrarse en las generaciones que todavía se han visto afectadas.
Uno también pensaría que la solución al problema es cosa de todos, aunque no todos quieren hacerse las preguntas que hay que hacerse, y mucho menos pensar en las respuestas que se pueden ofrecer, hasta el momento en que la muerte deja de ser lejana y nos afecta.