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Impacto tóxico desde China

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La contaminación se ha convertido en un resultado letal del explosivo crecimiento industrial de China.
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Septiembre 02, 2007

Por JOSEPH KAHN | BEIJING

Industrias. Los efectos en el ambiente por el desarrollo del gigante no tienen precedentes.

Ningún país en la historia se ha convertido en una importante potencia industrial sin crear un legado de daños ambientales requiere décadas y grandes cantidades de riqueza pública para revertirlos.

Pero así como la velocidad y la escala del surgimiento de China como potencia económica no tienen un paralelo claro en la historia, su problema de contaminación también ha roto todos los precedentes. La degradación ambiental ahora es tan severa, con repercusiones nacionales e internacionales tan flagrantes, que la contaminación representa no sólo un peso significativo a largo plazo para el público chino, sino también un grave desafío político para el Partido Comunista gobernante. Y no queda claro que China pueda controlar su propio monstruo económico. La salud pública se resiente.

La contaminación ha hecho del cáncer la causa principal de muerte en el país, señala el Ministerio de Salud. La contaminación ambiental del aire por sí sola es culpada de cientos de miles de muertes cada año. Casi 500 millones de personas carecen de acceso a agua potable. Las ciudades chinas con frecuencia parecen envueltas en un manto gris tóxico. Beijing busca frenéticamente una manera de despejar sus cielos para las Olimpiadas de 2008.

Los problemas ambientales que podrían ser considerados catastróficos en algunos países, pueden parecer cosa normal en China: ciudades industriales donde la población rara vez ve el sol; niños muertos o afectados por envenenamiento con plomo u otros tipos de contaminación local; una costa tan inundada por mareas rojas, que grandes secciones del océano ya no sustentan vida marina. Su propio éxito está asfixiando a China.

La economía experimenta una racha histórica, con una sucesión de índices de crecimiento de dos dígitos. Pero el crecimiento se deriva, ahora más que nunca, de una impresionante expansión de la industria pesada y una urbanización que requiere de entradas colosales de energía, casi toda proveniente del carbón, la fuente más fácilmente disponible y la más sucia. “Es una situación muy dificultosa para el país porque nuestro mayor logro también es nuestro mayor lastre”, dice Wang Jinnan, uno de los investigadores ambientales más destacados de China. “Hay presión por un cambio, pero muchas personas se niegan a aceptar que necesitamos un nuevo enfoque tan pronto”.

El problema de China se ha convertido en problema del mundo. El dióxido de sulfuro y los óxidos de nitrógeno expulsados por sus plantas de energía de carbón caen como lluvia ácida en Seúl, Corea del Sur, y Tokio. Gran parte de la contaminación en forma de partículas en Los Ángeles se origina en China, de acuerdo con la publicación Journal of Geophysical Research. Lo que es todavía más apremiante, China ya entró a la etapa más fuerte de su revolución industrial, mientras gran parte del mundo exterior se preocupa por el calentamiento global.

Los expertos antes pensaban que China podría superar a Estados Unidos como el principal productor de gases de invernadero del mundo para 2010. Ahora, la Agencia Internacional de Energía ha dicho que China podría convertirse en el líder en emisiones para fines de este año, y la Agencia de Evaluación Ambiental de Holanda sostiene que China ya ha superado ese nivel. Para el Partido Comunista, las cuentas políticas son intimidantes.

Brindar prosperidad aplaca al público, proporciona un botín para los funcionarios con contactos y aplaza las exigencias de un cambio. Un retraso importante podría incitar protestas, alienar los intereses empresariales y amenazar el dominio del partido. Pero la contaminación en sí representa una amenaza. Los funcionarios atribuyen miles de episodios de disturbios sociales al agua y al aire fétidos, los costos del cuidado de la salud se han incrementado drásticamente, la severa escacez de agua podría convertir más tierras de cultivo en desiertos y la expansión sin límite de industrias con altas necesidades de energía crea una mayor dependencia del petróleo importado y el carbón sucio.

Los líderes de China reconocen que tienen que cambiar de rumbo. Prometen reformar la filosofía de crecimiento primero, que data de la era de Deng Xiaoping, y adoptar un nuevo modelo que permita un crecimiento constante al mismo tiempo que se protege el ambiente. En su informe anual este año, el Primer Ministro Wen Jiabao hizo 48 referencias a “ambiente”, “contaminación” o “protección ambiental”. El gobierno tiene metas numéricas para reducir las emisiones y conservar energía. Se han eliminado gradualmente los subsidios de exportación para industrias contaminantes y se han iniciado diversas campañas para cerrar las minas de carbón ilegales y algunas fábricas altamente contaminantes.

Hay, también, importantes iniciativas en proceso para desarrollar fuentes de energía limpia como la solar o la eólica. Pero la mayoría de las metas del gobierno para la eficiencia energética, así como el mejorar la calidad del aire y el agua, no se han alcanzado y abundan las señales de que el liderazgo no está dispuesto o es incapaz de hacer cambios fundamentales.

Bruma eterna Durante las tres décadas desde que Deng Xiaoping colocó a China en el camino hacia el crecimiento estilo mercado, la rápida industrialización y urbanización han sacado a cientos de millones de chinos de la pobreza y han convertido al país en el productor de artículos para el consumidor más grande del mundo.

Pero no hay duda de que el crecimiento se produjo a costa del aire, la tierra y el agua del país. En cuanto a la calidad del aire, el culpable principal es el carbón, del que China depende para satisfacer alrededor de dos terceras partes de sus necesidades energéticas. Tiene abundantes suministros de carbón y ya quema más que Estados Unidos, Europa y Japón juntos. Una mayor cantidad de habitantes con autos, el tráfico pesado y la gasolina de baja calidad han convertido a los autos en la principal fuente de contaminación del aire en las ciudades chinas más importantes.

Sólo el 1 por ciento de la población urbana de China, de 560 millones de habitantes, hoy respira aire considerado seguro por la Unión Europea, de acuerdo con un estudio del Banco Mundial dado a conocer este año. Quizá un desafío aún mayor sea el agua. Mientras que el sur de China es relativamente húmedo, el norte, hogar de alrededor de la mitad de la población china, es una inmensa región seca que ahora amenaza con convertirse en el desierto más grande del mundo. Los agricultores del norte alguna vez usaron palas para cavar sus pozos.

Ahora, muchos acuíferos han quedado tan agotados que algunos pozos en Beijing y Hebei tienen que extenderse casi un kilómetro para poder dar con agua dulce. La industria y la agricultura usan casi todo el flujo del río Amarillo, antes de que llegue al Mar de Bohai.

En respuesta, los líderes chinos han emprendido uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos en la historia del mundo: una red de canales, ríos y lagos, de 60 mil millones de dólares, para transportar agua del Río Yangtze, que es propenso a las inundaciones, al Río Amarillo, que está lleno de cieno. Pero ese esfuerzo, de ser exitoso, aún dejará al norte crónicamente sediento.

Esta escasez aún no crea una cultura de conservación. La industria china utiliza de cuatro a diez veces más agua por unidad de producción que el promedio en las naciones industrializadas, de acuerdo con el Banco Mundial. En muchas partes de China, las fábricas y granjas tiran sus desechos al agua superficial con pocas repercusiones. Estadísticas sombrías El costo que esta contaminación ha tenido sobre la salud humana aún es un tema delicado, en China. Los dirigentes han prohibido que se publiquen datos sobre el tema por temor a incitar tensiones sociales, afirmaron académicos involucrados en el estudio.


Pero los resultados de algunas investigaciones proporcionan evidencias alarmantes de que el medio ambiente se ha convertido en una de las principales causas de mortalidad. Un reporte interno, no divulgado, de la Academia China de Planificación Ambiental de 2003 calculó que 300 mil personas mueren cada año por la contaminación ambiental del aire, la mayoría de enfermedades cardiacas y cáncer de pulmón.

Otras 110 mil muertes se podrían atribuir a la contaminación del aire en interiores, provocada por estufas de carbón y madera mal ventiladas o gases tóxicos de materiales de construcción de mala calidad, comentó una persona involucrada en ese estudio. Otro reporte, preparado en 2005 por expertos ambientalistas chinos, calculó que era probable que las muertes prematuras anuales atribuibles a la contaminación del aire exterior llegaran a las 380 mil, en 2010, y a 550 mil, en 2020. Esta primavera, un estudio del Banco Mundial hecho con la agencia ambiental china SEPA concluyó que la contaminación del aire exterior ya provocaba entre 350 mil y 400 mil muertes prematuras al año.

La contaminación en interiores contribuía a las muertes de otras 300 mil personas, mientras que 60 mil morían de diarrea, cáncer de vejiga y estómago y otras enfermedades que pueden ser provocadas por la contaminación del agua. La agencia ambiental china insistió en que las estadísticas de salud fueran eliminadas de la versión publicada del reporte, por su posible impacto sobre la “estabilidad social”, señalaron funcionarios del Banco Mundial. Crecimiento descarrilado Pese a lo sombrío que luce el panorama actual de la contaminación de China, puede empeorar significativamente, porque China ha llegado a depender principalmente de una urbanización e industrias pesadas, que gastan energía de manera intensiva, para impulsar el crecimiento económico.

En 2000, un equipo de economistas y especialistas en energía del Centro de Investigación del Desarrollo, dependencia del Consejo del Estado, se propuso medir cuánta energía necesitaría China en los próximos 20 años para lograr la meta de los dirigentes de cuadruplicar el tamaño de la economía. Basaron sus proyecciones en la experiencia china durante sus primeros 20 años de reforma económica, de 1980 a 2000. En ese período, China dependió principalmente de la industria ligera y empresas privadas a pequeña escala para incitar el crecimiento.

Hizo grandes mejoras en eficiencia de energía al mismo tiempo que la economía se expandía rápidamente. El producto interno bruto se cuadruplicó, mientras que el uso de energía sólo se duplicó. El equipo proyectó que tales ganancias de eficiencia probablemente continuarían. Pero los expertos también ofrecieron lo que llamaban una situación del peor de los casos, en la que las partes más hambrientas de energía de la economía crecían más rápidamente y las ganancias de eficiencia no eran suficientes. Esa situación del peor escenario ahora luce totalmente optimista. El año pasado, China quemó el equivalente en energía a 2.500 millones de toneladas métricas de carbón, tres cuartas partes de lo que los expertos habían dicho que sería el máximo requerido en 2020.

Ahora parece probable que China necesite tanta energía en 2010 como se creía que necesitaría en 2020 bajo las suposiciones más pesimistas. El apetito insaciable por los combustibles fósiles se remonta, en parte, a un programa de estímulos económicos, en 1997. Los dirigentes, a quienes les preocupaba que la economía de China cayera en una pronunciada recesión, como había ocurrido con sus vecinos del este asiático, proporcionaron generoso financiancimientos estatales e incentivos fiscales para apoyar la industrialización. Funcionó bien, quizás demasiado bien. En 1996, China y Estados Unidos representaron, cada uno, el 13 por ciento de la producción de acero global. Para 2005, la porción de Estados Unidos había caído al 8 por ciento, mientras que la de China se había incrementado al 35 por ciento, de acuerdo con un estudio realizado por Daniel H. Rosen y Trevor Houser, de China Strategic Advisory, grupo que analiza la economía china.

De manera similar, China ahora produce la mitad del cemento y el vidrio plano del mundo, y alrededor de la tercera parte del aluminio. Sus necesidades energéticas son agravadas porque incluso algunas de sus plantas de industria pesada más nuevas no operan de manera tan eficiente, o controlan la contaminación de manera tan efectiva, como las fábricas de otras partes del mundo, señaló un reporte reciente del Banco Mundial. Presiones encontradas Los líderes del Partido Comunista insisten en que se proponen controlar el uso desmedido de energía y las emisiones. El año pasado, el gobierno ordenó que el país usara el 20 por ciento menos de energía para alcanzar el mismo nivel de actividad económica en 2010, en comparación con 2005.

También requirió que las emisiones totales de mercurio, dióxido de sulfuro y otros contaminantes fueran reducidas en un 10 por ciento en el mismo período. Pero los funcionarios de energía y ambientales tienen poca influencia sobre la burocracia. La agencia ambiental aún tiene sólo alrededor de 200 empleados de tiempo completo, en comparación con 18 mil en la Agencia de Protección Ambiental en Estados Unidos.


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