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Puse siete palabras en mi blog para que mis lectores aportasen sus reflexiones sobre ellas, ya que las considero muy importantes en los días que corren.
Patrick: lo que las personas de mi país (EE.UU.) parecen no entender es que cada vez que se tortura a un miembro de Al Qaeda, surgen otros veinte dispuestos a luchar.
Amelia: al fin y al cabo, todos somos responsables. En las prisiones, en las guerras, en las discusiones familiares, todos nosotros ya hemos pasado por la tortura, aunque no sea física. Y a medida que crecemos, el instinto de venganza se va haciendo más fuerte. ¿Qué se puede hacer? No quedarse sentada contemplando lo que ocurre, sino intentar, de alguna manera, denunciar los abusos de alguien que se cree más fuerte porque está provocando dolor, cuando en realidad es más débil, pues demuestra su incapacidad de convencer con argumentos y con amor.
Josephine: hay una pareja de sudamericanos que están viviendo ilegalmente aquí en Suecia porque el gobierno no les concedió asilo. ¿Por qué acabaron aquí? Porque el hombre era militar, y sus superiores le exigían que obedeciese las órdenes (de torturar) o se atuviese a las consecuencias. Él se negó. Ojalá todos pudiesen adoptar la misma actitud, incluso sabiendo los riesgos que eso entraña.
L.: como persona que ya fue torturada por la policía para confesar un robo que no cometió, puedo garantizar que uno acepta cualquier cosa, firma cualquier papel, con tal de que paren de infligirle sufrimiento. Me sentí el peor de todos los seres humanos cuando comprendí dónde estaban en la realidad mis límites, mucho más acá de lo que yo habría querido. Salí de la cárcel, pero la cárcel permanece en mí hasta ahora. Quizás solo los fuertes consigan recuperarse: yo tuve que descubrir que soy demasiado débil.
Alana: las mentes de las personas son sus propias prisiones. Y mantener esta mente cerrada al mundo, es una especie de tortura. Ikuaaloha: la tortura es lo que es: una barbaridad que nos lleva de vuelta al pasado. Pero Dios lo está viendo todo. Y está oyendo los gritos de los torturados.
Chunzi: Shakespeare dijo en cierta ocasión: “es magnífico saber que tienes el poder de un gigante. ¡Pero es patético usarlo para implantar la tiranía!”.
Eduardo: estuve en el estadio de Santiago (el lector se refiere al lugar donde la dictadura de Pinochet encerró a los presos capturados inmediatamente después del golpe militar de 1973) y todos los días y todas las noches me preparaba para sufrir. Todos mis amigos fueron torturados pero, por alguna misteriosa razón, a mí no me ocurrió nada. Y cuando salí de allí, aprendí algo muy importante: que el dolor de los demás también es el dolor de uno mismo. Aunque mi cuerpo no sufrió, mi alma se quedó hecha trizas.
Mónica: escuché un refrán recientemente que dice: “ojo por ojo, y todo el mundo acabará ciego”. Un amigo me contó que, técnicamente, el interrogatorio solo puede considerarse tortura cuando quedan marcas en el cuerpo del interrogado, por lo que la asfixia por inmersión, la privación de sueño o los ruidos ensordecedores se consideran procedimientos “aceptables”. Pero que los torturadores no olviden nunca los versos de Sinead O’Connor: “Puedes esconderte en el infierno, pero yo acabaré encontrándote”.
Pequeña Bruja: yo ya he estado presa, pero no por una guerra o por algo malo que hice, sino por causa de un hombre convencido de que me amaba. Entonces me di cuenta de que lo más bonito del mundo se puede convertir en una pesadilla terrorífica. Sé lo que es la tortura, física y mental. Me llevó años recuperarme, pero, gracias a Dios, salí de esta experiencia más fuerte que nunca. Lástima que no todos tengan esa suerte.
Paulo Coelho: sufrí tortura durante el 27 y el 28 de mayo de 1974, acusado de “actividades subversivas” por el contenido de las letras de mis canciones. La tortura se prolongó dos días, pero el miedo permaneció hasta 1982.
la próxima semana: oración |