Una de las cosas que sorprende cuando en los Estados Unidos se estudia o se revisan los planes de estudios sobre su sistema político, tanto en los niveles más básicos como en los más avanzados, es que el autor de obligada lectura no es ni estadounidense ni un contemporáneo, sino un francés del siglo XIX.
Se trata de Alexis de Tocqueville (1805-1859), quien entre 1835 y 1840 escribió en su lengua materna La democracia en América, un verdadero clásico de sociología política y cultural.
El origen de esta obra fue un viaje que emprendió Tocqueville a lo que era entonces la naciente república de los Estados Unidos.
De origen aristocrático, Tocqueville desde muy temprana edad comenzó a participar en la política francesa. A los 26 años, el gobierno lo autorizó a visitar los Estados Unidos para que estudiara su sistema penitenciario y viera qué lecciones se podrían sacar.
Su viaje duró nueve meses durante los cuales recorrió a lo largo de la Unión, observando y haciendo apuntes no solo de las prisiones, sino de las instituciones, la política, la economía y, sobre todo, de las costumbres de los norteamericanos.
A su regreso, él y su compañero de viaje presentaron un detallado informe sobre las cárceles. Pero Tocqueville enseguida empezó a escribir su magistral obra.
Los largos viajes y la publicación de las observaciones que hacían los viajeros de los lugares que visitaban eran comunes en la época de Tocqueville. Este género había comenzado a tomar auge desde la mitad del siglo XVIII.
Los que hicieron Goethe en 1786 y Stendhal en 1817, ambos a Italia, y las obras que originaron dichos viajes son un buen ejemplo. Durante el siglo victoriano, los jóvenes de la aristocracia inglesa no concebían que su formación de caballeros educados era completa si al terminar sus estudios en Oxford no emprendían un viaje de varios meses por la Europa continental, casi siempre con la ayuda de un tutor.
Los europeos que se aventuraban a viajar por América del Sur no eran muchos. Menos los que se les ocurría visitar nuestro país. Pero de los pocos que lo hicieron hay quienes dejaron un testimonio de sus impresiones en cartas, reportes y, en algunos casos, en libros.
La reciente obra de Osvaldo Hurtado, Las costumbres de los ecuatorianos (Planeta. 2007), recoge, ordena y resume prácticamente todos los testimonios relevantes de estos extranjeros que viajaron por nuestras regiones antes y después de que naciera nuestra república.
Una de las cosas que llaman la atención es el número de testimonios. Si lo comparamos con los relatos sobre otras naciones pueden resultar pocos, es verdad; pero si pensamos en lo difícil e inhóspito que era el Ecuador hasta hace poco, sí llama la atención que haya tenido tantos visitantes que decidieron escribir sobre nosotros.
Lo otro es lo fácil que hace Hurtado la lectura de todo este material. El autor ha sabido organizar la obra de tal manera que el lector no queda perdido en una maraña informativa ni en un cúmulo aburrido de fechas y nombres.
Sin embargo, lo ameno de la lectura no le resta rigor al análisis. El autor logra esto poniendo bajo una perspectiva política y económica ese cúmulo de observaciones que leídas individualmente quizás no pasarían de ser pintorescas anécdotas de curiosos aventureros.
Leer este libro tiene sus efectos terapéuticos. Muchos lectores van a verse ellos mismos reflejados o reconocidos al pasar sus páginas. Parecería que estos viajeros extranjeros nos están diciendo cosas sobre nosotros que las conocíamos internamente pero que nos costaba aceptarlas.
Es como si Hurtado haya acostado al Ecuador en el diván de un consultorio médico y lo sometiera a una suerte de psicoanálisis colectivo bajo la guía, no de un doctor austriaco de barba y cigarro, sino de un grupo de viajeros extraños que quedaron impresionados, unos, perturbados otros, de lo que vieron en nuestro país.
El autor advierte al inicio de su obra la poca atención que han recibido los estudios sobre aspectos culturales de las sociedades en América Latina, estudios que han estado dominados por una perspectiva más bien económica. Hurtado, como muchos otros, creen que esto ha sido un error. Las ideas, las actitudes, las costumbres de un pueblo sí pesan en su organización como sociedad, ayudan a explicar sus fracasos y entender sus éxitos.
Hurtado no ignora la importancia de los factores económicos, pero tampoco queda prisionero de ellos.
El lector va a sorprenderse de lo poco que hemos cambiado los ecuatorianos a pesar de tener actualmente mejores caminos, hoteles y calles para acoger a los viajeros que nos visitan ahora, a diferencia del panorama que encontraron sus lejanos antecesores.
Osvaldo Hurtado ha escrito varias obras. Su principal, Poder político en Ecuador (Planeta), lleva varias ediciones en español e inglés.