Es el pariente político que más material ha contribuido a los chistes populares. El clásico estereotipo es la veterana gorda bigotuda en rulos y bata de casa que abusa de la tolerancia y paciencia del yerno, quien por amor a su esposa soporta su intromisión e imprudencia.
Nada podría estar más alejado de la realidad: la típica suegra no luce de esa manera, y por lo general las relaciones entre suegra y yerno son políticamente cordiales, con “temporadas altas” de mucha interacción y confianza, seguidas de periodos de lo que podríamos llamar “mantenimiento”, que permite recuperar el equilibrio en la relación.
Por otro lado, una relación que muy pocas veces ha merecido un chiste es la que existe entre la suegra y la nuera. Y con razón, ya que es una relación con ribetes dramáticos desde el comienzo. Emotivamente hablando, es el choque de dos mundos, con el hombre en medio.
Consideremos lo siguiente: generalmente el hombre es criado desde niño bajo mucha más influencia de la madre que del padre, desarrolla más confianza con ella, vive más de cerca y conoce más sus momentos emotivos que los de su padre, aprende que normalmente la vida de hogar gira alrededor de ella.
También, por supuesto, una mujer desde niña vive y aprende esta realidad, sobre todo la de que la vida de hogar gira alrededor de una mujer (tanto así que, por ejemplo, si la madre sale a la calle le deja encargada la casa a la hija, así sea menor que el hijo).
Otra señal clarísima de esta realidad se da en los juegos infantiles, con las niñas imponiéndose en jugar a “la familia”, asignándoles a los niños el papel secundario de “papá” o “hijitos”.
Esta tendencia se mantiene al llegar el momento del matrimonio, con la mujer ansiosa de vivir en su nuevo hogar lo que toda la vida entrenó para poner en práctica. El hombre, por su lado, también mantiene sus expectativas de que su esposa organice el hogar (y, aunque no lo admita, a él).
Es un periodo de exploración y descubrimiento, tanto entre los dos como entre ellos y el mundo, para lo cual necesitan bastante espacio, en todo el significado de la palabra. Por esto se aconseja firmemente no ir a vivir a la casa familiar de él, en donde ya hay una figura femenina central que frustraría los sueños de la joven esposa, lo que crearía un grave riesgo para las relaciones con la suegra.
Igualmente dañina para el matrimonio sería la continuación de la dependencia hijo-madre (o viceversa). La madre debe aceptar que el hijo ha emprendido un viaje cuyo destino final no se conoce y en el que hay que realizar frecuentes correcciones de rumbo, para lo cual necesita de toda la ayuda posible. Esta ayuda debe ser desinteresada, sincera y bajo pedido. No existe algo peor recibido que un consejo no solicitado, especialmente si viene de la suegra.
Desarrollar confianza
La suegra tiene más experiencia en el matrimonio y en la vida. La esposa recién comienza su nueva vida. Suena lógico que la primera, que tanto conoce y quiere a su hijo, debería ayudar a la más joven a suavizar las asperezas propias de los conflictos que se presentan entre dos mentes todavía inmaduras, ayudándole a ir desarrollando confianza en la vida que ha elegido compartir con su hijo.
Debe dejar que la nuera descubra a su propio ritmo quién es el marido; lo que ella sabía de él como madre en su mayor parte ya no es aplicable en su realidad actual. Debe siempre tener presente que de esta mujer depende la felicidad de su hijo, y que ponerse territorial la colocaría en una situación en la que eventualmente solo podría perder(lo).
La nuera, por su parte, debe comprender lo duro que es para su suegra ver a su hijo independizarse de ella (y feliz, además). Debe recordar también que fue ella, la nuera, al elegir al marido, quien la escogió como suegra, y no al revés.
Ambas necesitan paciencia y optimismo para ir creciendo juntas en la nueva relación. Al bajar la guardia permitirán que se fortalezcan en la relación sentimientos de mutuo respeto y admiración. Es cuestión de no estar tan pendientes la una de la otra. Si se descuidan terminarán queriéndose.