“Strippers”... palabra sencilla de nueve letras tiene un efecto mágico en los caballeros presentes. Es miércoles 19:00, esquina de Mendiburo y Rocafuerte, junto a un puesto de venta de sándwiches de chancho. No hubo quién moviera del quiosco a los comensales masculinos ante la oferta de ver gratis en vivo y en directo a aquellas sensuales chicas de las revistas pegadas en las paredes. “Así es, primos. Estas bellezas ustedes las verán en el striptease nocturno”, promete el dueño del lugar. “Pero si ya estamos de noche, ¿entonces a qué hora es el show?”, pregunta un ansioso cliente. “Es a la medianoche, primito”, responde el propietario, “por eso vaya haciendo su pedido en persona o por internet antes de que se nos vaya el sistema”.
“¡Qué fue, Primo!”, lo saludan a Álex Alvario desde varios puntos del sector. La vecina dueña de una panadería cercana, el turista manabita en una camioneta doble cabina que circula ‘de pasada’, dos jóvenes de corbata, un empleado y otro desempleado, uno con su enamorada y otro cabizbajo junto a su currículum, una chica de banco y tres estudiantes uniformados. Primo es el apodo de Alvario, propietario del quiosco del mismo nombre, ubicado en la Zona Rosa de Guayaquil.
De cabello largo recogido, chorros negros abundantes, acento mezclado: serrano, colombiano, venezolano en una sola licuadora vocal, el Primo cuenta que nació en Ventanas, provincia de Los Ríos, vive feliz con su cónyuge y sus dos hijos: Cristo Álex y Britney Estela. Considerado por sus clientes como el ‘psicoterapeuta del barrio’, se muestra con sencillez, regalando buenas dosis de humor en cada frase que elabora. “Ese es mi sabor personal. No sé a quién de mi familia salí, pero creo que nací vivísimo”, comenta riendo.
Dietéticos
Comer rápido frente a Álex Alvario es medio complicado. La gente no sabe si dedicarse a comer o a reír con sus ocurrencias. Algunos dicen que llegan solo para que les levante el ánimo e incluso se van sin comprar nada. Muchos son habituales, aunque cada día se ven también caras nuevas. Él muestra todo su abanico de argumentos a los clientes nuevos y a los “viejos” les inventa otros. Impresiona ver la facilidad para crear escenarios donde todos los visitantes interactúan.
“Pasen, por favor. ¿Adónde desean que les sirva? ¿En esta área o en zona de no fumadores? O pueden optar por la zona VIP, ustedes deciden”, interrumpe por un momento para atender a unos chicos que pidieron dos ‘Estudiantiles’ de $ 0,50 cada uno. “Los sándwiches cuestan $ 1,20, con cola $ 1,50, pero a veces los jóvenes no tienen ni para el carro, por eso les ofrezco el ‘Estudiantil’ que es un sándwich más pequeño”, explica el Primo.
Cuenta que hasta su puesto llegan señoritas dietéticas preocupadas por su figura, que al encanto del aroma de una deliciosa carne blanca de cerdo, sucumben. Otros, en cambio, deportistas maratónicos en medio de una dieta rigurosa, cuyo principal mandamiento es no consumir carne cuyo nombre empiece con la c, la ch o la p, es decir, nada de cerdo, chancho o puerco, y por ahí alguien que prefiera llamarlo lechón.
Por eso Álex, “pendiente de la alimentación balanceada”, decidió lanzar al mercado su secreto culinario original: el chanchito light, “un animal feliz, bien entrenado, desestresado y rico en vitaminas”. O a sus primos, el chancho de Pakistán, el de Pekín o el Aviador, todos sometidos a terapias de spa y a viajes a Miami de vez en cuando.
“Si el cliente busca comida sana, yo se la doy. Y si aún duda mucho, hasta que se decida le doy (gratis) un platito de entrada para que vaya probando nuestro menú light”, comenta con ceremoniosidad.
De Los Ríos al Guayas
Tiene 38 años, estudió la escuela primaria en Guayaquil, pero luego de la separación de sus padres se regresó a su tierra con la esperanza de volver a esta ciudad. A los 25 años se vino a buscar suerte con el firme propósito de poner un negocio propio. Recuerda que un día vio en el periódico un anuncio de reclutamiento de personal para guardias de seguridad. Jamás pensó que lo contratarían, sin embargo lo hicieron.
“Nunca me hizo feliz trabajar en seguridad, pero yo mantenía a mi mamá. Creo que cuando uno es responsable por la vida de otros debe guardar por un momento los sueños. ¡Nunca olvidarlos! Solo guardarlos hasta después”, confiesa el Primo, quien se desempeñó como guardia por tres años de 07:00 a 19:00. Dejó de lado su carácter chistoso, se cortó los chorros que desde niño su padre cuidaba con un champú especial y aprendió a comportarse con la seriedad del cargo que ocupaba.
Tercero de cinco hermanos, Alvario cuenta que siempre fue gracioso. Sencillamente las bromas le fluían y hacía reír a todos. Fue justo de esa característica de la cual después sacaría provecho.
Trabajando de guardia, a menudo en su hora de almuerzo iba a comer al quiosco Don Bolo, cerca de la iglesia Nuestra Señora de la Alborada. Vendían sándwiches de chancho, pero la demanda era muy baja. “Le propuse a la dueña del puesto que me contratara, que yo lograría subir las ventas. Mi meta era clara: reunir dinero para ponerme un negocio”, relata. Renunció a su trabajo de seguridad y se lanzó a la aventura de vender sándwiches en quiosco ajeno.
Primos
Pronto las ventas pasaron de una pierna de chancho diaria a nueve piernas. ¿El secreto? Ni él mismo lo sabe con seguridad. Su “sabor” característico sumado al “encanto de sus ojos cafés, azules o verdes, según la ocasión”, hicieron que entrara en confianza con la clientela potencial. Llamaba a los transeúntes y a los que estaban parados en la esquina. Los trataba de primos. Algunos se acercaban por curiosidad. “Primitos, veo que ustedes no han almorzado. Es más, en sus caras veo que ni siquiera han desayunado. Vengan a probar este chanchito light libre de grasa. Como usted es mi primo, este platito va gratis por cortesía de la casa”.
La magia de la palabra ‘gratis’ es que no hace falta decirla dos veces para surtir efecto. De repente, a Álex Alvario le aparecieron muchos primos, hambrientos y dietéticos. Los hambrientos “se mandaban” dos sándwiches de golpe, mientras los dietéticos solicitaban mayores detalles del chancho light, para evitar que la dieta rota les pesara en la conciencia. Ahí, en la Alborada, se inició la historia del Primo y su personaje porcino, sitio donde trabajó por seis años.
La Merced y el Divino Niño
Católico, fiel devoto del Niño Jesús, recuerda las numerosas ocasiones que visitó la iglesia La Merced, en Víctor Manuel Rendón y Córdova. De rodillas llorando, imploraba a Dios le ayudase a poner un negocio propio. “En 1997 logré reunir los 700.000 sucres para comprar mi local, que por regalo de Dios quedaba a dos cuadras de la iglesia donde tantas veces fui a orar. Era el mejor del mundo. El resto lo lograría con harto trabajo y dedicación”.
Según el Primo, los negocios crecen no solo por el esfuerzo constante, sino por la creatividad que se inyecte. Cualquiera puede comprar un puesto, pero hacerlo producir entre tanta competencia es la meta. El trabajo queda a un lado si el dueño no sabe cómo manejarlo creativamente. Nada diestro en la cocina, decidió hacerse amigo del dueño de una panadería y aprender a elaborar pan. Asimismo adquirió la sazón para adobar con sal, comino, pimiento y cocer el chancho en horno de leña. Pintó y decoró su quiosco con revistas de chicas, anécdotas e historias cómicas acerca del cerdo. La regeneración urbana cambió la cara del barrio. De un sector “difícil” a un área turística.
Este orgulloso comerciante asegura vender un promedio de 450 sándwiches diarios, mientras regala alegría a cuantos se acercan a su local, sean clientes, vecinos o curiosos. Está “chocho” con sus hijos, ahorrando dinero para terminar su casa propia, de la cual ya tiene lista la losa. Prefiere las fiestas de casa a las discotecas y el rock clásico al actual. Toca el güiro y “no canta tan mal”.
Del chanchito light confiesa ser su mejor amigo, a más de un creativo argumento para vender. “El cerdito me dio la oportunidad de salir adelante, tener mi negocio y de que usted esté ahorita entrevistándome. ¿Sí o no, primita?”.