La dieta, las calorías, el gym, las cremas antiarrugas que prometen milagros y sabemos que llegaron para quedarse; las tardes enteras en la peluquería coloreando esas canas que delatan el paso del tiempo y sumergiéndonos en baños de crema para ayudar a nuestro castigadísimo pelo después de tanta tintura, planchita, secador, playa e invierno, a que se vea: sano y brillante. Ni que hablar de la depilación, parte del concepto de belleza es que nuestra piel sea, suave, delicada, tersa…pero sobre todo… ¿lampiña? En nuestro mapa corporal, NO debe de existir trazo de vello alguno. Para eso están las opciones del sistema español, la cera de miel de abejas, la azul y las tiras descartables, ¡un armamento de tortura!
Estar a la moda, pero sobre todo tener estilo propio es el deseo innato de todas las mujeres. Recordemos a Frida Kahlo, Diana Vreeland, Audrey Hepburn. La primera mantuvo su impronta folclórica y sumamente latina. Se vistió orgullosamente como princesa azteca, mostrándole al mundo sus raíces mexicanas durante la década del 30 hasta su muerte en el 54. Frida, además de convertirse en la pintora más reconocida de América Latina fue y continúa siendo hoy un ícono de estilo. Cómo no mencionar a la “Reina de la moda de los USA” “La Vreeland”. Mítica por su buen gusto y refinamiento, fue alma y gurú creativo tras 25 años como editora de la Harper`s Bazaar y Vogue. Fue sin duda una mujer fea que supo tener un exquisito y fabuloso estilo.
¿Quién no soñó con verse como Audrey en Desayuno en Tiffany`s?, flaquísima, larga, elegante, ultrafemenina, fumando en boquilla y extremadamente chic… Convirtió a principios de los 60 al little black dress en palabra santa.
¿Qué mujer no sueña con ponerse algún modelito de la nueva temporada? le dernier cri de la mode nos atrae a todas. Tener un leve aire a la modelo de la revista, llevando las plataformas de madera (¡gracias a Dios el taco aguja está perdiendo su reinado y nosotras recuperando nuestros pies!) alguna blusa con mangas farol y una gran cartera/bolso, son los hits del momento. Elegir entre algún postre que te encanta o que el vestido nuevo no te marque nada y te quede divino, son pruebas de fuego que todas hemos vivido. ¿Quién no se ha acostado en la cama alguna vez, para poder subirse el cierre del jean?
Sentirse bien y con la autoestima bien puesta, cuando frente al espejo te ves divina con esa nueva adquisición, es producto de la moda también. Eso sí, tengas la edad que tengas, es importante saber lo que te queda bien y lo que no. A los veinte te podías poner un minivestido galáctico o un tutú de crinolina y teñirte el pelo de azul francia, tenías la rebeldía y la lozanía. A los treinta y pico, sigues teniendo belleza y juventud, pero sabes bien que quieres verte como una mujer y no como una adolescente. A los 50 y pico te olvidas de apretarte dentro de la ropa, reconoces que tu cuerpo ha cambiado y adaptas un estilo más suelto y sobrio.
La elegancia y el estilo propio lo podemos tener todas. Las de escasos o las de generosos recursos, la gorda, la demasiado flaca, la bonita y la no tan agraciada, no es cuestión de dinero (aunque sí ayuda), es cuestión de sentido común, de animarse a probar, a cambiar y a equivocarse.