Shatha al-Musawi, miembro chiita del Parlamento, se topó por primera vez con el abismo entre sunitas y chiitas el día en que los estadounidenses capturaron a Saddam Hussein.
Al escuchar la noticia con una amiga cercana sunita llamada Sahira, Musawi se emocionó como una niña. “Salté, grité, fui directamente hacia Sahira y la abracé”, recordó Musawi. “Me rodaban las lágrimas, y dije: ‘Sahira, este es el momento que habíamos esperado’”.
Así debió haber sido: los secuaces de Hussein asesinaron al padre de Musawi cuando ella tenía sólo trece años; Sahira también era una víctima, pues perdió a su tío más cercano a manos del Gobierno de Hussein. Pero en lugar de celebrar, Sahira permaneció rígidamente de pie. Un día después, dijo Musawi, los ojos de Sahira estaban enrojecidos por el llanto. Y en poco tiempo, igual que muchos sunitas y chiitas en Bagdad, las dos dejaron de conversar.
El sectarismo, el problema que Musawi dijo haber querido evitar, ahora la persigue. Entró a la política hace cuatro años, rebosante de idealismo, para trabajar de cerca con los sunitas en la Constitución de Iraq y en un anteproyecto de ley que compensaría a las víctimas de Ahora, hasta para ella, una de las figuras más independientes del Parlamento, el impulso de reconciliación es eclipsado por la desconfianza, la desilusión y la ira Su desilusión ayuda a explicar por qué el gobierno iraquí no cumplió con la mayoría de los puntos de referencia políticos establecidos por el Congreso, como concluyó la Oficina de Rendimiento de Cuentas del gobierno estadounidense en un nuevo reporte, dado a conocer el martes. El reporte concluyó que “la violencia sigue alta” en Iraq, en medio de un progreso encontrado en cuanto a seguridad, y que los esfuerzos de reconciliación política siguen lejos de ser suficientes.
Las razones de Musawi —defender a las milicias chiitas como una respuesta necesaria a la violencia árabe sunita, por ejemplo— son personales. Después de ver a vecinos sunitas asesinar a amigos chiitas, y después de ser expulsada de su propio hogar por la violencia, Musawi ha batallado para darle la espalda al dolor y la ira.
“Muchos iraquíes aún viven en el pasado y ella también está aquejada de ese difícil trance”, expresó Mohammed Mahmoud Ahmad, presidente del comité de compensación a las víctimas, donde Musawi es una delegada. Para los iraquíes de todas las sectas, las viejas ofensas persisten durante décadas. Y en el sencillo departamento en la Zona Verde que comparte con su segundo esposo (un kurdo sunita), Musawi, de 40 años, describió una letanía de abusos. Creció en un barrio de clase media, en Bagdad.
Un día, en 1980, su padre salió a trabajar y nunca regresó a casa. Más tarde Musawi descubrió que había sido atropellado por un auto que pertenecía a un funcionario del gobierno con el que su padre había discutido. De sólo trece años, Musawi quedó desolada.
Una de sus posesiones más preciadas es un álbum fotográfico de fotos descoloridas, que muestran a su padre feliz, con largo cabello ondulado y un hijo en cada brazo. Alguna vez fue optimista. “Bush prometió que Iraq sería un país democrático y libre”, señaló, “y nosotros le creímos”.
No tomó mucho tiempo, apuntó, antes de que Iraq comenzara a fracturarse. Musawi comenzó a ver a la política “como una manera de restaurar algo de cordura”, declaró. Se convirtió en una de las únicas dos mujeres electas al consejo distrital de su barrio. Entonces, sus colegas chiitas comenzaron a morir. “Realmente nos sentimos impactados”, expresó.
“Solíamos tener amigos, vecinos. Cada vez que uno conocía a una persona, no pensaba: ¿Es chiita o sunita? Por supuesto, uno lo notaba, pero no importaba”. Entonces, en algún momento, agregó, todo cambió: la secta se convirtió en la característica distintiva para los iraquíes. Musawi dice que el problema básico es que demasiados sunitas nunca aceptarán el gobierno chiita.
Igual de mortificante, apuntó, es que se niegan a aceptar la responsabilidad por los pecados de Hussein, el partido baath o los extremistas de la “Los sunitas nunca sintieron cuánto Los sunitas dicen que ellos, también, fueron víctimas de la tiranía de Hussein
y aún ahora son castigados por los escuadrones de la muerte chiitas o los soldados estadounidenses. Asmaa al- Dulaimi, miembro del Parlamento e hija de Adnan al-Dulaimi, quien encabeza el principal bloque sunita, dijo que Musawi y sus colegas chiitas exageraban su propia condición de víctimas para obtener ganancias políticas.
“Todas estas afirmaciones son parte de la falsa opresión que fingen haber padecido”, aseguró. Declaraciones como ésta enfurecen a Musawi. Cuando se le pregunta qué se necesitaría para que los chiitas se reconcilien con los sunitas en el gobierno, una mezcla de ira y dolor puede escucharse, mientras los líderes actuales repentinamente parecen fusionarse en su mente con los baathistas del pasado.
“No puedo tolerar verlos controlar nuevamente las cosas”, externó. “No puedo tolerar verlos en el poder”. Si sus opositores extienden una mano para cerrar un trato, agregó: “creo que la otra mano oculta un puñal”.