Mientras el camión realiza su descarga, los niños se abalanzan sobre la basura como moscas. Algunos se columpian de los pistones hidráulicos que abren la parte trasera y luego se dejan caer en el montón de basura para agarrar una pieza de metal, una lata aplastada, una botella de refresco o una camiseta apestosa.
Un niño se resbala y desaparece por un momento debajo de la basura, al mismo tiempo que el camión avanza pesadamente para vaciar más de su carga.
El niño se vuelve a poner de pie, pierde pisada sobre un montículo de intestinos de animal y termina por asirse de las ramas de maleza cortadas de algún jardín. Otro niño encuentra una pequeña bandera israelí de nylon y trata de romperla con los dientes; uno más desentierra una pequeña sombrilla color lila, que sostiene sobre su cabeza y le muestra a sus amigos.
La mayoría escarba, diligentemente, en busca de metal, que meten en los sacos de nylon rotos que llevan. Cerca de allí, en una colina de basura de tres metros de altura, un muchacho está sentado solo. Ha encontrado un paquete de galletas saladas; las mastica lentamente, casi contemplativamente.
Los niños son parte de una pseudo colonia de casi 250 personas que recorren las fétidas colinas de la basura de otras personas para mantenerse a sí mismos y a sus familias.
La mayoría son menores de 16 años; algunos duermen allí durante la semana para aprovechar al máximo las horas que pueden buscar artículos para vender. Muchos son familiares, provenientes de unos cuantos clanes grandes, y han impuesto una cierta organización, con un chofer de bulldozer, de 23 años, que arregla las disputas, y un código de conducta, para que se respeten los hallazgos de cada persona.
Este lugar desolado es símbolo del impacto del asentamiento judío en la ocupada Cisjordania y del precario estado económico de los territorios palestinos, donde casi una tercera parte de los adultos no tiene empleo. El basurero se ha convertido en un sustento para ellos y para los niños que ayudan a mantener a familias pobres en el sur de Cisjordania.
La escena se parece al tercer mundo, a lugares como la tristemente célebre montaña de basura de Manila, pero este desesperado lugar está al lado de un país con el ingreso per capita más alto del Medio Oriente: Israel. Por el momento, los buscadores están decepcionados porque el camión transportaba basura palestina, de Hebrón.
Los verdaderos tesoros, dicen, vienen de los asentamientos israelíes en el área ocupada de Cisjordania. Es la basura de los colonos la que los mantiene vivos y, curiosamente, entretenidos. Mahmoud Ibrahim, de diez años, encuentra un par de alas de ángel, al parecer de una fiesta de disfraces o de una actuación de ballet.
La usa al revés, pero feliz, corriendo de un lado a otro entre la basura mientras los otros niños le aplauden. Su hermano, Muhammad, de once años, quien se figura un modelo de las revistas que rescata, viste un traje desechado, varias tallas más grande, que al parecer había sido usado en un bar mitzvah. Si uno le quitara la mugre, tanto al traje como al muchacho, sería el orgullo de cualquier En un buen día, trabajando de las cinco de la mañana hasta el atardecer, los niños ganan unos 4,75 dólares.
Muhammad Rabai, de 23 años, que viste pantalones de camuflaje rescatados y una gorra de béisbol sucia, es el jefe extraoficial del basurero. Maneja el bulldozer y recibe un pequeño salario municipal, aunque él y tres familiares también buscan entre la basura para tratar de alimentar a una familia de 25 integrantes.
“Es una vida muy difícil, pero no me llamen el jefe. Tratamos de ser amigos e iguales aquí’’, dice. Muhammad al-Ammour, de 42 años, solía trabajar en Israel como pintor, y ganaba de 35 a 50 dólares diarios. Ahora que trabaja en el basurero con dos de sus hijos, lleva a casa unos doce dólares. “Si no trabajamos, no podemos vivir’’, señala. “Es triste decirlo, pero nuestra vida es la basura y nuestro futuro es la basura’’. Cuando se le pregunta si la autoridad palestina los ayuda, se ríe. “Nadie de la autoridad nos da una mano; a nadie le importa’’, agrega. “La nación palestina recibe ayuda económica y asistencia del extranjero, pero nosotros nunca vemos Al igual que los hombres y los muchachos en el basurero de Ad Deirat, de los cuales pocos tienen guantes, Ammour está cubierto de cicatrices, especialmente en manos, brazos y piernas, de metales filosos y vidrios rotos.
Muchos usan gorras rescatadas para protegerse contra el sol y pañuelos para cubrirse la boca de las emanaciones y el humo irritante de las hogueras que queman, casi todas las noches, la basura ya revisada. Muchos de los niños parecen desnutridos, con ojos vidriosos que miran fijamente desde rostros chamagosos. Ammour tiene ocho hijos. Se le conoce como Abu Fadi, padre de Fadi, de 19 años, su hijo mayor y trillizo.
Fadi intenta ir a la universidad. Ha trabajado en el basurero desde que era pequeño, dice, junto con su padre y sus dos hermanos. Empezó la universidad, pero la abandonó por falta de dinero. Ahora, toma cursos en la noche, a través de Al Quds Open University, en Yatta, junto con su hermano Tamer. Todos en este pequeño mundo están orgullosos de ellos.
El hogar de los Ammour, en Yatta, tiene dos habitaciones para la familia de diez miembros. El cuarto más grande está cubierto de colchones. En la habitación más pequeña está la posesión más preciada de Fadi, una computadora que funciona, y que él armó de partes recuperadas del basurero. “¿Ves?’’, dijo Fadi, con una enorme sonrisa. “Cosas buenas salen de la basura’’