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Edición del DOMINGO 9 de Septiembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Gastronomía 
El cuy y el hámster
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Texto: Epicuro

Aun siendo carnívoro jamás pude comer el plato de cuy que sirven en la Sierra, probablemente porque el cavia porcellus, como lo llaman científicamente, es un animal domesticable.

epicuro@eluniverso.com

Zamparse  un cuy es como devorar un hámster. En una entrevista, Miguel Bosé me dijo que podría matar  una vaca, desollarla, dividirla en partes comestibles, luego consumirla. Nosotros, los carnívoros, tenemos la particularidad de olvidar el proceso que consiste en sacrificar  una res, un cordero, un borrego, un pollo, un pescado, una langosta, un cangrejo, para limitarnos a la ilustración a todo color del apetitoso plato que consigue el tratamiento gastronómico.

Por ello respeto a los vegetarianos que se limitan a frutas, legumbres por razones humanísticas. Reconozco que pierdo el sentido del “no matarás” frente a un sándwich de pernil, un filet mignon en salsa bearnesa. Los lugares famosos por sus asados me atraen. Argentina y sus parrilladas, Estados Unidos y sus legendarios steaks, Nueva Zelanda y sus costillas de cordero tienen una leyendaria fama.

Entonces, ¿a qué viene este respeto frente al cuy? Pues sencillamente a que tuve en mi infancia  varios hámsteres, compañeros entrañables. También tuve ardillas, conejitos, pollitos, hasta un puercoespín que andaban libres por el jardín haciendo de las suyas.

A partir del momento en que se crean lazos de afecto entre un ser humano y un animal se elimina la posibilidad de comerlo. Las personas muy sensibilizadas llegan a experimentar aquel sentimiento de amor por todos los seres vivos. En su fase más avanzada, el vegetarianismo excluye  los huevos de la dieta diaria, considerando que el eventual embrión representa posibilidad de vida.

La frontera entre el mundo vegetal y el animal luce pequeña. Recuerdo haber tenido   una planta carnívora que cerraba sus garras cada vez que una mosca caía en su trampa pegajosa. Tenía su propio sistema digestivo: la consideraba como un fenómeno de la naturaleza.

No podría comer un cuy. Reconozco que no tengo los mismos escrúpulos frente al pato a la naranja, el caldo de patas, la guatita, la corvina en salsa de estragón.
Asumo mi parte de pecador en el asunto; me preocupa definitivamente más la suerte de millones de niños desnutridos

a los que les vendría bien un caldo de pollo, una hamburguesa. Me refugio con cierta comodidad detrás de la Biblia, donde abundan  parrilladas,  recetas carnívoras.

El cuy, al que guardo respeto por razones sentimentales propias, es  uno de los platos más apetecidos en América del Sur. Varias veces acompañé a unos amigos aficionados en la Mitad del Mundo, en  pueblitos serranos, mas pedí otro plato. Dicen que en Cuenca el mejor lugar es Mi Escondite (camino a Ricaurte, sector cinco esquinas). Toda tradición gastronómica es digna de interés.

El cuy ha de existir desde unos treinta millones de años. Manjar notable en Bolivia, Colombia, Perú, donde también se le atribuyen propiedades curativas, atrae
 a muchos paladares ecuatorianos así como lo hacen el conejo, el jabalí, en  países europeos. Tiene la ventaja de poder ser criado en pequeños entornos urbanos.

En la medicina occidental se usa como objeto de experimentación (de lo contrario habría que utilizar a seres humanos). En Perú existe en la medicina natural un procedimiento que más bien suena a superstición. Consiste en “pasar el cuy”. Dicen que la energía interna del animal absorbe la enfermedad.

Juan Acevedo Fernández de Paredes, dibujante peruano, tiene  un filosófico cuy como personaje central de sus historietas. ¡Es un poco la Mafalda o la Pequeña Lulú de los hámsteres!


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