Hay un desajuste en clasificar estos filmes como ’cine arte’. Aquí algunas razones.
Si hay alguna ópera que le mueve la adrenalina a cualquier mortal esa es Carmen, del compositor francés Georges Bizet. Los arrolladores acordes de la obertura que inicia la obra nos preparan admirablemente para el encuentro de su inmortal protagonista, la gitana “hija del diablo” que vive solo para sus antojos sensuales de cada minuto.
Innumerables versiones cinematográficas se han hecho de la historia, pero la que nos cayó en el Festival de Cine Arte de Cinemark tiene una novedad: se concentra en la novela de Prosper Merimée que originó la ópera. Nada de Bizet.
El director es Vicente Aranda, que antes nos entregó una Juana la loca que uno recuerda por las golosinas visuales en su ambientación y diseño de producción, encuadrándonos la mirada en la despampanante actriz principal. Los caramelos de la nueva Carmen (2003) son del mismo sabor, especialmente cuando Paz Vega y sus blusas resbalosas iluminan la pantalla en la trepidante escena de las trifulcas entre cigarreras al comienzo.
Esta vez el propio Merimée (Jay Benedict) parece ser el protagonista en la historia, sirviendo como hilo narrador y conociendo él mismo a Carmen y a Don José (el argentino Leonardo Sbaraglia), apuesto soldado cuya vida es trastornada por una pasión desmedida. Aquí –en la mejor tradición del moderno cine español– Aranda se deleita metiendo a sus intérpretes en escenas eróticas que el autor jamás puso en el papel.
¿Son necesarias? Con una pareja de actores de este magnetismo, al director se le calientan las neuronas. Pero toda su película es una demostración de trastornados excesos. “Bucear en los misterios del corazón humano” era el objetivo central de Merimée. Esta Carmen se queda en la epidermis de dos amantes.
En el Festival de Cinemark había un desajuste. Encasillarlo como cine arte involucra mucho más que espectaculares adaptaciones de temas clásicos o de época. El arte cinematográfico no tiene nada que ver con algunas de las películas exhibidas, especialmente en lo que se refiere a las otras dos que pude ver, ambas de habla hispana.
Basada en la estupenda novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del Chivo (2006) está encargada a Luis Llosa, sobrino del novelista. El hombre se ha destacado en telenovelas peruanas y Anacondas en Hollywood. Introducirnos con la delicada sutileza de su tío a los horrores de la tiranía de Trujillo en la República Dominicana de los años sesenta es un esfuerzo que jamás se compagina con el realismo requerido para hacernos vivir estas tragedias deleznables del tercer mundo.
Ni tampoco Isabella Rosellini y Tomás Milián, sus honorables y mal doblados al español actores principales, pueden salvar esta fiesta sangrienta de convertirse en un patético melodrama donde Llosa perdió la oportunidad de su vida, porque todo debió suceder en 120 episodios de una hora, con el merengue apambichao de tema musical. Así, La fiesta del Chivo hubiera inaugurado un nuevo género: el culebrón político.
Me acerco al final, por no decir el fondo. Se llama Karmma (2006) y supuestamente es la película más taquillera del cine colombiano.
Solo me remito a lo que dijo el periodista Diego Guerra, reproducido en el periódico del MAAC Cine en su edición de agosto: “Con holgura (esta película) derroca a todas las candidatas al podio de la peor película colombiana de todos los tiempos”. No puedo decir lo mismo, porque no he visto mucho cine colombiano. Nada es rescatable de este mal karma (¿por qué le pusieron las dos ‘m’?).
Es la desenfocada historia de un secuestro donde la víctima se escapa en mula, hay guerrilleros holgazanes y analfabetos, hijos pródigos y madres histéricas, todo bajo un mensaje en mayúsculas de que sucedió en la vida real. Me quedo con Hasta que la plata nos separe.