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Diego Alejandro Jaramillo | Nosotros, los colombianos
Una marcha blanca por la libertad
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El blanco no es el color de la paz  ni de la esperanza; tampoco es el color de la pureza. El blanco solo es ausencia. No entregan a las personas secuestradas, algunas hace más de siete años. Tampoco entregan a los muertos, los seres queridos lloran sobre un féretro sin cuerpo. Los que esperan el regreso siguen esperando pero no saben nada, tan solo que el hogar está sin madre, que no vuelve el hijo del alma, que el esposo amado salió sin regreso, pero por ahí dicen que está vivo. En el mejor de los casos han enviado una que otra prueba, pero la cifra aumenta, y los colombianos, tan acostumbrados a sufrir, seguimos sufriendo.

Y nos duelen tantos muertos, porque todos somos nosotros; nos siguen ajusticiando en las laderas de las montañas, nos vamos desintegrando lentamente en las fosas comunes, porque todos somos esos cuerpos. Pero todavía nos quedan fuerzas de salir a marchar con camisetas blancas, el dolor de la ausencia; y son más de un millón, dicen; y nos siguen quedando ganas de cantar, con ese Juanes que le canta al dolor, con los conductores de los vehículos tocando las bocinas de los autos, con los trabajadores que abandonaron las oficinas, porque ese país sangrante sigue incrementando el producto interno bruto y todavía quedan ánimos para marchar; porque todo el que podía agitaba una bandera, por último el pañuelo, pero lo hacían todos juntos para que temblara la tierra, se desbordaran los ríos y allá en lo profundo de la selva lloviera a cántaros, para que a los secuestrados se les refrescara la esperanza, cuando supieran que estaban marchando por ellos decenas de ciudades, cientos de personas: en Bogotá, Medellín, Cali, gritando ¡libertad¡, ¡libertad¡ como si fueran los latidos de un solo corazón.

Dicen que más de mil secuestrados han muerto en la última década, tal vez más, y el alma sigue sangrando, se unen municipios a la marcha, ciudades grandes y pequeñas, capitales de diferentes partes del mundo. En Madrid, Londres, Bruselas, Amsterdam, la gente también se pinta el color blanco dentro del alma. Algunos porque tienen el desarraigo impregnado en las entrañas. El temor los ha ahuyentado de su patria como un lobo hambriento. Otros, que no entienden muy bien porque nunca lo han vivido, se unen a la marcha porque en medio de la abundancia queda un poco de tiempo para luchar por los derechos humanos de otro mundo.

Los colombianos y el mundo marcharon el 5 de julio por la paz, algunos en las calles paralizadas de su trasegar cotidiano, otros con el corazón desteñido, blanco de tanta ausencia, de tanto dolor, de tantas ganas de poder gritar ¡libertad!, ¡libertad!

 Y cada vez que los colombianos nos enfrentamos a nuestra nacionalidad al pasar por algún aeropuerto o realizar algún trámite internacional, lo hacemos con una resignación que nos ha dado el tiempo, la costumbre, pero lo hacemos sin ocultar el pasaporte ni encubrir la identidad, porque nos sentimos orgullosos a pesar de todo, porque la mancha y el sufrimiento lo ocasionan unos pocos, que nunca serán suficientes para silenciar la voz de tantos buenos; al fin de cuentas, para ir al cielo no necesitamos visa; confirmando lo que escribió Jorge Luis Borges, cuando le preguntaron a un personaje de uno de sus cuentos cómo era ser colombiano, y el hombre respondió sin vacilar: “Ser colombiano es un acto de fe”. Y el grito se hace ensordecedor.

En el Ecuador, muchas personas, internamente, se unieron a ese grito, lo sé, escuché su murmullo, me dieron voces de aliento. Los colombianos que queremos tanto a Ecuador  también marchamos en silencio, tratando de recobrar un sentimiento que alguna vez fue esperanza, pero que hoy solo es ausencia.

*Profesor
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