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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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La mayoría de las personas de hoy parecemos condenados a vivir dentro de las ciudades. Los mapas nos muestran otras realidades geográficas: montañas distantes, pueblecitos de nombres extraños, largos hilos azules que nos hacen presuponer alguna proximidad humana, y sabemos que en torno de todos ellos se mueve algún núcleo social. Pero para la vida organizada, la deseada y la temida, la ciudad.
En la barriga de esos monstruos de asfalto, cemento y acero, se cifra un canon de existencia, al parecer, invulnerable a nuestros sueños más profundos. La ciudad nos hace, nos dirige, nos crea ideales de felicidad con sus propios modelos de buen vivir. Pero al mismo tiempo, nos separa brutalmente a los unos de los otros, nos determina una forma de entender la realidad y nuestros propios derechos. Todo se basa en cuánto podemos pagar por el precio de ser personas.
Pero desde el barrio más exclusivo al apiñamiento suburbano, la necesidad es la misma: el territorio que se sienta propio, el espacio del retiro y del descanso, el resguardo del clima y de la mirada ajena. Que los términos de calidad con que se edifica el habitáculo de nuestras seguridades difieran en términos escandalosos, es otro de los signos del valor económico de la vida.
Sin embargo, ciudad es mucho más que vivienda y que barrio. En nuestro caso, el río Guayas es parte constitutiva de nuestro ser común: ¿fluimos como el agua?, ¿emprendemos la larga travesía, como decía el poeta, escapando de la solución a los problemas? Lo cierto es que hechos por la naturaleza, no hemos revisado lo suficiente cuánto merece mantenerse y cuánto de ayuda requieren los trazos naturales de una personalidad colectiva.
Entonces, intentaba decir, ciudad es calles, carreteras, lugares abiertos, los aterradores edificios altos, las prepotentes construcciones contemporáneas que no dejan de incluir dosis de soberbia en sus rasgos estéticos. La alternancia de bloques de cemento con espacios verdes nos daría un respiro de placidez, una salida fácil hacia la frescura y la imaginación, pero ya es tarde para lamentar cuánto ha perdido nuestra ciudad del mundo vegetal.
Dejo para el final mencionar a la gente. Desde los burgos medievales, las ciudades han sido terreno de desplazamientos de comerciantes y artesanos, de la gente común. Los señores estaban atrincherados en sus feudos. Salvando las distancias de tiempo, las cosas mantienen su parecido, pero nos esforzamos por ser habitantes del presente. Ahora, hasta hemos creado el concepto de ciudadanía para poder convivir en estos conglomerados infinitos que han multiplicado nuestros deberes y derechos, que nos obligan a pagar impuestos y respetar las obras y servicios indispensables, que han modificado el concepto de cultura y que mantienen la categorización hombre igual propiedad.
Ya sea como ciudadanos de primera o segunda categoría (me dolería seguirlas rebajando), los guayaquileños hallamos un nicho dentro del vientre fecundo de nuestro puerto-urbe. Y ligados a su demandante y agitada existencia urbana, queremos que progrese en todos los sentidos. |
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| Thomas L. Friedman |
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