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Thomas L. Friedman | Opinión Internacional
Lo que falta en Bagdad
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Lo que ejemplifica Bagdad, dice Mandelbaum, es lo que sucede cuando se tienen elecciones sin libertad. Se termina por tener una tiranía de la mayoría. Kurdistán, en contraste, tiene una oportunidad de construir una democracia equilibrada porque está alimentando las instituciones de la libertad, no solo llevando a cabo elecciones.

Una de las lecciones más inquietantes de la invasión a Iraq es cuán vacías son las dictaduras árabes. Una vez que se derroca al dictador, el camino conduce directamente a la mezquita. No hay nada en medio, ni sociedad civil, ni sindicatos reales, ni grupos verdaderos de derechos humanos, ni parlamentos o prensa de verdad. Así que no tiene nada de sorprendente ver el tipo de dirigencia clerical que ha surgido en las áreas tanto sunnita como chiita de Iraq.

Sin embargo, esto no se aplica en el norte de Iraq, en el Kurdistán. Aun cuando no es una democracia hecha y derecha, Kurdistán está desarrollando los elementos claves de una sociedad civil. Me reuní en Erbil con 20 de esos grupos kurdos: sindicatos, grupos fiscalizadores políticos y de derechos humanos, editores y asociaciones de mujeres. Vale la pena estudiar lo que está saliendo bien en Kurdistán para comprender lo que aún podemos y no podemos hacer para promover la democratización en el resto de Iraq y en el mundo árabe.

Estados Unidos jugó un papel crítico en Kurdistán. En 1998, ayudamos a resolver la guerra civil kurda, la lucha de poder entre dos clanes rivales, lo que generó la posibilidad de unas elecciones estables para compartir el poder en el 2005. Y al remover a Saddam, disparamos una afluencia de inversiones extranjeras. Sin embargo, eso es todo lo que hicimos. Hoy en día, casi no hay soldados ni diplomáticos estadounidenses en Kurdistán. No obstante, la política está floreciendo, al igual que la economía, porque los kurdos quieren que sea así. Al sur, hemos gastado miles de millones de dólares tratando de democratizar las zonas sunnitas y chiitas, y tenemos poco con qué demostrarlo.

Tres lecciones: 1) Mientras no se resuelva la lucha por el poder entre sunnitas y chiitas no se podrá establecer ninguna política estable en el sur de Iraq. 2) Cuando la gente quiere avanzar por un camino progresista, no hay nada que la detenga. Cuando no quiere, no hay forma de ayudarla. 3) Cuestiones culturales.

El islam kurdo es una tendencia moderada y tolerante, explica Salam Bawari, jefe del Centro de investigación sobre democracia y derechos humanos de Kurdistán. “Tenemos una cultura de pluralismo. Hemos vivido junto a otros pueblos a nuestro alrededor por dos mil años”. En realidad, existen bastantes disputas árabe-kurdas, pero también hay una idiosincrasia de tolerancia que no se encuentra en otras partes de Iraq.

Mientras estuve de visita en Kurdistán, leí un nuevo libro muy oportuno: “El buen nombre de la democracia: el surgimiento y los riesgos de la forma de gobierno más popular del mundo” de mi amigo Michael Mandelbaum, un experto en relaciones internacionales de la Universidad Johns Hopkins. Es sumamente relevante para el proyecto de democracia de Estados Unidos en Iraq y más allá.

Mandelbaum argumenta que la democracia está hecha de dos elementos: libertad y soberanía popular. “La libertad implica lo que hacen los gobiernos”: el imperio de la ley, la protección de la gente de abusos del poder estatal y las regulaciones por medio de las cuales operan las instituciones del gobierno, explica. La soberanía popular implica cómo determina el pueblo quién lo va a gobernar, por medio de elecciones libres.

Lo que ejemplifica Bagdad, dice Mandelbaum, es lo que sucede cuando se tienen elecciones sin libertad. Se termina por tener una tiranía de la mayoría, o lo que Fareed Zakaria catalogó como “democracia no liberal”. Kurdistán, en contraste, tiene una oportunidad de construir una democracia equilibrada porque está alimentando las instituciones de la libertad, no solo llevando a cabo elecciones.

Lo que también ilustra el contraste Kurdistán-Bagdad, señala Mandelbaum, es que “podemos ayudar a crear las condiciones para que la democracia se enraíce, pero la gente tiene que desarrollar las habilidades y valores que la hacen funcionar por sí misma”.

En el sur de Iraq “se tienen personas que no son demócratas y tienen un gobierno democrático”, dijo Hemin Malazada, quien dirige la asociación de periodistas kurdos. “En Kurdistán, se tiene un gobierno democrático para un pueblo democrático”.

Una forma en la que un país desarrolla el software de la libertad, dice Mandelbaum, es cultivando el libre mercado. Kurdistán lo tiene. La economía en el resto de Iraq sigue siendo un desorden. “Una economía de mercado proporciona a la gente un interés en la paz, así como una forma constructiva de lidiar con personas que son ajenas. Los mercados libres enseñan las prácticas democráticas básicas del compromiso y la confianza”.

La democracia puede fracasar debido a la intolerancia religiosa, la maldición del petróleo, un legado de colonialismo y dictadura militar, o una aversión a los valores occidentales, la fuente de la democracia. El Medio Oriente, señala Mandelbaum, es una región afligida por todos estos padecimientos. Eso no significa que la democratización sea imposible aquí, como lo demuestran los kurdos. Sin embargo, sí significa que es realmente difícil. Por sobre todas las cosas, Iraq nos enseña que la democracia es posible solo cuando el pueblo quiere tener sus dos pilares –libertad y autogobierno–, y los construye por sí mismo. Estamos a millas de distancia de eso en Bagdad.

© The New York Times News Service.
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