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MIÉRCOLES | 12 de septiembre del 2007 | Guayaquil, Ecuador
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Nelsa Curbelo | nelsa@telconet.net
El antes del después
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Estábamos en clase, hablábamos de la deuda externa con cifras, antecedentes y consecuencias que a los jóvenes que comenzaban clases a las siete de la mañana dejaba, a pesar de su importancia, somnolientos. De pronto veía, en el anfiteatro en el que estábamos, iluminarse las pantallas de los celulares como si se tratara de la votación por la gaviota de plata en Viña del Mar. Con cara descompuesta uno de ellos me dice: han atacado las Torres Gemelas. La conmoción fue enorme. Suspendimos el curso y de pie frente a la pantalla de  televisión los jóvenes permanecían en estado de shock. Ayer se conmemoraron seis años del día en que dos aviones convertidos en enormes puñales atravesaron las entrañas de los edificios emblemáticos de Estados Unidos y su poder en el mundo.

Mucho se ha analizado sobre las causas, los porqués, los antes y los después. Una generación quedó marcada por las repetidas imágenes de horror que alimentaron su vida de manera consciente e inconsciente. Sus consecuencias están en todas partes: en el trato a los migrantes, en los controles de los aeropuertos y fronteras, las visas  y vacunas necesarias, los vestidos que portamos, la lengua que hablamos, la religión que profesamos, los amigos que tenemos, los correos y cartas que recibimos y mandamos, los números de teléfonos que usamos.

Miedo colectivo que genera violencias colectivas. Gastos en armas que superan todos los otros rubros de gastos en el planeta, desconfianza, rejas, muros, paredes, túneles, escuchas telefónicas, espionaje con videos, soldados convertidos en torturadores, aparentes patriotas convertidos en secuestradores y asesinos, medios televisivos que muestran en tiempo real las peores violencias como si fueran un espectáculo de ficción. Regodeo con imágenes truculentas, quién muestra más, quién vende más, quién deforma más, quién nos rebaja más como seres humanos.

Vivimos los estertores de un desorden que se derrumba sobre sí mismo y arrastra tras de sí estupor, desorientación y muerte. Nos petrifica con su cemento  convertido en polvo, nos impide respirar, nos deja vacíos y a la intemperie, como la caída de las Torres Gemelas.

La humanidad tiende a creer que la violencia es inevitable, innata, sin embargo, tan innata como la violencia es el amor. Y el amor es mucho más poderoso, más revolucionario, más constructivo. Simplemente es.
Ha llegado y avanza firmemente, callada pero firmemente, el paso de los que construyen la paz. Que llevarán a la humanidad al punto de conciencia crítica que produce saltos cuánticos, no solo cualitativos o cuantitativos, sino un cambio en el corazón mismo del vivir y convivir humanos. Pasará por la transformación personal no solo por los cambios estructurales, serán productos de una nueva forma de sentir y relacionarse, por una manera diferente de pensar y hacer. Serán cambios espectaculares, visibles o moleculares,  pero impactantes en todo el tejido humano. Los hacedores de la paz, no solo hablarán  de ella sino que sabrán cómo construirla, movilizarán conciencias, serán testarudamente positivos.

Ya están en todas partes, son los que luchan por la descontaminación, creen en la igualdad fundamental de todos los seres humanos, varones y mujeres, buscan alternativas a los combustibles fósiles, trabajan por  un mundo sin fronteras ni pasaportes, hacen esfuerzos para acabar con el sida, se saben parte de todo el entretejido humano, no se creen superiores ni inferiores, no juzgan, comprenden, actúan, se reconocen y esperan… Esperan el amanecer del nuevo día fruto del largo camino humano aún no recorrido.
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