Era uno de los pequeños secretos sucios de Israel. A principios de los años 60, cuando los israelíes eran expuestos por primera vez a los impactantes testimonios de sobrevivientes del Holocausto en el juicio de Adolf Eichmann, una serie de libros de bolsillo pornográficos llamados stalags, basados en temas nazis, se convirtieron en bestsellers en todo Israel.
Leídos debajo de la mesa por una generación de israelíes pubescentes, muchas veces hijos de sobrevivientes, los stalags se llamaban así por los campamentos de prisioneros de guerra de la Segunda Guerra Mundial en los que estaban ambientados. Los libros contaban historias perversas de pilotos estadounidenses o británicos capturados, que eran abusados por sádicas oficiales de la SS armadas con látigos y botas. La trama usualmente terminaba cuando los protagonistas varones se vengaban, al violar y matar a sus atormentadoras.
Tras décadas de estar refundidos en polvorientos cuartos traseros y clósets, los stalags, una peculiar combinación hebrea de nazismo, sexo y violencia, han empezado a reaparecer.
Y con ellos viene un debate reavivado sobre la representación cultural, en Israel, del nazismo y el Holocausto, y si han sido indebidamente mezclados con un tipo de perversión sexual y voyeurismo que ha penetrado incluso al plan de estudios escolar.
“Me di cuenta de que las primeras imágenes del Holocausto que vi, como alguien que creció aquí, eran de mujeres desnudas”, indicó Ari Libsker, cuya película documental “Stalags: Holocaust and Pornography in Israel” (Stalags: El holocausto y la pornografía en Israel) tuvo su premiere en el Festival de Cine de Jerusalén, en julio.
Los stalags eran prácticamente la única pornografía disponible en la sociedad israelí de principios de los 60. Desaparecieron casi tan de repente como habían aparecido. Dos años después de que la primera edición se agotó en quioscos alrededor de la estación central de autobuses en Tel Aviv, un tribunal israelí encontró a los editores culpables de propagar pornografía.
Los stalags se dejaron de imprimir y sólo se vendían en la clandestinidad, en librerías de libros usados, especializados y entre grupos furtivos de coleccionistas.
El documental de 60 minutos de Libsker coloca a los stalags bajo el reflector por primera vez y expone algunas verdades incómodas.
Una es que los stalags eran un género distintivamente israelí, creado por editores israelíes y escritos por autores israelíes, aunque se había hecho creer que eran traducciones del inglés y estaban escritos en primera persona como si fueran memorias genuinas.
Hasta que inició el juicio de Eichmann en 1961, las voces del Holocausto casi no habían sido escuchadas en Israel. En la cinta, el editor del primer stalag, Ezra Narkis, reconoce que fue el juicio lo que impulsó al género.
Libsker, de 35 años, nieto de sobrevivientes del Holocausto, afirma que es la mezcla de “horror, sadismo y pornografía” lo que ayuda a perpetuar el recuerdo del Holocausto en la conciencia israelí hasta el día de hoy.