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Polémica adolescente manabita explica por qué dice curar

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Aunque su abuela reconoce que la joven “no es de ir a misa”, Gema Mercedes Vélez Celorio asegura tener el don de “sanar” a los enfermos con el solo contacto de sus manos. La buscan por miles.
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Septiembre 16, 2007

María Alejandra Torres

Cuatro muertes en un masivo acto en un recinto del cantón Rocafuerte (Manabí) –en medio de una avalancha humana que pugnaba por ver a la joven Gemita– no detienen a miles de “devotos” que buscan una supuesta sanación. Ella sigue atendiendo y ahora prepara  la próxima “misa campal”, este 26, donde rifará una vaca.

A lo que menos se parece es a una santa de estampita. Deja de lado el velo para lucir coloridas vinchas en su cabello negro. Prefiere  un ajustado  top –con escote– en reemplazo de holgados vestidos. Las faldas largas quedan relegadas  frente a los pantalones stretch. A  la cadera. Y la clásica palidez de los rostros de aquellas que llegaron a los altares por decisión del Vaticano  simplemente no asoma. No en ella. Gema Mercedes Vélez Celorio se maquilla bien. Se podría decir que casi con exageración.

Resalta sus ojos con un fuerte delineador negro y en sus mejillas, un rubor color rosa intenso. A los 16 años, la vanidad brota sin permiso. Luce como cualquier joven de su edad:  chatea por celular y ve televisión. Sin embargo, en San Miguel de Tres Charcos la llaman “santa”. Sus devotos –que hoy se riegan por todo el país– le atribuyen el poder de sanar las enfermedades. 

Era una adolescente normal. Tanto que alguna vez  le propusieron tomar un curso de enfermería y ella lo rechazó. De plano. Admite que no quería  lidiar con enfermos. Irónicamente, tiempo después, esas personas necesitadas de una cura –aunque sea espiritual– se convirtieron en su bendición. O maldición. Dependiendo de si  se trata de agradecidos o decepcionados. Hay de los dos bandos.

En el último se encuentran los parientes de las cuatro mujeres que murieron asfixiadas el martes en medio de una avalancha humana originada, después de todo, por la fe. Cuatro víctimas más de un 11 de septiembre. San Miguel de Tres Charcos –sin una calle asfaltada, retén policial o dispensario– nunca había visto   tanta gente. De repente comenzó a soportar la presencia de mil. De diez mil. De más de veinte mil personas que intentaron  –todas  ellas– ver   a la que  llaman su “patrona”.
A la “virgen”. A la “niñita milagrosa”.

Y lo intentaron hasta fallecer. Literalmente. A la mano están los casos de Rosa Bazurto, Justina Carrasco, Piedad Reina y Rosa Rodríguez.  Viajaron desde Los Ríos buscando el fin a sus males (artritis,   diabetes, migrañas) y  encontraron la muerte. Testigos cuentan que vieron hasta doce cadáveres, algo que aún no confirma la Fiscalía, que investiga el caso de oficio. Se habla, incluso, de la presunta participación de una abogada de Portoviejo que la  defiende  y le  organiza  jornadas de sanación. 

 “No llamé a nadie. Los  muertos no son mi culpa”. En voz baja, Gema habla de la tragedia. No le gusta dialogar con la prensa. De hecho, no permite que la filmen o  tomen fotos. No de su rostro.  Es una joven robusta,   de caderas anchas y mirada esquiva. 

 Fue elevada a “santa” por sus propios “pacientes” que,     más que pedirle una cita, la persiguen. Ella aclara que es un ser humano como cualquier otro. Sus seguidores, sin embargo, montan guardia afuera de su humilde vivienda de ladrillos. Hasta se amanecen por esperarla.

 “Ella no se manda sola. A ella la manda Jesucristo”, les explica Johnny Delgado a los fieles  cuando Gema no quiere salir. El hombre –con una Biblia en la mano y un rosario de madera en el cuello– siempre  la  acompaña. Ella lo llama “padrino”. Ambos se dejan ver junto con Ángel Cobeña.  “Un amigo”, explica él.  

 Cuando cae la noche, cualquier recoveco resulta bueno para quienes esperan la salida de la niña. Cualquiera. Desde el suelo arcilloso hasta las incómodas hamacas que los vecinos  alquilan a un dólar la noche. Después de largos viajes sobre el balde de un camión, en carros fletados o  buses repletos de pasajeros, toca la espera final: que salga “Gemita”. O al menos saque el brazo por la ventana.

 Gema vive una especie de encierro autoimpuesto. No va al colegio. “La quieren tocar, le piden favores”, relata Rosario Celorio, su abuela de 64 años, quien la crió “porque el sinvergüenza de su padre la abandonó cuando supo de su llegada”. La madre vive con otro hombre.

 Antes de ser llamada “santa”, Gema cuenta que era una enferma más. Que tenía el cuerpo herido. Un día era la rodilla. El otro, su tobillo. Su cadera. Su muñeca. Todo del lado derecho. Sus huesos  comenzaron a “descolocarse” en noviembre pasado. Hasta el 7 de enero, cuando se  apareció “un viejito lindo de ojos azules”. Hoy dice  que fue Jesucristo.

“Te voy a sanar de los huesos. Te voy a dar el don de sanar a las personas que te necesitan. Así como tú has necesitado de mí, las personas necesitarán de tu sanación”, cuenta que le dijo. Empezó con su familia;  luego con los vecinos y conocidos.

 Aquella fama se regó y ahora los minusválidos improvisan sillas de ruedas esperando salir de pie. Algunos llegan sobre colchones acomodados en triciclos. Otros  se apoyan en los brazos  de familiares o se dejan cargar.

La Iglesia tiene otra postura. “Es una estafa, se está negociando con la fe”, dice, enfadado,  monseñor Mario Ruiz Navas,  quien –hasta esta semana– encabezó  la Arquidiócesis de Portoviejo durante trece años. Los devotos de Gemita se resisten a creerlo. “Tenía un fuerte dolor en el pecho y desde que tomo el agua que me da  no siento nada”, asegura María Martínez, de 65 años. Llega de La Concordia   “cada que puede” para visitar a la niña. Los testimonios se multiplican en el sector. Unos dicen “ver mejor”. Otros, caminar “sin dificultad”. La mayoría, sin embargo, aún    espera resultados. 

La familia aclara que no se trata de una estafa. Que no cobran por las sanaciones. Admiten, eso sí, que aceptan “regalitos”. “Lo que sea la voluntad”, murmura la abuela. Y la voluntad alcanza para llenar la sala de víveres. Donde debería haber muebles se apilan sacos  de arroz, azúcar,  atún,  frutas, verduras... Comida sobra y el padrino reconoce que   lleva su parte. Hasta   los vecinos. Aunque no cobran por las “sanaciones”, la familia admite que vende “agua orada”, es decir, agua bendecida por Gema. El costo:  entre un dólar o cinco. 

Los seguidores   también le financian la ampliación de su vivienda. Atrás   le construyeron un cerramiento de cien metros por 27, en donde se ubica una especie de altar. Ese será el “templo” de la niña. Y de sus fieles.

Los trabajos avanzan lentamente porque hace falta dinero. Por eso se organiza la rifa de una vaca  a razón de un dólar por número. Se realizará justamente el día de su cumpleaños: el 26 de septiembre.  Pese a la polémica, para ese día se prepara una nueva  jornada de sanación masiva.
Después de todo, Gema se siente libre de culpa. Está convencida de que, finalmente, ella no ha provocado esto. Que quien comenzó todo fue Jesús.
Al haberse cruzado en su camino.

 


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