El vino francés fluía, el foie gras era abundante y los opulentos gourmets del restaurante Daniel disfrutaban de una refinada velada cuando de pronto todos los ojos giraron hacia una mesa junto a una pared y todas las conversaciones cesaron.
Jean-Luc Le Dû, sommelier del restaurante, también volteó en esa dirección. Y la vio: una mujer que bailaba como si estuviera en un bar topless.
Se paró de frente al resto del salón. Primero se quitó un chaleco o una chaqueta, según recuerda Le Dû. Luego se encargó de su blusa. Cuando iba por su sostén, el maître d’hôtel la detuvo. De esta manera terminó su ebrio y tambaleante papel de nudista, y su cena también.
Ella y su pareja, un sonriente hombre borracho que aparentemente la había animado, fueron acompañados a la puerta.
“No era necesariamente atractiva o joven, así que fue perturbador”, se quejó Le Dû, quien se fue de Daniel hace varios años y ahora es dueño de una vinatería. “Si hubiera sido hermosa, quizá habría sido diferente. Quizá la gente la habría vitoreado”.
En un templo de cuatro estrellas, con tanta certeza como en un bar local sin estrellas, algunos comensales beben demasiado.
Y cuando lo hacen, se comportan de todas las formas expresivas, indisciplinadas y humillantes que uno esperaría, trasplantadas a ambientes en los que uno no las esperaría. Aunque la embriaguez cuesta más, se ve prácticamente igual. Se ve torpe. Y —¿cómo decirlo mejor?— enfermizo.
“Quizá una cuenta bancaria abultada permite que uno ignore los niveles normales del decoro, porque no tiene consecuencias”, dijo Rocky Cirino, gerente del restaurante Cru, quien antes trabajó en el Daniel. “Me vienen a la mente varias personas cuya posición en la vida les ha permitido pasar por alto la urbanidad y cautela normales”.
Joseph Bastianich, uno de los dueños principales de los restaurantes italianos Del Posto, Babbo y Felidia, entre otros de Manhattan, expresó en el tono de voz aburrido e indiferente de alguien que señala lo obvio: “Pasa todo el tiempo”, dijo acerca de los comensales que no pueden conservar su cena dentro del estómago.
¿Sucede incluso afuera de los confines y la privacidad de los sanitarios? “Claro, en el comedor, por toda la mesa, encima de sus acompañantes”, comentó Bastianich.
Otras escenas podrían ser más entretenidas para los testigos, como una más bien famosa que sucedió en el Four Seasons una tarde hace muchos años. Al final de una larga comida, tres mujeres bien vestidas, luego desvestidas, de veintitantos años, decidieron que la piscina de mármol ubicada en el centro del comedor principal parecía un buen lugar para jugar, afirmó Julian Niccolini, uno de los dueños del restaurante.
Así que lo hicieron, vistiendo nada más que su ropa interior, recordó.
Al preguntarle acerca de qué las motivó, Niccolini respondió: “No diré la palabra ‘borrachas’. Estaban muy felices. Estaban muy emocionadas”.
Y tenían buena razón para estarlo. Un caballero adinerado de una mesa cercana les había pagado las bebidas, que incluían botellas de Montrachet, Cristal y Cheval Blanc. La cuenta ascendió a más de siete mil dólares, comentó Niccolini. Indicó que el incidente fue uno de alrededor de una docena de veces en que, a través de los años, los clientes han terminado dentro de la piscina.
Chefs, sommeliers, gerentes y meseros de los restaurantes más elegantes de Nueva York tienen historias de sexo, todas atribuidas a la pérdida de la inhibición con la llegada de la embriaguez.
Hubo un hombre y una mujer en el Bouley que mantuvieron al personal en el restaurante hasta después de las dos de la mañana porque se habían encerrado en un baño.
Quizá Nueva York es un mejor escenario para este tipo de cosas que la mayoría de las demás grandes ciudades de Estados Unidos.
Los comensales de ahí con frecuencia beben más que en otros lugares porque es más probable que tomen un taxi o el metro para ir a casa.