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Un entusiasta funcionario del Gobierno describía las mil y una anécdotas de los gabinetes itinerantes. La repartición de camas en pequeños poblados sin hoteles, el apuro por conseguir un pan para el desayuno antes de que se levante el resto de la comitiva y la enorme imaginación que hay que desarrollar para conseguir algo que se parezca a una ducha, ponen el toque terrenal a la parafernalia del poder. Pero la parte más terrena y humana, según la misma versión, está a cargo de los habitantes de esas localidades. Ellos tienen la sensación de que hasta allá nunca ha llegado un presidente, lo que seguramente debe ser cierto en buena parte de los casos, y absolutamente verdadero cuando se refieren al Gobierno completo.
El fervoroso relato puede hacer volar la imaginación sobre lo que pasará en esos momentos por las cabezas –no se diga por los apaleados cuerpos– de quienes no cuentan en su currículum con el glorioso pasado de boy scouts. Pero también puede llevar a tiempos y lugares en que los reyes con su corte, sus vasallos y el personal administrativo deambulaban por los territorios del reino sentando su presencia y su soberanía. Con precarias comunicaciones, sin posibilidades de diferenciar entre la institución y la persona, con subalternos más tentados a la traición que al ejercicio responsable de su cargo, era imprescindible la magna presencia real en todos los confines de su reino. Durante largo tiempo, el gobierno estuvo donde se encontraba el rey: en un pueblo, en el campo o en el lujoso palacio. “El Estado soy yo” fue, entonces, una constatación más que una arrogancia.
Pero algo debe andar medio mal si eso se sigue haciendo cuando todos los avances de la comunicación caben literalmente en un bolsillo, en una época en que el mundo institucional se ha despersonalizado y cuando se puede disponer de una burocracia eficaz (sin que la expresión resulte un oxímoron). Claro que una visita de este tipo debe ser muy emocionante para los habitantes que la reciben y para las autoridades que la realizan. Pero, en el fondo y más allá de las emociones, la necesidad –si es que es una necesidad– de que el Gobierno deba desplazarse por el territorio nacional expresa algo más que un afán de alimentar el clientelismo.
Lo que se encuentra en el fondo es un gran vacío. Es la ausencia del Estado, entendido como la organización política de la sociedad y también como el conjunto de instituciones que deben obligatoriamente asegurar el bienestar de la población por medio de la asignación de servicios (salud, educación, seguridad). En casi doscientos años de vida republicana esas localidades no han conocido el Estado aunque han visto muchos gobiernos. Pero, precisamente porque no es un problema de ahora, cabe preguntarse si no será mejor invertir todos los esfuerzos en construir estatalidad en vez de llevar el Gobierno hasta donde no ha llegado el Estado. Seguramente será menos emocionante y tendrá menos anécdotas, pero sin duda será más efectivo, duradero, serio y justo. |
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| Bob Herbert |
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