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Debate sobre capacidad de loro sigue

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Las habilidades cognoscitivas del difunto Alex, un loro entrenado, despiertan interrogantes sobre la conciencia animal.
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Septiembre 23, 2007

Por GEORGE JOHNSON

En “Oryx y Crake”, la novela de Margaret Atwood sobre los últimos días de la humanidad en la tierra, un muchacho llamado Jimmy se obsesiona con Alex, un loro gris africano con habilidades cognoscitivas y lingüísticas extraordinarias. Oculto en la biblioteca, Jimmy ve documentales históricos en televisión, en los que el ave distingue hábilmente entre triángulos azules y cuadros amarillos e inventa una palabra nueva perfecta para decir almendra: nuez corcho.

Salvo por la parte sobre Jimmy y el apocalipsis inminente, todo lo anterior es cierto. Hasta que fue encontrado muerto en su jaula, el 16 de septiembre, en el laboratorio de psicología de la Universidad de Brandeis, en Massachusetts, Alex fue objeto de 30 años de experimentos que desafiaron los supuestos más básicos sobre la inteligencia animal.

Le sobrevive Irene Pepperberg, su entrenadora y prominente psicóloga comparativa, así como una comunidad científica dividida en torno a si las criaturas no humanas son más que simples autómatas, que disfrutan de algún tipo de vida interna.

Los escépticos tienen muchos años de tachar los éxitos de Pepperberg con Alex como una forma sutil de condicionamiento —filosóficamente tan profundo como enseñarle a una paloma a dar de picotazos en un punto en movimiento al sobornarla con granos. Los conductistas radicales alguna vez dijeron lo mismo sobre las personas.

¿Acaso Alex simplemente repetía como un loro cuando se lucía en un programa de televisión?

“¿Qué color más pequeño?”, le preguntaba Pepperberg al loro, mientas sostenía dos llaves. “Verde”, respondía él. Alex también parecía comprender conceptos como “diferente” e “igual”. Cuando se le presentaba un plato con recortes de colores —números del uno al seis— podía decir cuál era gris: “Cuatro”.

Muchos lingüistas argumentan que sólo los cerebros humanos tienen la habilidad para anidar ideas dentro de ideas y así formar la arquitectura infinitamente recursiva del pensamiento, por ejemplo: cuando termines de desayunar, ¿revisarías la caja que está detrás de la mesa para buscar el guante amarillo de hule que tiene el dedo de en medio volteado al revés?

Alex podía armar unos cuantos conceptos simples. Pepperberg esperaba entrenar a Alex para que éste hilara sus propias recursiones y pudiera decirle que una nuez estaba “en la taza azul que está sobre el plato” o “en la caja amarilla sobre la silla”.

La recursión más profunda es la conciencia: saber que uno sabe y que uno sabe que sabe. En su reciente libro, “I Am a Strange Loop”, Douglas Hofstadter propuso que la riqueza de las representaciones mentales de un animal sea empleada para tomar la medida de su alma.

La unidad caprichosamente propuesta por Hofstadter es el “huneker”, bautizada así en honor a James Huneker, crítico musical que escribió que el Estudio Opus 25 No.11 en La Menor, de Frédéric Chopin, era tan majestuoso que “hombres de espíritu pequeño, sin importar la agilidad de sus dedos, no deberían intentar tocarla”.

Si la espiritualidad de la persona promedio pesa 100 hunekers, con la de un hámster en diez, Alex se encontraba en algún punto arriba de la línea media. Sin embargo, había momentos en que parecía intentar alcanzar la cima.

Uno de los conceptos más difíciles de comprender, además del infinito, es el cero. Hacia el final de su vida, Alex tal vez se haya acercado.

En un experimento con números, se le mostraron al loro grupos de dos, tres y seis objetos. Los objetos dentro cada grupo tenían exactamente el mismo color y se le preguntaba a Alex: “¿Qué color tres?”.

“Cinco”, respondía tercamente, al repetir la respuesta hasta que el encargado del experimento por fin preguntó: “Muy bien, Alex, dime, ‘¿qué color cinco?’”. “Ninguno”, dijo el loro.

Exactamente. No había grupo de cinco sobre el plato. Fue otro de esos momentos de huneker alto. Alex había aprendido la palabra “ninguno” años antes, en un contexto diferente. Ahora parecía usarla de forma más abstracta.

Pepperberg reportó el resultado con modestia apropiada: “Que el cero fuera representado en alguna forma por un loro, con un cerebro del tamaño de una nuez, cuya historia evolutiva ancestral con los humanos probablemente data desde los dinosaurios, es sorprendente”.

En un conocido ensayo: “¿Cómo es ser un murciélago?”, el filósofo Thomas Nagel especuló sobre lo evasivo de la subjetividad. ¿Cómo fue ser Alex esa última noche en su jaula?

Nunca sabremos si realmente había una mente ahí: que se abría paso con trabajo, de la ausencia de una nuez corcho a la ausencia de Alex, asido al cero que envuelve la muerte.


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