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Paz hace posible una nueva vida en Sudán

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Panthar Machar, dinka sudanés, cuida 150 cabezas de ganado. Sus padres creen que él tiene doce años.
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Septiembre 23, 2007

Por JEFFREY GETTLEMAN | POOLCOOCH, Sudán

¿Dónde está Panthar Machar?

Ésa era la pregunta que se escuchaba el otro día en el campo de ganado, mientras el sol se zambullía en el horizonte, los mosquitos pululaban sobre las algas del estanque y Panthar, pastor preadolescente a cargo del tesoro de su familia extendida (150 cabezas de ganado), no aparecía por ningún lado.

Había desaparecido entre la maleza horas antes, su cabeza apenas visible por encima de la hierba, mientras golpeaba a las vacas en el lomo con una rama para llevarlas a pastar.

Ahora se había retrasado. “Vendrá”, insistió su padre, Machar, que esperaba en un corral desierto.

En esta época de iPhones y televisores de plasma, los pies lodosos de Panthar están plantados firmemente en el pasado del sur de Sudán, área aislada hogar del pueblo dinka, pastores imposiblemente altos y curtidos que —después de sufrir 50 años de guerra— finalmente presencian la paz, el desarrollo y el cambio.

Aún no se sabe si Panthar y miles de chicos como él se beneficiarán de este cambio. El ganado es fundamental para la cultura dinka. Los dinkas no van a deshacerse de él por el dinero adicional que la vida en la ciudad podría traer.

El hermano mayor de Panthar, Moichok, de 18 años, es cien por ciento dinka, con largas y duras cicatrices en su frente, que se sienten como cuerdas de cuero. Le faltan seis dientes inferiores, sacados por un hombre que blande una lanza conocido como el ingeniero. Las cicatrices y los huecos en los dientes son marcas tradicionales dinkas de la edad adulta y pruebas de dolor. Si un joven siquiera hace una mueca de dolor mientras lo cortan, dice el dicho, la burla lo perseguirá hasta el fin de sus días.

El siguiente hermano de Panthar, Bol, de 16 años, asiste a la escuela en un pueblo cercano y su frente está lisa, señal de un muchacho de ciudad. Parece que Bol es el que la familia ha elegido para que siga las nuevas costumbres.

En cuanto a Panthar, su padre dijo que le gustaría enviarlo a la escuela, pero la posibilidad es remota porque entonces no habría nadie que cuidara a las vacas.

Es un trabajo interminable. Panthar comienza su día apretujado bajo el vientre de una nerviosa bestia de 300 kilos, el rostro bañado en sudor y leche mientras tira las ubres y llena una cubeta que aprieta entre las rodillas.

Junta estiércol de vaca para las fogatas y recoge orina de vaca para que su hermano mayor y sus amigos se tiñan el cabello. Cuida a las vacas cuando están enfermas y les canta cuando están inquietas.

Las vacas son los diamantes de los dinkas. Son intercambiadas en el matrimonio y se dan como preciados premios. “Si alguna vez gano dinero”, anunció Panthar esa mañana antes de guiar a otros tres niños pequeños —sus ayudantes— a la maleza, “compraré más ropa y más vacas”.

Panthar tiene un solo atuendo, una camisa y unos shorts sucios, y no tiene zapatos. Marcha estoicamente a través de espinas tan puntiagudas como agujas quirúrgicas. Nadie está seguro de su edad.

El mejor cálculo de la familia es de doce años. Su nombre significa “hogar vacío” porque nació mientras la familia huía de atacantes con bombas del Gobierno.

El sur de Sudán fue escenario de la guerra civil más larga de África, rebelión que inició desde antes de que el país obtuviera su independencia, en 1956. El sur, en su mayoría cristiano y animista, luchaba contra el norte, en su mayoría musulmán y de habla árabe. Un acuerdo de paz, firmado en 2005, ha comenzado a llevar oportunidades, aunque de manera demasiado lenta para la mayoría de los sudaneses del sur.

Muchos pueblos aún no tienen electricidad ni servicio de telefonía celular, tienen pocas calles y pocos empleos. La economía está apoyada sobre cuatro patas peludas.

La manada de Panthar es más pequeña que las manadas del pasado. Debido a que más chicos dinkas emigran a otras áreas y se casan con mujeres que no son de la tribu, el precio típico de una novia bonita ha caído de 200 a 100 vacas. Aún así, algunos dinkas han encontrado una manera de formar parte de dos mundos: crecen con vacas en lo que se llama campo de ganado y luego se convierten en empleados de hoteles, choferes, periodistas y gerentes de oficinas.

Hace años, William Malual dejó atrás los montones de estiércol para conducir un camión para la ONU. Comentó que las penurias del campo de ganado lo prepararon para la vida. “Nunca olvidaré la lluvia y el calor”, dijo.

Para las seis de la tarde, el padre de Panthar había comenzado a caminar, intranquilo, de un lado a otro.

Finalmente, a las siete, una cabecita se asomó entre los árboles. Era Panthar, con las vacas. El rostro de su padre mostraba una expresión de “bien hecho, hijo”. Panthar sonrió. “Ya terminé”, dijo.


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