La doncella, el niño, la niña del rayo: los tres niños incas fueron sepultados en la inhóspita y glacial cima de una montaña hace 500 años como un sacrificio religioso. Exhumados en 1999 de la cumbre, de 6.700 metros de altura, del Monte Llullaillaco, volcán a 480 kilómetros al oeste de Salta, cerca de la frontera chilena, sus cuerpos congelados se cuentan entre las momias mejor preservadas jamás encontradas, con sus órganos internos intactos, sangre aún presente en el corazón y pulmones, y la piel y características faciales en gran parte indemnes.
No se había hecho un esfuerzo especial para preservarlos. El frío y el aire seco y enrarecido hicieron toda la labor. Murieron congelados mientras dormían, y 500 años después aún parecían niños dormidos, no momias.
En los ocho años desde su descubrimiento, las momias, conocidas en Salta sencillamente como Los niños, han sido fotografiadas, sometidas a rayos X, tomografías axiales computarizadas y se les ha tomado muestras de ADN. Las prendas, vasijas de barro y estatuillas sepultadas con ellos han sido meticulosamente descongeladas y perservadas.
Los cuerpos en sí fueron conservados en congeladores y nunca mostrados al público hasta este mes, cuando La doncella, una niña de quince años, fue exhibida por primera vez, en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, creado en Salta expresamente para exhibirlos.
Hoy una ciudad de 500 mil habitantes y la capital provincial, Salta fue parte del imperio inca hasta el siglo XVI, cuando fue invadida por los conquistadores españoles.
Funcionarios de la ciudad decidieron inaugurar discretamente la muestra, sin nada de la fanfarria o celebración que podría haberse esperado.
“Éstas son personas fallecidas, personas indígenas”, declaró Gabriel E. Miremont, de 39 años, diseñador y director del museo. “No es una situación para una fiesta”.
Las otras dos momias aún no han sido mostradas, pero se calcula que serán puestas en exhibición en el transcurso de los próximos seis meses.
Los niños fueron sacrificados como parte de un ritual religioso, conocido como capacocha. Caminaron cientos de kilómetros hacia y desde ceremonias en Cuzco y luego fueron llevados a la cumbre del Llullaillaco, se les dio chicha (cerveza de maíz), y, una vez dormidos, fueron colocados en nichos subterráneos, donde murieron congelados. Sólo niños hermosos, saludables y físicamente perfectos eran sacrificados, y era un honor ser elegido.
De acuerdo con las creencias incas, los niños no morían, sino que se unían a sus antepasados y velaban por sus pueblos desde las cimas de las montañas como ángeles.
Miremont dijo que había poco precedente para manejar momias tan bien preservadas como estas.
La solución resultó ser una vitrina dentro de una vitrina, un cilindro acrílico dentro de una caja hecha de triple cristal.
Un sistema de control de clima computarizado reproduce las condiciones de la cima de la montaña dentro de la vitrina, poco oxígeno, humedad y presión, y una temperatura de 18 grados bajo cero.
La habitación donde se encuentra La doncella está tenuemente iluminada, y la vitrina en sí está oscura; los visitantes deben encender una luz para verla. “Esto era importante para nosotros”, señaló Miremont. “Si no quiere ver un cadáver, no oprima el botón. Es su decisión. Aún puede ver las otras partes de la exhibición”.
A fines de agosto, antes de que abriera la exposición, Miremont mostró La doncella a los visitantes. Al tocar un botón, pareció materializarse de la oscuridad, sentada con las piernas cruzadas en su vestido café y sandalias a rayas, pedazos de hoja de coca aún adheridos a su labio superior, su largo cabello tejido en muchas delgadas trenzas.
Los cuerpos de los niños parecían tanto estar dormidos que trabajar con ellos se sintió “casi más como un secuestro que labor arqueológica”, expresó Miremont.