Jürgen Michaelis se encontraba solo, de pie, adentro de un tipi no más grande que una cabina telefónica, detrás de una casa en Radebeul, suburbio de Dresden. Ex cerrajero y obrero de demoliciones originario de Chemnitz (anteriormente llamada la ciudad de Karl Marx), Michaelis, de 50 años, se estableció allí hace un par de años.
Asomándose a través de sus gruesos lentes y feliz de tener visitantes, mostró con orgullo su traje de piel de venado hecho en casa. En la mitad de su cabeza tenía una peluca negra enmarañada con una pluma azul. A sus pies ardía un pequeño fuego de carbón, lo suficientemente grande para calentar una sola jarra metálica de agua en una mañana fría. “Mi nombre indio”, me dijo Michaelis, “es Hombre solitario”.
En “powows”, y hay docenas cada año, miles de alemanes obsesionados con los indios estadounidenses beben aguardiente, usan joyería de turquesa y corren por todo Baden-Wurttemberg o Schleswig-Holstein vestidos de comanches y apaches. Hay clubes, revistas, tarjetas intercambiables, currículums escolares, películas tremendamente populares con tema del viejo oeste creadas en Alemania y teatros al aire libre, entre ellos uno en las alturas de los riscos de arenisca que dominan la pequeña fortaleza medieval de Rathen, en Sajonia, donde, a caballo, vaqueros luchan contra indios. Recientemente, se construyó una aldea falsa del viejo oeste, Eldorado, a las afueras de Templin, ciudad donde creció la canciller Angela Merkel.
La causa de esta pasión es el escritor Karl May (1842-1912), virtualmente desconocido en Estados Unidos y el autor más popular en la historia alemana.
May escribió docenas de libros que han vendido más de 100 millones de copias, y quizá el doble de esa cantidad si se cuentan las traducciones del alemán.
El emperador Guillermo II, que al igual que May le encantaba la fantasía y vestir trajes exóticos, adoraba los libros de éste. Otros fanáticos eran Einstein y Albert Schweitzer, Kafka y Fritz Land. Y Hitler.
El héroe de May era Winnetou, jefe apache ficticio, y un nombre conocido por todos en Radebeul.
Durante el Mundial de Fútbol del año pasado, ocasión para que debatieran los alemanes, como lo hacen a menudo, sobre los peligros de revivir su espíritu nacionalista, Der Spiegel, importante revista periodística, publicó un artículo titulado “La tierra de Winnetou”.
“Existen los poetas y pensadores alemanes, el bosque alemán, la ‘comodidad’ alemana, la eficiencia alemana, la añoranza alemana por Italia, y está Winnetou”, manifestó. “Winnetou es el héroe nacional alemán por excelencia, un dechado de virtudes, un fenómeno natural, un romántico, un pacifista de corazón, pero en un mundo en guerra es el mejor guerrero, alerta, fuerte y seguro”.
Uno podría decir que May se ha vuelto una señal de identidad alemana. La “simpatía natural” alemana por los indios estadounidenses está arraigada en tiempos antiguos, me explicó Johannes Zeilinger. (De día cirujano especialista en manos, Zeilinger, fanático de May de 59 años, es el curador de una gran exhibición de Karl May en el Museo Deutsches Historisches, en Berlín).
Tácito, historiador romano, describió a las tribus alemanas como incorruptas, primitivas, aguerridas y en unión con la naturaleza, un pueblo en los márgenes de un imperio corrupto y voraz. May explotó esa cualidad alemana primordial y también lo que llegó a ser, a mediados del siglo XIX, un creciente interés en América y el mundo más amplio.
De nuevo en Radebeul, Michaelis reconoció lo que obviamente se ha convertido en una mezcla de identidad indio estadounidense y alemana. “Soy 75 por ciento indio, aunque sigo siendo alemán”, señaló.
Explicó que aunque adora su tipi, últimamente ha aceptado la oferta de dormir en la casa de Karl May porque el tráfico entre Dresden y Meissen no lo deja dormir.
Por la noche, cocinará en una fogata. “Salchicha alemana”, dijo.