En el mundo de los museos y las galerías, el artista británico Mike Nelson es muy respetado.
En el otro mundo que ha habitado durante casi el mismo tiempo y de manera casi igual de completa —el de los depósitos de chatarra y sitios de demolición, los lugares de descanso de despojos en los que hurga por todo el mundo en busca de materia prima para su arte — su nombre no precisamente tiene el mismo peso.
“Pues, no sé, quizá esté aquí en unos 20 minutos”, murmuró un hombre el otro día en Brooklyn, medio dormido afuera de las puertas cerradas de un depósito de artículos rescatados cuyo dueño le había asegurado a Nelson que abriría a mediodía y que, no por primera vez, no había hecho acto de presencia.
Pasaron tres cuartos de hora. Otro hombre le informó a Nelson que el chatarrero tenía problemas con su camioneta y no llegaría pronto.
Nelson, que andaba en busca de puertas y marcos viejos de metal para un proyecto en Nueva York, regresó a su camioneta arrendada y volvió a incursionar en las calles de Brooklyn.
“Es la historia de mi vida en Nueva York”, dijo. “Cada vez que me aparezco en uno de estos lugares, un tipo ha tenido problemas con su camioneta”.
Nelson es uno de los mejores hurgadores de basura en el mundo del arte internacional, un conocedor de los desechos del mundo, que ha negociado con proveedores de objetos de desecho en lugares como São Paulo, Estambul, Melbourne, Venecia, Ginebra y Londres, donde vive.
Sus obras no son precisamente objetos sino ambientes completos, laberintos de habitaciones y corredores, oficinas de taxis y antros de crack falsos, construidos y amueblados con las cosas que recupera en las ciudades donde crea exhibiciones.
Un escritor ha descrito a las construcciones de Nelson como ni realidad ni fantasía, sino un “tercer espacio que se abre a los otros dos”.
Recientemente, Nelson, de 40 años, se instaló temporalmente en Nueva York para iniciar uno de sus proyectos más grandes, comisionado por Creative Time, organización de arte público. Esa instalación, “A Psychic Vacuum” (Un vacío psíquico), es una construcción laberíntica adentro de un ala abandonada del Mercado de la Calle Essex, en el Lower East Side.
Los visitantes hallarán su camino a través de ella (o no, si se pierden) al pasar por espacios que evocan a los salones de tatuajes y los locales de psíquicos del vecindario, lugares que Nelson ve, en parte, como emblemas de una búsqueda de pertenencia y creencia en Estados Unidos.
La exhibición, que estará a la vista hasta el 28 de octubre, es su primera muestra importante en Estados Unidos y también su primer enfrentamiento con los afianzados y enigmáticos intereses de la economía de los objetos de desecho en la costa este de Estados Unidos, que considera, junto con la de Estambul, como la más difícil con la que se ha encontrado.
“Es horrible”, dijo del mercado de los cachivaches de Nueva York. “Es fatal”.
Un problema en el ocasionalmente ilícito mundo de los bienes rescatados es lograr que los vendedores se presenten y hagan negocios. Con frecuencia se topa con renuencia o con precios excesivos.
“Normalmente éste es el tipo de basura que la gente simplemente regala”, dijo, “pero no puedo encontrar nada aquí. O nada que pueda pagar”.