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Admita que la moda le encanta y sí importa

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Pese a la burla de algunos, la industria de la moda es una fuerza cultural y económica. Modelos en un desfile de Dior, en París, en febrero.
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Septiembre 23, 2007

NUEVA YORK

Depende de quién hable, la moda es burguesa, femenina, poco feminista, conformista, elitista, frívola, anti-intelectual y una hijastra cultural apenas digna de la atención prestada incluso a las artes menos importantes.

En ocasión de la Semana de la Moda en Nueva York, que finalizó el 12 de septiembre —el comienzo de un ciclo semestral, de un mes de duración, de presentaciones de diseñadores en dos continentes y cuatro ciudades que mostrarán a cientos de diseñadores individuales — vale la pena preguntar porqué la moda sigue siendo la fuerza culturalmente más potente de la que todo mundo le encanta burlarse. (Los desfiles en Londres, Milán y París tienen lugar en septiembre).

Por “todo el mundo” no se busca referirse a los fanáticos para quienes la forma de un vestido o el corte de una manga es un acontecimiento importante.

No, “todo el mundo” significa el resto de nosotros, los que desprecian la moda abiertamente y los que no, pero como quiera tienen la molesta sensación de que este cautivador mundo de apariencias y autopresentación no es digno de aprecio.

“Existe esta idea de que la moda no es una forma artística o cultural, sino una forma de vanidad y consumismo”, dijo Elaine Showalter, crítica literaria feminista y catedrática emérita, en la Universidad de Princeton. Y ésas, dice Showalter, son dimensiones de cultura que se espera que la gente “inteligente y seria” menosprecie.

Cuando Valerie Steele, directora del museo en el Fashion Institute of Technology, manifestó, en la escuela de postgrado de Yale, su interés por dedicarse a la historia de la moda, sus colegas quedaron espantados. “Me sorprendió cuánta hostilidad fue dirigida hacia mí”, dijo Steele.

“Los intelectuales opinaban que aquéllo era desdeñable, no tenía nombre y era todo excepto vano y pecaminoso”.

Y así, sustancialmente, es cómo aún es vista una persona que, por casualidad, menciona en compañía de gente seria un interés por leer Vogue, digamos.

“La detesto”, me dijo en una ocasión Miuccia Prada sobre la moda.

“Por supuesto, también la adoro”, agregó Prada, y su razón dijo mucho sobre porqué la moda es un tema del que nadie debe avergonzarse de tomar seriamente.

“Aún cuando la gente no tiene nada”, dijo Prada, “tiene su cuerpo y su ropa”.

Tiene, es decir, su identidad, armada durante el profundo ritual diario de vestirse. Y sin embargo, a pesar de su potencial como una herramienta para analizar la cultura, la historia, la política y la expresión creativa, la moda se usa a menudo como un arma, un garrote blandido por quienes olvidan que decimos algo sobre nosotros mismos cada vez que nos vestimos.

Cuando Michelangelo Antonioni, leyenda del cine italiano, murió recientemente, la crítica cinematográfica y los escritores de obituarios hablaron extasiados sobre su filme clásico “La aventura” (“L’Avventura”), cinta que es poco probable que muchos, fuera de las clases de estudios cinematográficos, hayan visto. Algunos comentaron que el Antonioni de ese filme antiguo ya había comenzado a perder su agudeza para cuando se desvió a películas como “Blow up”, cuya trama gira en torno al mundo de la moda.

“La aventura” es una película considerablemente sofisticada y que, en manos de Antonioni, el vestuario hace el trabajo que haría el diálogo para directores más propensos a hablar. Ante la ausencia de la trama, el vestuario es usado por Antonioni para enmarcar el estado anímico de la anomia de la clase alta y deja claro su antipatía por los neorrealistas italianos.

“La moda es tan fácil de odiar”, dijo Elizabeth Currid, catedrática en la Escuela de Política, Planeación y Desarrollo de la Universidad del Sur de California y autora del libro “The Warhol Economy: How Fashion, Art and Music Drive New York City” (La economía Warhol: Cómo la moda, el arte y la música impulsan a la ciudad de Nueva York).

“Algunas veces, las industrias culturales, como la moda, son vistas como algo en lo que sólo piensan las escolares flacas”, dijo Currid, y menos seguido como las que pagan los recibos de las costureras, cortadoras, patronistas, camioneros, corredores de bienes raíces y gente de publicidad que trabajan en ellas.

Aún cuando, en cierto nivel, la moda es fantasía, la concentración de eventos que intervienen para producirla y la derrama social resultante pueden, como dijo Currid, redundar en una enorme ventaja económica acumulativa para una ciudad.

Uno de los hallazgos más sorprendentes de su investigación, dijo Currid, fue lo poderoso que puede ser algo tan superficial, femenino, burgués, poco feminista, conformista, elitista y frívolo como la moda para crear el imán intangible que atrae dinero, talento, belleza e iniciativa a las ciudades.

“¿Cómo se diferencia un lugar de otro en un mundo donde hay un café Starbucks en cada esquina?”, preguntó la autora.

“La gente tiene que creer que éste es el lugar donde hay que estar”. La moda tiene ese efecto.


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