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Belgas divididos sienten desaparecer su país

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Los francófonos y los de habla flamenca chocan en Bélgica. Un partidario de la unidad nacional sostiene una bandera.
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Septiembre 30, 2007

Por ELAINE SCIOLINO | BRUSELAS

Bélgica la ha dado al mundo a Audrey Hepburn, René Magritte, el saxofón y las rebanadas de papas fritas que, por alguna razón, se llaman a la francesa.

Sin embargo, la historia de este país, llano y pequeño, de 10 millones 400 mil habitantes, es la de un mal matrimonio: dos nacionalidades que viven juntas aunque no se pueden tolerar entre sí. Ahora, más de tres meses después de una elección general, Bélgica no ha logrado crear un gobierno, lo que ha producido una crisis tan profunda que ha llevado a un torrente de advertencias, pronósticos e incluso promesas de que el país está a punto de desaparecer.

“Somos dos naciones diferentes, un Estado artificial creado como amortiguador entre dos grandes potencias y no tenemos nada en común salvo un Rey, el chocolate y la cerveza”, dijo en entrevista Filip Dewinter, líder de Vlaams Belang, o el Bloque Flamenco, partido flamenco xenófobo de extrema derecha. “Es hora de decir: ‘adiós Bélgica’”.

Los separatistas flamencos radicales, como Dewinter, quieren cercenar al país horizontalmente a lo largo de líneas étnicas y económicas: al norte, su querido Flandes —donde se habla holandés (conocido localmente como flamenco) y se hace cada vez más dinero— y al sur, la región francófona Valonia, donde fábricas viejas dominan el paisaje gris.

En vista de que las sedes tanto de la OTAN como de la Unión Europea se encuentran en Bruselas, la crisis no se limita a este país, porque podría envalentonar a otros movimientos separatistas europeos, entre ellos los vascos, los lombardos y los catalanes.

Desde que se creó el reino de Bélgica, como obstáculo al expansionismo frances, en 1830, el país ha luchado por lograr cohesión. La hostilidad mutua es parte de la vida diaria. La crisis actual data del 10 de junio de 2007, cuando los demócratas cristianos flamencos, que exigen mayor autonomía para Flandes, quedaron en primer lugar en la elección al ganar una quinta parte de los escaños en el Parlamento.

Yves Leterme, líder del partido, se habría convertido en primer ministro si hubiera podido armar un gobierno de coalición.

Sin embargo, fue rechazado por los valones debido a su desprecio hacia ellos, lo que es una contradicción en vista de que su propio padre es valón. Se ganó aún más su antipatía, e incluso la de algunos líderes flamencos moderados, el 21 de julio, día nacional de Bélgica, cuando pareció incapaz o poco dispuesto, a cantar el himno nacional.

Alberto II, el mesurado rey de Bélgica de 73 años, ha luchado por mediar, aún cuando constitucionalmente no tiene poder alguno más allá de nombrar ministros y darle el visto bueno a leyes aprobadas por el Parlamento. El monarca ha recibido a políticos y estadistas de edad avanzada en el palacio de Belvedere, en Bruselas, para nombrar sucesivamente a cuatro líderes políticos para resolver la crisis. Todos han fracasado.

Por extraño que parezca, no hay pánico en este momento, sólo exasperación y una pizca de vergüenza.

“No debemos preocuparnos demasiado”, dijo Baudouin Bruggeman, maestro de escuela de 55 años, mientras bebía champaña en el festival valón en Namur. “Bélgica ha sobrevivido a base de llegar a acuerdos desde 1830. Todo el mundo se infla de orgullo en esta república bananera. Hay que recordar que éste es el país de Magritte, el país del surrealismo. Cualquier cosa puede suceder”.


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