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| Plataforma, una visión necesaria del mundo globalizado |
Texto: Francisco Santana
Los libros hay que leerlos. Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida. Leyendo, uno tiene asideros en los riesgos. Un pensamiento que encaja perfecto para encontrarse con la obra del poeta y ensayista francés Michel Houellebecq (1958).
Plataforma es su tercera novela, antes editó Ampliación del campo de batalla y Las partículas elementales. En estas 300 páginas el lector asiste a una mirada pesimista y tremenda del mundo. Nada romántico. Muy poca fe en la humanidad. Desencanto. Fracaso de las utopías.
“Pobre pueblo cubano... Ya no tienen nada que vender, salvo sus cuerpos”. Palabras de un personaje que deambula tristemente por la visión de lo que un día fue la revolución. Esa que según Michel, el protagonista, no pudo crear el hombre nuevo y sensible a motivaciones más altruistas.
Los personajes de Houellebecq son personas destruidas por el hastío. No se refugian en la esperanza, han perdido la fe en la sociedad y en ellos mismos. Viven faltos de expectativas y por lo tanto no hay futuro, solo existe un presente lineal y monótono.
En algunos casos puede ser por la abundancia, como se da en la vieja Europa, y en otros por la ignorancia y escasas oportunidades del tercer mundo.
Para muchos, el libro puede parecer machista y con una fuerte carga pornográfica. No hay que engañarse, existe. Sin embargo hay que leerlo con detenimiento, con los sentidos y los ojos bien abiertos para encontrar las claves de lo que en determinados momentos semeja un ensayo desprovisto de entusiasmo por los seres humanos.
Una novela con personajes bastante bien construidos en la que se reconocen los rasgos característicos de cada uno. Donde también se plantean tesis provocadoras sobre la Revolución Francesa y sus consecuencias, el Islam y la vida en el desierto, la inutilidad de la vida en común, la obligación del trabajo penoso como algo necesario para justificar la obtención del dinero, la desesperada necesidad de encontrar amor en los otros.
“Del amor me cuesta hablar. Ahora estoy seguro de que Valerie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo demás?...”, dice el protagonista.
Una novela valiente con las ideas y el lenguaje que debe ser leída para encontrar otra visualización del desastre que es el mundo de hoy.
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