Símbolo de libertad y blanco para los terroristas
Un montón de intrusos irrumpió en el Musée d’Orsay, en París, el 6 de octubre y, a puñetazos, le hizo un agujero a un Monet. Más tarde, llegó la noticia desde la poco conocida y anteriormente bucólica ciudad universitaria de Lund, en el sur de Suecia, de que vándalos encapuchados y armados con barras de palanca y hachas invadieron una galería de arte y, al ritmo de música death-metal, destruyeron varias fotografías sexualmente explícitas de Andrés Serrano.
Si bien los vándalos parisinos fueron arrestados en parte gracias a que fueron captados por las cámaras de seguridad del museo, la pandilla sueca publicitó orgullosamente su delito en YouTube.
Parte de la hermosura de un museo de arte, independientemente de lo que expone, reside en el hecho de que conlleva confianza: nos permite pararnos junto a objetos que, presuntamente, representan a la civilización en su mejor expresión y, al hacerlo, nos halaga por respetar nuestro bienestar común. La proximidad es el costo, y la virtud, de una sociedad civil y democrática. Nos arriesgamos a que algún loco o individuo ávido de publicidad viole la confianza pública de un espacio abierto porque ese espacio tiene para nosotros el valor de un ideal democrático.
Hasta una galería de arte comercial que vende obras mediocres confía suficientemente en el público para permitir que desconocidos entren a ver lo que expone.
El otro día, visité el Museo Reina Sofía, en Madrid, para echarle un vistazo al “Guernica”, de Picasso. Sólo una simple barrera metálica, y una discreta alarma, como me percaté al acercarme demasiado, separan al público del célebre mural de Picasso sobre un acto de terror perpetrado el siglo pasado: el bombardeo de la antigua ciudad vasca de Guernica, por los alemanes, en 1937.
Hace 26 años, cuando el cuadro llegó a Madrid, procedente de Nueva York, fue colocado en una enorme jaula de vidrio a prueba de balas en un anexo del Museo del Prado, flanqueado por soldados custodiando lo que se había convertido en el símbolo internacional del antifascismo. Picasso había querido que su obra fuera trasladada a España sólo a la muerte del Generalísimo Francisco Franco. Para cualquiera que lo recuerde en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, verlo en el Prado era triste e impactante. La obra lucía desolada y sofocada. Era casi imposible de ver.
Ya había sido víctima del vandalismo, en el Museo de Arte Moderno, cuando un artista de poca monta, Tony Shafrazi, escribió con aerosol las palabras “Kill All Lies” (Mata todas las mentiras) en el lienzo, en 1974. Más tarde, Shafrazi se convirtió en un rico y poderoso comerciante de arte.
El cuadro fue trasladado, hace unos años, del Prado al Reina Sofía y finalmente liberado de su jaula de vidrio.
Sea como sea, encerrar el arte tras un vidrio con sistema de alarma no garantizaría su seguridad total. Entre otros ataques, una artista, Sam Rindy, dejó un beso con lápiz labial, en julio, en un cuadro blanco de Cy Twombly, en Aviñón, y alegó que en su opinión mejoraba la obra. El abogado de Rindy declaró hace poco, ante un tribunal en Marsella, que su cliente había sentido un “arrebato de pasión”.
A lo que el abogado del dueño del cuadro contestó: “El amor requiere del mutuo consentimiento de dos personas”. Excelente punto. Pero la alternativa a una sociedad abierta no puede ser lo que hace el Louvre con la “Mona Lisa”.
Año tras año, parece alejarse más atrás del vidrio. Ubicada en un sitio donde los guardias pueden hacer que la muchedumbre se mueva rápidamente, ya casi no parece ser un cuadro real. Se trata de una estación del viacrucis de los paquetes turísticos y un emblema de nuestros peores temores e impulsos, lo opuesto de la forma en que uno experimenta el “Guernica”.
En muchos casos, quienes mutilan el arte no son bromistas, sino individuos con una supuesta causa sedientos de publicidad.
Con el recuerdo aún presente de los disturbios que estallaron el año pasado tras la publicación de caricaturas que se mofaban de Mahoma en un periódico danés, los extremistas de Al Qaeda prometieron hace poco recompensar a la persona que asesinara al editor de otro rotativo sueco que publicó hace poco una caricatura de Mahoma y al autor de la misma.
Podría decirse que lo que perturba a semejantes terroristas es precisamente la libertad que brinda el arte y su exposición pública.
Muchos de los delincuentes son puritanos religiosos y sexuales. Les ofende el poder del arte para encarnar valores que temen. Pero el arte también es costoso y más aún en un mundo del arte comercial cada vez más trastornado.
Atraer la atención siempre es el propósito final. El que los suecos encapuchados con barras de palanca se exhibieran directamente en YouTube (el video ha sido retirado desde entonces) era predecible y ominoso, un caso de autopromoción en Internet que es menor en comparación con las decapitaciones en Iraq, pero estriba en la misma idea: el acceso directo a la tecnología promueve actos de violencia cuyo requisito básico es ser vistos.
Gracias a su autoridad histórica, el aura del “Guernica” se ha convertido en una especie de burbuja o halo que lo separa psicológicamente de las muchedumbres que lo observan, siga o no tras un muro de vidrio.
De pie frente a él, uno casi puede imaginar que, en términos históricos, está más allá del mal, que el hecho de atacarlo ahora sólo convertiría al cuadro en mártir y que es indestructible. Desde luego, no es así.