Hasta el año pasado, Tshering Penjore, de 34 años, era guardaespaldas de Jigme Khesar Namgyal Wangchuck, príncipe heredero de Bután, hoy convertido en el quinto rey de ese país. Pero cuando un amigo sugirió, en abril de 2006, que el amante del cine escribiera un guión, no se pudo resistir. Sólo había un problema: Penjore nunca había visto un guión.
Sin escuelas de cine en Bután, recurrió a Internet. Bajó el guión de “La gran estafa”, estelarizado por George Clooney y Brad Pitt, estudió detenidamente la estructura de la trama y escribió el suyo.
Aunque ese filme aún aguarda su estreno, Penjore se ha visto inundado de ofertas. En los meses que han pasado desde entonces, ha escrito siete guiones.
La historia de Penjore es típica de la creciente industria fílmica de Bután, que hasta muy recientemente se había aislado del resto del mundo, por elección propia. El año pasado, se produjo un récord de 24 películas en el pequeño reino, de 700 mil habitantes; en 2003, el total fue de sólo seis. El único cine en Thimpu, capital de Bután, ya está reservado para los próximos nueve meses.
Las restricciones de presupuesto obligan a los cineastas a usar tecnología digital en lugar de película fotográfica, y casi todos los actores son autodidactas. Pero los directores producen películas al vertiginoso ritmo de cuatro por año.
Rodeado por los dos países más poblados del mundo, India y China, Bután ha conservado agresivamente su identidad cultural budista gracias al aislamiento.
Frecuentemente llamado el reino ermitaño del Himalaya, Bután tiene una carretera nacional, un aeropuerto, una línea aérea y tres periódicos que se publican una vez a la semana.
Pero la tecnología ha trastocado la política de puertas cerradas de Bután, en la última década. La televisión llegó en 1999 e Internet poco después. El año próximo, el país cambiará de ser una monarquía absoluta a una democracia parlamentaria.
“El cine ya tiene una fuerte influencia en la cultura y el comportamiento del público en general”, afirmó Kinley Dorji, director editorial de The Kuensel, periódico propiedad del gobierno. “Ha creado nuevos héroes y nuevos valores”.
El país sólo tiene seis cines y todos necesitan ser renovados. Kalden Sonam Dorji, el único actor butanés que trabaja en el cine indio, describió al cine principal del país, el Luger, como “infestado de pulgas y lleno de ratas, con asientos destrozados cubiertos de escupitajo de paan (mezcla de tabaco, lima y un tipo de nuez)”.
Para llegar al público rural, los cineastas usan camionetas que tienen instalados proyectores digitales, reproductores de DVDs y generadores.
Los presupuestos para las películas son pequeños, la mayoría entre los 37.500 y los 75.000 dólares.
“En Bután no había actores de tiempo completo, porque la actuación no era considerado un empleo”, comentó Rinchen Namgay, actor con diez películas en su haber. “Ahora tenemos actores de tiempo completo, aunque, en realidad, nadie ha estudiado actuación. Todo lo que hacemos es experimental”.
Hay preocupaciones de que los filmes butaneses, que sin reparos se derivan de Bollywood, Hollywood y el cine coreano, podrían diluir la cultura tan laboriosamente conservada.
Los realizadores sostienen lo contrario. Al crear películas locales, han echado fuera a los filmes extranjeros.
“Ayudamos a nuestro país y conservamos nuestra identidad y nuestra cultura”, dijo Tshering Wangyel, uno de los directores más importantes de Bután.