El dato más antiguo del amorfino costeño se asoma en un informe de 1712 del visitador español Valdez Ocampo, quien de seguro quedó agradablemente impresionado por los versos cantados en una animada fiesta campesina celebrada en su honor en la región del Litoral, quizás en lo que hoy es Manabí, porque en el citado texto incluye anotaciones sobre el amorfino La Iguana.
Si quieren saber señores / la virtud de las iguanas, /pues se suben por el tronco / y se bajan por las ramas. / Estas benditas iguanas / se han comido mi jabal, / y ahora tengo el trabajo / de volver a resembrar. / Si quieren coger iguana / vámonos al platanal, / pues con los rayos del sol se salen a calentar. / Si quieres coger iguana / ¿Por qué no me lo dijiste? / En mi casa tengo una, / ¿por qué no te la cogiste?
Este tradicional tema de cuartetas y versos de ocho sílabas (así son todos los amorfinos) ha permanecido en la tradición campesina a través del tiempo. Se desconoce quién lo escribió y cuándo se tocó por primera vez (requisito fundamental de toda pieza folclórica); sin embargo, se sabe que fue recogido por el manabita Manuel de Jesús Álvarez Loor y publicado en 1929 con sus partituras gracias a que Álvarez conocía de música.
Schuberth Ganchozo usó esas partituras para incluir ese tradicional conjunto de versos en una producción de once temas con estilo campesino que tiene como propósito “refuncionalizar el amorfino, es decir, darle una nueva función para que salga del campo y se asiente definitivamente en la ciudad”, indica este artista reconocido por los espectáculos con su orquesta de bambú.
Del campo a las ciudades
Ganchozo espera que así cada vez más citadinos acostumbrados a la música electrónica, el reggaetón y la salsa puedan acercar sus oídos a los versos que desde siempre han animado las fiestas del campo litoralense. La más común era los “chigualos”, reuniones similares a las posadas navideñas porque se realizaban en las noches previas al 25 de diciembre.
Estas tertulias comenzaban a eso de las 19:00 con cantos religiosos alrededor de un improvisado pesebre, hasta que después de un par de horas se cubría al Niño Jesús para enviarlo a descansar junto con los menores de edad.
Allí tomaba la palabra un animador, generalmente un poeta popular o repentista, para comenzar a cantar: “El baile del sombrerito / se baila de esta manera / y dando la media vuelta / o dando la vuelta entera”. Y mientras lo hacía buscaba con la mirada a quién entregarle un sombrero como invitación a que esa persona recite un amorfino.
La vihuela (antepasado de la guitarra), la tambora y las flautas de caña guadúa eran los instrumentos más empleados en estas celebraciones caracterizadas por la capacidad de los montubios para improvisar versos que transmitían filosofías del campo, homenajes a la naturaleza o para enamorar.
“Si el montubio no se atrevía a decir los versos, buscaba un padrino que lo representara, el cual generalmente era alguien con la habilidad para crear y recitar los versos frente a los demás”, señala Ganchozo, quien agrega que las mujeres también tenían la posibilidad de ser representadas en los “toma y daca” de amorfinos, generalmente por un mujer mayor, quizás pariente, como la mamá, la tía o la abuela.
Tengo celos, tengo envidia / del agua clara del río / que cuando vas a bañarte te acaricia a su albedrío. / Te humedece, te refresca, / te da sensación de frío, / y yo pienso a toda hora en mi loco desvarío…
Ese extracto del amorfino Celos, incluido en el CD de Ganchozo, muestra además otra particularidad de ese tipo de versos: la permanente presencia de elementos de la naturaleza. “El montubio le canta al río, al sol, a la montaña, al bosque. La naturaleza genera sentimientos que se muestran en los versos del campo”, indica este guayaquileño que viajó durante dos meses por varios pueblos de Manabí en su investigación para realizar este trabajo. Además, consultó abundante bibliografía de autores como conocedores del folclore montubio, como Justino Cornejo, Manuel de Jesús Álvarez, Rodrigo Chávez González y Guido Garay, además de entrevistas con miembros del Archivo Histórico del Guayas, la Fundación Regional de Cultura Montubia y del grupo turístico Garza Roja.
Tal investigación también le sirvió a Ganchozo para componer sus propios temas, como La burrita enamorada, La flor de las flores, Mi chanchito atleta y Me despido con un verso, los cuales se suman a temas como los tradicionales Alza que te han visto, El Calamar, Amorfino no seas loco, El truco y la maña, Mi litoral bendecido y Yo soy litoralense.
“Debemos dejar atrás la caricatura que muchos tienen del montubio. Sus amorfinos y ritmos son una manera de conocerlo y apreciarlo como él se merece”. (M.P.)
El disco fue auspiciado por la M.I. Municipalidad de Guayaquil para rescatar la música montubia. Saldrá a la venta en un mes a un precio aún por definir. Informes: 251-5923, 247-3071, 09-736-2302.